28 mayo 2012
27 mayo 2012
26 mayo 2012
25 mayo 2012
24 mayo 2012
Presentación en Sevilla de Plaza de la palabra
Mañana a las siete y media de la tarde en la Casa del Libro de Sevilla, calle Velázquez, 8.
Intervienen el poeta José María Jurado y el autor, Santos Domínguez.
Dejo aquí estos textos de la antología, que publicaban ayer Concha Rodríguez de la Calle en Trianarts y José María Jurado en La columna toscana:
Ada sin ardor
Este bosque, este musgo, tu mano, esta mariquita
que se ha posado en mi pierna, todo esto no puede
sernos arrebatado. ¿O puede? (Lo sería, lo fue)
V. Nabokov
que se ha posado en mi pierna, todo esto no puede
sernos arrebatado. ¿O puede? (Lo sería, lo fue)
V. Nabokov
La historia es conocida y sigue estremeciendo
como el viento inclemente de las estepas rusas
a las que pertenece.
como el viento inclemente de las estepas rusas
a las que pertenece.
Una muchacha aún siente
el latigazo dulce del placer en los muslos
y escribe largas cartas con la pluma encendida
del sol de los veranos, con la caligrafía
caliente del deseo,
con la sintaxis limpia y púber de la carne.
el latigazo dulce del placer en los muslos
y escribe largas cartas con la pluma encendida
del sol de los veranos, con la caligrafía
caliente del deseo,
con la sintaxis limpia y púber de la carne.
Con la efusión de cartas que no recibe nadie,
pues van a una remota dirección clausurada,
la pasión levantaba un puente de recuerdos,
alimentaba urgencias de bosques que caducan
por caminos de hierro y de barro muy negro
que hirieron de penumbra a ejércitos de bronce.
pues van a una remota dirección clausurada,
la pasión levantaba un puente de recuerdos,
alimentaba urgencias de bosques que caducan
por caminos de hierro y de barro muy negro
que hirieron de penumbra a ejércitos de bronce.
Cubierto por la nieve del tiempo y la distancia,
como aquellos soldados, se desplomó el deseo.
Sólo la imagen queda de aquella adolescente
que viviría en Moscú y sería desdichada.
como aquellos soldados, se desplomó el deseo.
Sólo la imagen queda de aquella adolescente
que viviría en Moscú y sería desdichada.
Como aquella muchacha, con su flecha sin rumbo
y una rama marchita de olivo y esperanza,
seguimos encendiendo las hogueras azules
en las cumbres heladas de viento y desamparo.
y una rama marchita de olivo y esperanza,
seguimos encendiendo las hogueras azules
en las cumbres heladas de viento y desamparo.
Seguimos escribiendo, bajo un cielo de nieve,
en este duro oficio de aprender a morir,
con la decolorada tinta del desconsuelo,
cartas apasionadas que no recoge nadie
a un buzón cancelado en el sur de Crimea.
en este duro oficio de aprender a morir,
con la decolorada tinta del desconsuelo,
cartas apasionadas que no recoge nadie
a un buzón cancelado en el sur de Crimea.
De Las provincias del frío. Algaida. Sevilla, 2006.
Ajenos en su vuelo, altos, inaccesibles,
vienen de un equinoccio de sombra sin memoria,
de la desconocida latitud de los sueños
y arden en la frontera de la luz de levante
en esta orilla atlántica de salitre y marismas.
Absortos en su vivo reflejo rosa y verde,
no cantan, sólo vuelan.
Viven en su silencio vertical y contemplan
las estrellas del agua, la luna llena, lo hondo.
Aprovechan las noches para ir de un continente
a otro, para perderse entre el aire y el agua.
Su mundo no es del reino de esta tierra.
Una insondable música, instintiva y secreta,
llegada de otro mundo, guía su vuelo callado.
Más lejanos que altos, vuelan indiferentes
en la noche calmada del planeta.
Vuelan en la armonía de su silencio rojo,
flechas hacia un naufragio
contra el oscuro fondo de la noche.
Hasta que al fin un día, cansados, desdeñosos,
se alejan de nosotros, se alejan de sí mismos
y dejan su reflejo
en el recuerdo rojo de los lagos
o en la alta soledad del meteoro.
Todo es frágil aquí, todo es niebla de asombro
bajo el silencio blanco de la nieve
o en el abismo azul de los acantilados.
Como un pájaro herido,
la lluvia se ha posado mansamente
en la orilla del mar.
Su música de sombra silenciosa
desciende blanda y tibia
a la arena sin pájaros.
Desciende blanda y tibia
desde este cielo turbio al turbio mar sin peces
y allí se desdibuja,
se disuelve en el agua
de otro mar más profundo sin temblor ni oleaje.
En la precaria orilla, sobre una leve duna
soy un cuerpo en penumbra, una interrogativa
silueta que contempla el horizonte incierto,
perplejo frente al mar vacío de veleros.
Y pienso en el desorden nevado de la muerte.
Flamencos en los caños
Y marchan solemnes en lo irreal.
Rilke
Ajenos en su vuelo, altos, inaccesibles,
vienen de un equinoccio de sombra sin memoria,
de la desconocida latitud de los sueños
y arden en la frontera de la luz de levante
en esta orilla atlántica de salitre y marismas.
Absortos en su vivo reflejo rosa y verde,
no cantan, sólo vuelan.
Viven en su silencio vertical y contemplan
las estrellas del agua, la luna llena, lo hondo.
Aprovechan las noches para ir de un continente
a otro, para perderse entre el aire y el agua.
Su mundo no es del reino de esta tierra.
Una insondable música, instintiva y secreta,
llegada de otro mundo, guía su vuelo callado.
Más lejanos que altos, vuelan indiferentes
en la noche calmada del planeta.
Vuelan en la armonía de su silencio rojo,
flechas hacia un naufragio
contra el oscuro fondo de la noche.
Hasta que al fin un día, cansados, desdeñosos,
se alejan de nosotros, se alejan de sí mismos
y dejan su reflejo
en el recuerdo rojo de los lagos
o en la alta soledad del meteoro.
De Luna y ciencia nocturna. Icaria. Barcelona, 2010, incluido en
Plaza de la Palabra, Editora Regional de Extremadura, 2011.
Monje a la orilla del mar
(Caspar David Friedrich)
se tiene la impresión al contemplarlo de que le hubieran cortado a uno los párpados.
Heinrich von Kleist
Todo es frágil aquí, todo es niebla de asombro
bajo el silencio blanco de la nieve
o en el abismo azul de los acantilados.
Como un pájaro herido,
la lluvia se ha posado mansamente
en la orilla del mar.
Su música de sombra silenciosa
desciende blanda y tibia
a la arena sin pájaros.
Desciende blanda y tibia
desde este cielo turbio al turbio mar sin peces
y allí se desdibuja,
se disuelve en el agua
de otro mar más profundo sin temblor ni oleaje.
En la precaria orilla, sobre una leve duna
soy un cuerpo en penumbra, una interrogativa
silueta que contempla el horizonte incierto,
perplejo frente al mar vacío de veleros.
Y pienso en el desorden nevado de la muerte.
De Luna y ciencia nocturna. Icaria. Barcelona, 2010, incluido en
Plaza de la Palabra, Editora Regional de Extremadura, 2011.
23 mayo 2012
22 mayo 2012
Ariel Quintaesencia
Más valen quintaesencias que fárragos, escribió Baltasar Gracián en una síntesis que resume la concentración conceptista.
Y a esa cita se acoge la nueva colección Ariel Quintaesencia, una espléndida serie de compendios dirigidos a un público amplio, un repertorio muy cuidado en su diseño y en la selección de sus títulos, precedidos de prólogos breves y completados con útiles índices onomásticos o temáticos, con cronologías o mapas conceptuales como el que cierra El arte de la prudencia de Gracián en la edición de Emilio Blanco.
Porque la colección Quintaesencia se inaugura –no podía ser de otra manera- con el Oráculo manual o Arte de prudencia de Gracián, una de las cimas de la prosa barroca y del pensamiento aforístico español y universal.
Un clásico que no ha dejado de crecer desde su primera edición en 1647, un libro in fieri, como afirma el prologuista de este texto que se ha ido actualizando con cada lector y con cada época y que contiene agudezas como esta, del epígrafe 205, por la que no pasa
el tiempo, a la que cada lector podría poner una cara y un nombre:
Astucia de indignos: oponerse a grandes hombres para ser celebrados por indirecta, cuando no lo merecían de derecho: que no conociéramos a muchos si no hubieran hecho caso de ellos los excelentes contrarios.
O este otro, cuya fuerza está en hablar no de la envidia en abstracto, sino del envidioso sufriente y concreto con el que todos nos hemos cruzado alguna vez. Estaba, hace más de tres siglos y medio, agazapado en estas líneas del aforismo 162:
No muere de una vez el envidioso, sino tantas cuantas vive a voces de aplausos el envidiado, compitiendo la perenidad de la fama del uno con la penalidad del otro. Es inmortal este para sus glorias y aquel para sus penas.
En esa misma colección aparece una Breve historia de España en el siglo XX, firmada por dos especialistas: el catedrático Julián Casanova y Carlos Gil Andrés, autor de un prestigioso Diccionario de Historia de España.
Es un panorama de conjunto que conjuga la brevedad de la síntesis propia de la serie con la profundidad del análisis y el rigor con la precisión en un recorrido por un tiempo agitado y un país complejo, “un país de emigrantes, de perseguidos y de desterrados” que vivió gran parte del siglo pasado –y de muchos otros siglos- azotado por el atraso, la pobreza y el fanatismo.
La Monarquía de la Restauración, la Segunda República, la Guerra Civil, la dictadura franquista y la democracia se suceden en un relato de hechos esenciales y en una explicación de los cambios y procesos de una historia inacabada, en una exposición de conjunto en la que los hechos se integran en un proceso que les da sentido tanto en sus antecedentes como en sus consecuencias.
21 mayo 2012
Especial Feria del libro
Durante esta semana la revista Encuentros de Lecturas publica una serie de entregas diarias con recomendaciones para la Feria del Libro de Madrid, que se celebra en el Parque del Retiro desde el próximo viernes hasta el domingo 10 de junio.
20 mayo 2012
25 actividades gratuitas para tiempos de crisis
Casi es de noche. Has tirado
la tarde entera y muy pocas hojas. No importa, pues el viaje ha merecido
la pena. Te bebes un vaso de agua asomado a la ventana. No hace falta
ser un lince para darse cuenta de que no has ordenado los papeles, pero
sí un poquito tus entrañas.
Así se cierra Ordenar papeles viejos, uno de los veinticinco capítulos de Plan B, que Echeve (José María Echeverría Echepare) acaba de publicar en Peripecia editorial.
Esa es una de las 25 actividades gratuitas para tiempos de crisis. Las otras veinticuatro son estas:
Jugar con los niños (o como los niños), Sentarse en un banco, Asustar
(sólo un poquito) a otros viandantes, Echar de comer a los patos, Dar
una vuelta a la manzana, Aprender a esperar, Contar estrellas, Mirar
escaparates, Ir a la biblioteca, Pensar qué harías si te tocase la
lotería, Sacar fotos sin máquina, Seguir a un desconocido, Confeccionar
vestidos de papel, Inventar aniversarios, Arrancar carteles, Hacerse el
dormido, Imaginar las películas de la cartelera, Buscar palabras
bonitas, Bailar con o sin música, Dibujar raro, Juguetear con las
cámaras de seguridad, Componer canciones, Merodear por los hospitales y
Planear otras veinticinco cosas que no salgan en esta lista.
Plan B
no es un libro de autoayuda, ni un puro divertimento, aunque también,
afortunadamente, es esas dos cosas. Es un ejercicio de ironía y de
sensibilidad, de imaginación y buen humor, de buena prosa y optimismo.
Un
libro más serio de lo que pudiera parecer a primera vista, pero nada
cejijunto. Un libro optimista a pesar de todo, en el que se dan la mano
ética y estética y se reduce al mínimo la distancia entre el autor y el
lector para establecer una complicidad en la que se le abren nuevos
horizontes y se le invita a compartir una mirada nueva sobre el mundo.
En
eso ha consistido siempre la literatura, en proponer otra manera
inédita de ver la realidad, de vernos a nosotros mismos, y en levantar
un dique de resistencia frente al asedio de las mareas.
Y eso es también este Plan B –con
B de Belleza, con B de Barato-: veinticinco excursiones por un
territorio que permite mirar el mundo desde otra perspectiva, porque,
como sostiene Echeve en Sacar fotos sin máquina, uno de los mejores capítulos de este libro, todo
comienza en la mirada. Para ser un buen fotógrafo debes cultivar un
modo propio de contemplar el mundo. Mira. Mira más. Donde nunca has
mirado y donde siempre lo has hecho. Aprende a mirar. Mira mejor. Lo
pequeño y lo grande, lo próximo y lo lejano, lo sencillo y lo complejo,
lo habitual y lo irrepetible, lo evidente y lo oculto, lo pasado y lo
futuro, lo que vive, nace o muere, lo que ya no está. Mira. Vuelve a
mirar.
19 mayo 2012
18 mayo 2012
17 mayo 2012
15 mayo 2012
Carlos Fuentes
Si algo une a la nueva izquierda europea es su decisión de sujetar la globalización a la ley y la política. El «darwinismo global» sólo genera inestabilidad, crisis financiera y desigualdades crecientes.
Más crecimiento con más igualdad. Ello requiere medidas tan concretas como la modernización de la infraestructura regulatoria de la economía, reformas fiscales, reformas de los mercados financieros, del sector bancario y de las empresas.
Más crecimiento con más igualdad. Ello requiere medidas tan concretas como la modernización de la infraestructura regulatoria de la economía, reformas fiscales, reformas de los mercados financieros, del sector bancario y de las empresas.
Esas líneas las escribía Carlos Fuentes hace más de diez años. Son de En esto creo, un libro en el que organizó sus reflexiones sobre literatura y sociedad, sobre ideología y cultura. Ética y estética unidas en la palabra de uno de los grandes de la lengua española de las últimas décadas.
Ha muerto hoy, y para mañana, 16 de mayo, estaba preparado desde hace tiempo un homenaje en la Casa de la Literatura Peruana de Lima para celebrar el medio siglo de La muerte de Artemio Cruz y de Aura, dos de sus textos imprescindibles.
Fuimos vecinos de localidad en una corrida de toros hace casi veinte años y como es natural sólo hablamos de lo que ocurría en el ruedo, no de literatura.
El viento comenzó a mecer la hierba
Just before the whistles sounded for six. Justo antes de que dieran las seis de un día como hoy, un 15 de mayo de 1886 moría Emily Dickinson de una forma tan secreta, tan callada como su vida y su obra.
Recluida en la casa del padre en Amherst, Massachusetts, Emily Dickinson (1830-1886), tan extraña y opaca como su poesía, se aisló del mundo en una clausura progresiva como la ceguera que sufrió en sus últimos años.
Desde 1861, se había parapetado detrás de lo que ella misma llamaba mi blanca elección. A partir de entonces llevó un luto particular de color blanco. Se recluyó tras los muros íntimos de la casa familiar, ajena a la atmósfera asfixiante de una ciudad pequeña.
Entre el entusiasmo creativo y las horas de plomo, Emily Dickinson quiso hacer de la poesía una casa embrujada semejante a la naturaleza. Y a la vez que ese aislamiento iba creciendo y la convertía en una isla en alta mar, escribía una poesía que se mueve entre la exaltación y el desánimo. Hasta que murió en esa mítica penumbra en 1886, casi nadie la vio y de ella sólo se conserva esa diáfana imagen de una blanca mariposa de la luz.
Su personalidad escindida entre el encierro físico y la huida espiritual proyectó en su obra las renuncias y los desengaños, las sublimaciones y las represiones de un ambiente puritano y calvinista como el de la Nueva Inglaterra de la que procedían los Dickinson.
Entre la distante frialdad y la emoción contenida y expresada con una inusual intensidad verbal, con una constante ambigüedad, con una enigmática retórica de la elipsis y el silencio y una radical concentración expresiva que satura de sentido las palabras, la poesía fue la vía de escape de su personalidad atormentada, la forma de expresión de su mundo ensimismado y ciclotímico en el que la muerte es a la vez liberación y aniquilación.
La de Emily Dickinson es una poesía del pensamiento que indaga en lo inconcebible, una exploración en los límites del conocimiento. Por eso uno de sus núcleos temáticos es el de la muerte. Además de un problema existencial, la muerte fue para ella un reto epistemológico y el tema central de su peculiar poesía, siempre fuera del tiempo y del espacio. La forma de afrontar ese tema es un tanteo en las sombras y en el vacío, una indagación a ciegas en el misterio, un viaje intelectual o emotivo hacia el enigma en el que entró aquel 15 de mayo de su muerte.
Dejaba sin revisar, sin ordenar ni fechar 1.775 poemas de una rara e inquietante belleza, de una insondable tristeza, con un agudo sentimiento de la naturaleza y un ensimismamiento que le permite expresarse con enorme independencia estilística. Solo cinco de esos poemas los había publicado en vida y el resto fue saliendo a la luz desde 1890.
Nórdica acaba de publicar una espléndida edición bilingüe de veintisiete poemas de Emily Dickinson, traducida por Enrique Goicolea e ilustrada por Kike de la Rubia. El viento comenzó a mecer la hierba es el título de esta antología potente y delicada a un tiempo, como la poesía de su autora. Pese a ese carácter secreto y privado de su poesía, pese al conocimiento
tardío y al aún más tardío reconocimiento de su obra, su influencia es
comparable a la de Baudelaire, Hölderlin, Withman o Rimbaud.
Los más sublimes y profundos poemas que se escribieron en un siglo tan
aparatoso, tremendista y sobreactuado como el XIX fueron escritos en la
pequeña ciudad norteamericana de Amherst por una de las más sigilosas y
solitarias mujeres de las que haya quedado noticia, escribe Juan Marqués en el texto que presenta el volumen.
Poesía tan hermética como el mundo pequeño en el que se encerró su autora, retirada de la vida y confinada en los límites de su cuarto y un jardín que veía desde la ventana, con una discreta rebeldía ante la sociedad puritana de la que fue no sólo víctima, sino una de sus flores más pálidas y tristes.
Juan Ramón Jiménez, que desconociá el inglés y tradujo tres poemas de Emily Dickinson en los Recuerdos de América del Este del Diario de un poeta recién casado, no estuvo demasiado fino cuando la definió como una Santa Teresa laica presumida y coqueta de alma.
Luego matizó aquella simpleza y dijo algo mucho más cercano a la realidad: que era una mujer en gracia cuya influencia marca el desarrollo de la poesía americana más moderna, alguien capaz de condensar su universo poético y vital en estas dos estrofas:
Como si el mar se retirara
y mostrara un mar más lejano;
y ese, otro aún más lejano;
y el tercero no fuera sino la conjetura
de series de mares
no visitados por las costas;
y estos mismos, el borde de otros mares.
Esto es la Eternidad.
14 mayo 2012
13 mayo 2012
12 mayo 2012
11 mayo 2012
Mirlo
Primero entre los pájaros madrugadores, hoy el mirlo del jardín silbaba incansable a las seis de la mañana, con la exaltación de este calor súbito y veraniego. Su música verde se impone a la más perezosa monotonía de las tórtolas y a la bocina parda y caliente de la abubilla.
Oyéndolo recordaba la Razón del mirlo -su canto sin miedo a la muerte- de Miguel Veyrat y el final de Mirlo, uno de los poemas que abren el último libro de Miguel Ángel Velasco que leía ayer por la tarde:
Amor del aire, mirlo,
crucificado en la ebriedad del vuelo.
La muerte una vez más, el volumen póstumo que acaba de publicar Tusquets, reúne los inéditos que el poeta dejó a su muerte en octubre de 2010.
Se agrupan en este tomo preparado por Isabel Escudero cuatro libros, tres de ellos terminados -Espinas, Historia de las manos y La muerte una vez más- y un cuarto -Circulaciones- que reúne materiales dispersos y heterogéneos que Miguel Ángel Velasco escribió los últimos meses de su vida.
Está en ellos, última y definitiva, la voz de uno de los poetas más significativos de la poesía española actual.
Está en ellos, última y definitiva, la voz de uno de los poetas más significativos de la poesía española actual.



























