13 septiembre 2005

El viejo camaleón

Quien haya visto a Onetti antes de que se arrumbase definitivamente en aquella cama madrileña, junto a una mesilla de noche en la que compartían caos las medicinas y el whisky, las colillas y un libro, quien le haya visto antes habrá tenido la impresión de estar ante un pariente cercano del camaleón.
No sólo por sus ojos de huevo, ni sobre todo por eso, sino por sus movimientos lentos, por una indolencia que subía a sus labios en el momento de dar una calada lenta y profunda al cigarrillo.
Esa lentitud la transmite Onetti inmediatamente, desde cada primera página, a sus lectores, que quedan hipnotizados y envenenados y perplejos ante esa obra de un pariente cercano también de los dragones y las iguanas.
Eso sí, sin colorido, porque todo en Onetti y en Santa María es gris y blanco y negro.