31 mayo 2005

Actualidad de Burguillos


Como los de Burguillos, esa genialidad nacida en sábado, con la que Lope se convierte en poeta contemporáneo, estos textos están sacados “de papeles de amigos y borradores suyos.”
Como Burguillos, cuando uno no tiene otra cosa que decir, puede describir un monte sin qué ni para qué y terminar diciendo:

Y en este monte y líquida laguna,
para decir verdad como hombre honrado,
jamás me sucedió cosa ninguna.

Qué insultante actualidad la de un Lope siempre joven. Hay que mirar las fechas en los manuales para asegurarse de que Calderón, casi cuarenta años más joven, no es cuatrocientos años más viejo.

Claro que no hay más que pensar un poco para encontrar casos parecidos en la literatura actual.

30 mayo 2005

Triste, solitario y final

En la definición de esos tres adjetivos que luego utilizaría Osvaldo Soriano para titular una novela se confunden Marlowe y su creador, Raymond Chandler. Alcohólicos, escépticos, de vuelta de todo, parecen recién salidos de un cuadro de Hopper.
En esa intersección ambigua del personaje y el escritor se configura gran parte de la sensibilidad contemporánea, que, heredera de Poe y Baudelaire, halló su cauce en el cine negro y en novelas y películas como El sueño eterno, La dama del lago o El largo adiós, de la que se publica ahora una nueva edición en Cátedra Letras universales.
Una excelente edición, que merece un buen estudio introductorio de Alfredo Arias a la traducción de José Luis López Muñoz. Pero que, sobre todo, supone sacar a Chandler y a algunos de sus textos del efímero papel amarillento de la literatura pulp.
Porque Chandler, amargado por consciente de estar malgastando su talento, avergonzado de escribir con brillantez, deseoso siempre de ocultar su capacidad estilística, es un novelista de técnica ejemplar, un modelo menor si se quiere pero absolutamente canónico.
Su uso de la voz narrativa y de la perspectiva, su trazado de personajes poliédricos, su economía en la descripción significativa de ambientes deberían ser virtudes suficientes para convertirle en lectura obligatoria en cualquier escuela de escritores.
Incluso algo que puede parecer un defecto, que a veces se noten demasiado las costuras de esas novelas, es en el fondo una virtud didáctica para aquellos que quieran aprender a escribir.

Por cierto, y para seguir con las alusiones a los franceses, en El largo adiós se dice de ellos:
"Los franceses tienen una frase para eso. Los muy cabrones tienen una frase para todo y siempre aciertan: Decir adiós es morir un poco."

¡Qué franceses estos!

La frase, tan actual, la pronunciaba Fabricio del Dongo en La Cartuja de Parma, en medio de la batalla de Waterloo.
Ninguna otra batalla habrá sido descrita con tal fuerza: la confusión, el humo, los gritos, el desorden y la desorientación son los elementos con los que se construye ese episodio en medio del cual el protagonista no se da cuenta de la importancia de lo que pasa.
Qué lección la de ese cuadro escrito con el material incompleto, con el detalle confuso. Ninguna imagen más inolvidable de Napoleón que la del personaje que se aleja rodeado de sus generales y su escolta en un galope apenas entrevisto tras las brumas de la borrachera y entre las orejas de un caballo.
Stendhal aporta ahí y en tantas otras páginas su talento a la experiencia vivida.
Años después Tolstoi seguiría con provecho de alumno aplicado esa enseñanza para contarnos la batalla de Borodino. Pero ya no sería lo mismo.

26 mayo 2005

Otra vez la literatura femenina



Es un debate tan artificial, tan viejo que acaba cansando tanto como quienes repiten mil veces la misma historia como si fuera (eso es lo peor) una primicia.
Desde Safo de Lesbos a la Peregrinatio de Egeria, desde la monja Roswita de Gandersheim a Lucía Echevarría; desde la histeria neurótica de Santa Teresa a la de su compañera de orden y desajustes Sor Juana, reinventada por Octavio Paz muchos años después, no faltan ejemplos en cada momento de la aportación femenina a una literatura que podríamos llamar (¿cómo si no?) sexuada.
En el XIX, Rosalía, Calorina Colorado (no, no es una errata: es un chiste malo), la Pardo Bazán, de la que recuerdo más (¡qué le vamos a hacer!) el lamento fúnebre de Galdós por la pérdida de sus habilidades orales que sus dotes literarias.
Y en el XX tantas y tantas narradoras: Carmen Laforet, Ana Mª Matute, Martín Gaite, Almudena Grandes, Belén Gopegui.
O por centrarme en las más cercanas en tiempo y espacio, Ada Salas y Pilar Galán. Dos escritoras a las que aprecio como personas y como escritoras. No soy capaz de imaginarme a un hombre escribiendo como Pilar Galán o como Ada.
Echa uno la vista atrás y le llaman la atención dos momentos: el 27, en el que Rosa Chacel es un caso aislado, más importante en el exilio que en su momento estricto.
No caigamos en las trampas del truco fácil: la literatura masculina de entonces la hacen Lorca y Cernuda.
Y la más femenil, no exactamente femenina, sino femenil, detallista, menor en muchos casos, la hace Gerardo, como en el 98 la había hecho Azorín.

Y no digo más.
Que luego se sabe todo.

25 mayo 2005

Ala de mariposa

Hace ya tiempo, en el duermevela anterior al despertar de la luz, me acosaba la desazón del mal sabor de boca y la necesidad de dejar el tabaco.
Dejado hace años de forma definitiva, no corro el peligro de perpetrar sonetos contra ese enemigo íntimo, pero hay temporadas en las que despierto con la incomodidad de no haber anotado durante la noche las mejores imágenes con la mejor sintaxis, las palabras que se nos habían posado en la mano y no nos han dejado más que la forma de su huida, como la mariposa de Juan Ramón, polvo de sus alas en los dedos, como la luz usada en Gil de Biedma.
Otra vez, recurrente, la imagen de la mariposa y su vuelo quebrado, inaprensible.
No recordamos aquellas palabras, pero sí una perfección que ya sólo existe como olvido, persiste como pérdida y nos deja un hueco parecido a la tristeza.
En esa frontera dudosa de sueño y duermevela que exploró Machado, está una de las minas fundamentales de la literatura.
En esa luz no usada habita el penúltimo misterio de la creación.


24 mayo 2005

Entre paréntesis

Así van estos textos, entre paréntesis que encierran un material desarticulado que surge del chispazo unas veces, de la reflexión otras; de la ocurrencia o de la nota de lectura. En definitiva, de una cierta avaricia por atesorar palabras, por guardarlas en un soporte que no es necesariamente el libro, sino el cuaderno o el blog. Como Torrente utilizaba en tiempos, sobre todo en América, el magnetófono.
Paréntesis que son una declaración de la humildad de estos textos, un borrador ligero, una escritura en voz baja, pero también un símbolo gráfico de ese deseo de aprisionar las palabras en el cepo de esos signos de puntuación .
Siempre al acecho con el cazamariposas de imágenes o de ideas, con vicio de entomólogo y cierta intranquilidad por si no se estará haciendo un poco el ridículo, como un Nabokov en pantalón corto persiguiendo mariposas o lolitas.

Donde la vida se doblega, nunca

Lo nuevo en el Quijote, sobre todo en el de 1605, no son los acontecimientos, sino de qué manera el personaje precisa de los acontecimientos para construirse, para inventarse a sí mismo.
Por eso, tan lejos del Teágenes y Clariquea y otras novelas premodernas, funda Cervantes la novela moderna, porque es el primero en darse cuenta de que el personaje se hace desde dentro hacia fuera, pero sobre todo desde fuera hacia dentro, desde los hechos a su asimilación personalizadora.
Y en esa asimilación de la realidad inventada por y para el personaje, Don Quijote busca su sitio en el mundo de una forma que inevitablemente asociamos ya a estos versos de Ángel González en su versión libre de La paloma:
No en el lugar del pacto, no
en el de la renuncia,
jamás en el dominio
de la conformidad,
donde la vida se doblega, nunca.

En su forma de construir al pícaro, algo de eso intuyó, aunque sin llegar a las últimas consecuencias, el anónimo autor del Lazarillo, menos lúcido, menos profundo, más agrio que Cervantes.

23 mayo 2005

Saudade sin fronteras


Hay palabras que no necesitan pasaporte para atravesar con facilidad las fronteras. Saudade es una de esas palabras que no usan salvoconducto y viven en la frontera ambigua que comparten la razón y los sentimientos.
Lejanamente emparentado en su etimología con el término castellano Soledad (áspero y duro en su acento agudo) Saudade es una palabra mucho más suave, más rica, más cargada de significado que la española.
Porque las palabras no son el poso del que proceden, como creen algunos filólogos miopes instalados en la tiniebla polvorienta del positivismo decimonónico. (Qué calentitos en esos braseros, ¿eh?, con las viseras y los manguitos puestos, con la tristeza del empleado y sin mirar el mundo.)
Las palabras están vivas, se cargan de historia, de literatura, de vivencias personales para llegarnos llenas de asociaciones, de connotaciones.
Sobre la soledad puede caer a plomo el sol de los secarrales castellanos o de las cimas de Gredos en las que se empingorotaba Unamuno con aquella cresta como de granito.
Sobre la saudade, no. Sobre la saudade siempre llueve dulcemente como en las tardes de abril esa lluvia lenta y templada que persiste en la noche extranjera de la que se alimenta la memoria y la literatura.

No se culpe a nadie

El alicorto Vuelo de la palabra que edita el Ayuntamiento de Badajoz trae esta vez señales inquietantes.
En un prólogo digno del relojero poeta que inmortalizó Mediero, su descomedido autor señala que la poesía “puede llevarte al suicidio”.
Protección civil ha activado todas sus alertas. Si los antologados obedecen a tan curiosa llamada puede haber crisis demográfica en la capital.

Paradiso ahora

Cuentan quienes hicieron el servicio militar en África que combatían el calor con ropa y con coñac. El asombro infantil ante semejante paradoja se ha ido diluyendo luego al ver una práctica parecida en los tuaregs.
Quizá eso explique por qué la lectura de Paradiso, con su oleada constante de húmedo bochorno antillano, es la mejor manera que conozco de olvidarse del calor en las siestas y en noches en las que el escaso viento que sopla es el aliento tórrido del infierno.
Y es que hay una literatura de verano y una literatura para el frío. ¿O es que se le ocurre a alguien leer Casa desolada con su inolvidable descripción de la ciudad bajo la niebla y sobre el barro en los días luminosos del solsticio de verano?
Como las mantas y los abrigos que se van guardando ya en los armarios, a Dickens hay que dejarle los lugares menos frecuentados de las estanterías y hay que volver a Lezama en estos días como se vuelve a la camisa ligera, porque la luminosidad, la potencia de esa prosa es siempre superior a la fuerza de los días más claros.
Eso sí, con la seguridad de que el novelista cubano (también uno de los poetas imprescindibles del siglo pasado), a diferencia de la ropa de temporada, no se nos queda chico nunca.

22 mayo 2005

El eje del mal



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Monterrosiana

“Debería desterrarse a todo artista que tome su arte como una tragedia. Tal vez uno tenga derecho a quejarse de la vida, pero no de su oficio. Y menos del de escribir. Escribir es una manía, una afición como cualquier otra o una manera de llamar la atención y de satisfacer la vanidad como hay tantas.”
Monterroso. Viaje al centro de la fábula.

En un bosque extranjero

En una conferencia sobre la imagen poética en Góngora, escribía Lorca:
“El poeta que va a hacer un poema (lo sé por experiencia propia) tiene la sensación vaga de que va a una cacería nocturna en un bosque lejanísimo.”
Y remataba aquel párrafo clarividente con estas palabras memorables, quizá las más lúcidas que se puedan leer sobre la escritura poética:
“Se vuelve de la inspiración como se vuelve de un país extranjero. El poema es la narración del viaje.”

A algo parecido aludía Proust: “Las obras maestras de la literatura constituyen una especie de lengua extranjera en el interior del idioma en que están escritas.” (Contra Sainte-Beuve)

Peter Handke decía no hace mucho que escribir es un viaje nocturno durante el cual las palabras, las frases y los párrafos producen luz.

A la triple sugestión de esas reflexiones, distantes, independientes entre sí y complementarias se acoge (creo) mi actividad literaria.

De las más significativas palabras de esos fragmentos procede el título de esta página, de este texto y de un libro futuro aún sólo entrevisto.

21 mayo 2005

Macbeth en Garbayuela

En mi ascensión diaria a la sierra de la Mosca, que tiene tanto de ejercicio físico como de laico ejercicio espiritual, veo las columnas de humo de los primeros incendios de la temporada en la Sierra de San Pedro.
Y pienso en los hombres con ramas para la extinción del incendio, y en el bosque móvil de Birnam con otros hombres que también llevaban ramas y subían en asedio por la alta colina de Dunsinane.
Y pienso que los clásicos, como la divinidad, están en todas partes: Tito Andrónico pasó una vez por Puerto Hurraco, con cananas y postas y venganzas.
Ahora mismo, en Garbayuela, habrá un hombre que, como Macbeth, estará viendo con sorpresa cómo un bosque, símbolo del tiempo, ha ido acercándose de modo alevoso y secreto, ha ido trepando hacia las tardes últimas de su vida.
Ese hombre, como todos, es Macbeth, odioso en su acción, admirable en su fragilidad, en sus remordimientos, en sus monólogos antes de entrar en la noche.
Lo ha subrayado muchas veces Harold Bloom con su aguda inteligencia semítica: si Cervantes nos enseña a hablar con el otro, Shakespeare, con Hamlet, con Macbeth, con Lear, nos muestra cómo hablar con nosotros mismos.

El cura Merino y la novela histórica

Me cuentan de un novelista histórico que en sus días cacereños de estudiante se echaba a los tejados. Por un momento pensé que ya habría sentado la cabeza.
Ya veo que no, y que, como aquellos atravesados curas trabucaires, de sucia crueldad elemental, que retrató Baroja en El escuadrón del brigante, anda ahora echado al monte con el trabuco al hombro.
La novela histórica, que es a la novela lo que música militar a la música, es decir, un género menor, es el peligro que tiene: que uno se cree que vive todavía en la época de Trento.
Otra vez la España inferior que ora y embiste cuando se digna usar de la cabeza.
Qué poco efímero aquel mañana efímero que lamentó Machado. Cuánto dura.

20 mayo 2005

Esperando a los bárbaros

Y ahora,
¿qué destino será el nuestro sin los bárbaros?
Esos hombres eran una solución.

No es una frase oída en el comité de estrategia electoral de ningún partido a propósito del fin del terrorismo.
Es el final de un famoso texto de Cavafis. Se titula Esperando a los bárbaros y lo escribió en 1911, muchos años antes de que llegaran a las fronteras del imperio algunos de sus más caracterizados representantes.

Chateaubriand a las finas hierbas

Con perplejidad moral, sin sorpresa estética, leo un artículo de Luis Alberto de Cuenca sobre Chateaubriand, esa momia reaccionaria e insufrible, esa negación de las luces que el pensamiento neocon ha convertido en la madre de toda verdadera literatura y de toda ideología políticamente correcta.
Con perplejidad moral, digo, porque sólo con el desparpajo propio de aquellos versallescos personajes de Las amistades peligrosas se puede reinvindicar “el meritorio Dictamen sobre las Humanidades de la gran Esperanza Aguirre.”
Supongo que se refiere a la admiradora incondicional de la gran pintora Sara Mago y a aquel dictamen que se reclamaba –aunque de modo vergonzante y secreto- heredero natural de la historiografía imperial del nacionalcatolicismo más vomitivo y falsificador de las esencias patrias.

Bien se nota que algunos saben latín. Y no ignoran que la literatura, como decía Azorín, está en el adjetivo. Y en su práctica.

19 mayo 2005

Un clásico en la Feria de Badajoz

A este paso, Esta noche cenamos con Antonio Gala, esa comedia-esperpento-astracanada que Manuel Martínez Mediero escribió hace tres años y que se publicó en el tomo X de sus obras completas, va a convertirse en un clásico, y sus personajes en piezas de un retablo de escayola tan kitsch como sus gustos y sus declaraciones y discursos en la Feria del libro de Badajoz.
Desde aquí sugiero su lectura. Tienen la diversión asegurada aunque sólo sea mientras desvelan las claves de unos personajes fáciles de reconocer: Leonciano, el alcalde huérfano de cariño autonómico; Don Sulfuroso, intelectual (diputado autonómico ahora, maestro de la trena y exconsejero); Falete, el relojero poeta( no hay más que decir); Aurelia, concejala de cultura (escasa de lecturas y de higiene); Trinitario Nogueroles, periodista (hoy jubilado); Bardocas, cronista oficial, y tantos otros. Por ejemplo, San Luis Zambrano, santo reconocido.
No sale, aunque podría, en este retablo de escayola y purpurina, Sor Patrocinio (la de las llagas), fingida mística de doble vida, ni otros ilustres miembros de la cofradía de la Santa Caspa y el Saltratos.
Ni Dios. Dios tampoco sale.


En la orilla del tiempo

Otra vez, incansable, el mar, su oleaje de espumas sonoras, anchas frente al castillo.
Verde en la lejanía arcana de la tarde, impalpable en la noche, frío en la madrugada de sábanas y sangre.
Hablan en él las voces antiguas de los muertos, fatigan su horizonte las antiguas velas latinas, la luz con con sal y bruma de la tarde, el olor mojado del primer día de la creación y su mañana indecisa, el escalofrío gris en el plomo húmedo de los amaneceres, la secreción callada del molusco, el ritmo de la vida.

18 mayo 2005

Flamencos en los caños

Otra calmada noche cuaresmal en la orilla atlántica de salitre y flamencos.
Hay toda una demostración de plenitud en esos viajeros zancudos y, sin embargo, nunca desgarbados, que pasan volando a dos o tres metros de los tejados, en un armónico silencio rojo contra el oscuro fondo de la noche.
Durante el día, obedeciendo a no se sabe qué secreta llamada, en el desorden del viento de levante en la marisma, se mueven acompasados al ritmo de una insondable música instintiva y secreta, inaudible en su caminar indiferente de espaldas al viento y en su vuelo inalcanzable, callado, como de otro mundo.

17 mayo 2005

Ad me ipsum

Así, Para mí mismo, se titula el libro póstumo, un libro de fragmentos, de Hugo von Hofmannsthal, escritor que murió hace casi ochenta años, pero que me parece uno de los más cercanos a la sensibilidad y a la crisis del pensamiento posmoderno.
Siempre terminal, siempre en el límite de la estética y el conocimiento y la escritura, Hofmannsthal escribió la admirable, contradictoria, brillante Carta de lord Chandos y esa invitación constante a la inteligencia que es El libro de los amigos, antecedente de estas bitácoras en su enfoque y en su asunción del segmento como clave del estilo y del conocimiento de un mundo fragmentado.
En la Carta de lord Chandos escribe:
"Todo se me desintegraba en partes, las partes otra vez en partes, y nada se dejaba ya abarcar con un concepto. Las palabras aisladas flotaban alrededor de mí; cuajaban en ojos que me miraban fijamente y de los que no puedo apartar la vista: son remolinos a los que me da vértigo asomarme, que giran sin cesar y a través de los cuales se llega al vacío."

Una lectura imprescindible. No hay traducción al extremeño.



Canten todos. Hombres, también.

¿Se acuerdan de la consigna en las iglesias? Pues vale, canten todos, pero ya les advirtió Lichtenberg de que, a pesar de todo, las iglesias siguen necesitando pararrayos.
Y revísenlos de vez en cuando.

Flaubert, el invisible

Lo cuenta Julian Barnes en El loro de Flaubert:

“Empobrecido, solitario y agotado, muere Gustave Flaubert. En su nota necrológica, Zola comenta que cuatro quintas partes de Rouen no le conocían, y que la otra quinta parte le detestaba.”

Mannías

¿Qué se puede pensar de un escritor que a los 46 años de su edad apunta esto en su diario?:
"Sufro moral y corporalmente por el hecho de que toda la ropa interior de la talla 4 me queda demasiado pequeña, y la de la talla 5 me resulta demasiado grande. Ardor de estómago y estreñimiento." (Thomas Mann, Diario, 20 de noviembre de 1921).
Claro que también escribió La montaña mágica. Así que digamos lo que Nabokov: "admiremos la tela, olvidemos a la araña."

16 mayo 2005

Orteguiana

Como el personaje de Monterroso del que, según su mujer, cuando no se le ocurría nada escribía pensamientos, Ortega escribe un día esta ocurrencia: "La erección es un pensamiento."
Además de escribirla, la publicó. Pero no saquemos conclusiones fáciles sobre su decadencia filosófica paralela a su prostatitis.
Honor y gloria por siempre a nuestro mejor ensayista.

15 mayo 2005

Una entrañable intrahistoria


El volumen titulado Arte, artistas y comitentes en Jarandilla en los tiempos modernos es el primero de la recién inaugurada colección Extremadura artística que publica la UEX con el propósito de dar a conocer nuestro patrimonio artístico en todas sus manifestaciones: arquitectura, escultura, pintura, música, etc.
Se trata de un estudio muy interesante y sugerente en el que se aborda la figura humilde de los artistas de segunda fila, con una técnica que los sitúa más cerca del esforzado trabajo del artesano que del prestigio social del artista.
Pese a su bajo nivel cultural y su escaso grado de cualificación profesional, la intervención de estas figuras menores de la historia del arte fue fundamental en los ámbitos rurales como los que se estudian en el libro en los siglos XVII y XVIII.
Precedido de un prólogo de Mª del Mar Lozano Bartolozzi, este estudio de sociología del arte, del entorno íntimo, profesional y social del artista, está centrado en Jarandilla de la Vera y su zona de influencia. La limitación a un ámbito tan reducido le permite a su autora, Gema Díaz Aceituno, analizar en profundidad y con detalle la dimensión creativa de artistas y artesanos desde el punto de vista de la historia de las mentalidades y de la sociología del arte, de la producción artística y de su consumo.
Tras una introducción en la que se define el concepto de artesano y artista, el libro aborda el acceso al gremio profesional, el nivel cultural, social y económico del artista, los mecanismos de contratación de las obras arquitectónicas, de pintura o de talla.
Uno de los capítulos esenciales del libro se centra en el estudio de la clientela privada o pública (religiosa o civil). El análisis de los gustos de los clientes y las relaciones laborales de los artistas contextualizan la obra de arte y la sitúan en el ámbito social en el que surge.
El libro aborda en profundidad la historia personal de aquellos artistas menores de nombres olvidados que nunca figurarán en los manuales de historia del arte y que desarrollaron su labor en la zona de influencia del monasterio de Yuste.
Historia y biografía de aquellos artistas y de sus clientes y patronos que constituyen una entrañable intrahistoria. Intrahistoria que explica el cómo y el porqué del patrimonio artístico y cultural de Extremadura en los tiempos modernos, porque en gran medida los procesos, las biografías, las obras artísticas de que se habla en este libro son semejantes a las del resto de la región y de España.
Una microhistoria, en definitiva, que constituye una extraordinaria aportación al conocimiento de nuestro patrimonio cultural.


14 mayo 2005

Un buen banderillero

Como Manuel Machado, yo también hubiera querido ser antes que otra cosa un buen banderillero. Como Poli Romero, que mañana torea en Madrid con César Jiménez, el cabeza del escalafón. Me lo encuentro esta tarde cuando bajo de la montaña y él sube. Le conozco desde que debutó como becerrista en Cáceres. Un buen tipo, que ha ido creciendo como torero de plata. Hoy es uno de los mejores banderilleros. Por eso va con una figura. Hablamos brevemente de la corrida de mañana, él con ilusión y sonrisas, yo con la secreta nostalgia de no estar pasando el miedo que él también se traga. He visto la corrida de Joselito en la Casa de campo y da miedo. Suerte, torero.
¡Qué envidia!

Bitácoras


Estoy convencido de que con estos cuadernos de navegación nace no solo una nueva forma de edición que revolucionará todo lo que rodea el mundo de la transmisión de la literatura. Nace también un nuevo género literario híbrido y global, como el mundo, como la vida.
Y una nueva forma de escribir con el texto sometido a permanente revisión, en constante crecimiento, una nueva forma en la que se materializa la abstracción de la obra en marcha.
Pero de la misma manera que gran parte de la literatura de la primera mitad del XX se hizo en los periódicos, la de estos umbrales del XXI va a nacer y a desarrollarse en este medio, nada virtual por cierto.

 Esta no es una forma de literatura virtual. A no ser que aceptemos también la virtualidad del libro, que no genera una comunicación real mientras no se lee.

Claro que esto no lo van a entender los que andan manejando aún sus apuntes amarillos sobre los morfemas y la casuística de las cláusulas aseverativas y desiderativas. Esos practican la otra acepción del verbo marear y se mueven en un concepto elitista de la cultura y de la literatura no muy lejano del incunable. Lo he podido comprobar en una reciente mesa redonda sobre el Quijote en la Feria del Libro de Cáceres.

Claro que en esta travesía habrá que esquivar, como en el mar de verdad, al macarra de la moto acuática y al despistado con flotador al que arrastra la corriente.
Ah, y al que se compra un yate para invitar a la familia a pasar el domingo.

13 mayo 2005

Astrolabio

"Reseñar malos libros es malo para el carácter."
La frase, de Auden, no es mal astrolabio para orientarse en la noche marítima, a menudo tenebrosa, de la literatura.
Compruebo su vigencia cuando me llega el libro de un asesor didáctico de Lengua y literatura, miembro de algún que otro consejo de redacción, con faltas de ortografía. No con erratas, ojo, con faltas de ortografía como un halla del verbo haber, que requiere pertinacia en el error de la tecla garrafal pulsada doblemente.
Seré misericordioso en el silencio de su nombre y generoso en el consejo: fatigue menos los lomos de las personas y más los de los manuales de ortografía.
De nada.





Juan Ramón Jiménez en claroscuro

Releyendo estos días el epistolario portorriqueño de Juan Ramón, le invade a uno una desazón desoladora.
Ni al peor enemigo del poeta se le hubiera ocurrido sacar a la luz las cartas que JRJ dirigía a las jovencitas aficionadas a componer versos.
Cartas lamentables en las que al poeta –tan duro, tan exigente siempre- se le hace la boca agua y saluda a las muchachas como reencarnaciones de Safo y quiere concertar citas con ellas.
Debilidades de viejo verde que la misericordia de sus albaceas debería haber dejado en el rincón oscuro de los baúles y las mecedoras, porque en sus líneas blandas, indignas, pegajosas se hunde la imagen humana que JRJ se esforzó en construir tanto como su Obra.

12 mayo 2005

Walden

“Sólo amanece el día para el que estamos despiertos” es una de las últimas, terminantes frases de una obra asombrosa, Walden. La escribió, como otras frases memorables de ese libro, Henry David Thoreau, un norteamericano de 1817, junto a la laguna de Walden cuando rondaba los treinta años.
Escrita con la apabullante fuerza desatada en la vida norteamericana del XIX, que dio pioneros de tierras y de espacios para la literatura, es la respuesta, inocente y civilizada a la vez, a un experimento en el que se funden la vida, la ecología y la literatura.
Acaba de aparecer en una excelente traducción de Javier Alcoriza y Antonio Lastra en Letras universales Cátedra.
La excelencia de una traducción, por cierto, no es cuestón de diletantismo ni de pedanterías o cotejos con el original. Una traducción es buena cuando al lector no le zumba en los oídos como pasa con las insufribles traducciones de Proust que perpetró Pedro Salinas.
Una traducción es buena cuando el texto habla la lengua universal de la literatura.

Viaje y escritura

Con Memorias del Mato Grosso (Ediciones B) Mónica Sánchez Lázaro (Cáceres, 1977) obtuvo el Premio Grandes viajeros 2004. En ellas es fácil reconocer el pulso y el talante humano del verdadero escritor, del verdadero viajero.
Y es que escribir y viajar son tareas similares. Hablar de viajes es hablar de literatura. Escribir es otra forma de viajar y nada hay más parecido al viaje que la literatura. Escribir –digámoslo ya- es una de las múltiples metáforas del viaje. En el viaje y en la escritura se entra con la desazón ante lo desconocido y se vuelve con el cargamento de la experiencia y del conocimiento y con un grado de desolación que multiplica esa desazón previa. Un poema es siempre la narración de un viaje, un itinerario para náufragos, como diría Diego Jesús Jiménez.
Yo no sé si Mónica conoce una vieja sentencia que asegura que no se viaja para llegar, sino para viajar. Con la lectura, con la escritura pasa lo mismo. La pura experiencia de crecimiento personal que es un viaje se transforma en el dolor del regreso, porque volver del territorio del poema o del espacio y del tiempo del viaje es siempre una experiencia traumática.
Por eso estas Memorias del Mato Grosso arrancan en su primer capítulo (primero y último lo titula su autora) del momento circular del regreso, de ese momento inasumible de tristeza desatada en el que sólo tenemos ojos en la nuca, y sólo existe aquello que dejamos atrás.
¿Cuándo empezó este viaje? Cuando Mónica Sánchez se fue en septiembre de 2002 a la Prelatura del Mato Grosso, en San Félix, en el corazón de Brasil para colaborar como voluntaria en la digitalización del archivo del Obispo Pedro Casaldáliga.
El relato de ese viaje es el relato de una doble experiencia: la del paisaje y la sociedad deprimida de aquella parte de la Amazonia, y la figura del misionero catalán, uno de los símbolos de la teología de la liberación.
No voy a hablar sino de pasada de su solidez constructiva, de su estructura circular, o de su doble eje narrativo, de la sorprendente calidad y soltura de su estilo, apoyado en la efectividad de una prosa a veces imperfecta, pero de estudiada elasticidad: una frase que, desde el primer capítulo hasta el último, se demora en la lentitud de la tarde, en la pesadez de la atmósfera y en la amplitud del espacio o que transcurre rápida y punzante como un relámpago tropical, violenta como un aguacero, repentina como un retortijón.
Este no es un libro perfecto. Es más que eso. Es un libro de travesía, del que se vuelve transformado, tras la experiencia de un mundo viscoso, atravesado por el dolor negro de las queimadas, por el calor asfixiante, por el olor amarillo y espeso de los mangos en descomposición, por los rosales en la entrada de la vivienda de Casaldáliga, como antesala de la utopía y los espejismos tropicales de la fiebre. El lector vuelve de todo eso y de más cosas: del genocidio de los indios y la devastación de las selvas, del ángel exterminador con botas militares, corbatas de seda y maneras de chacal.
Un mundo en el que flota un seminarista indolente tumbado en una hamaca y adicto a la droga dura de las telenovelas brasileñas, un mundo con un río y su orilla habitable con mosquitos y caipirinha, con proles numerosas y descalzas, tan sucias como alegres.
Un mundo de gentes que desconocen por igual la fregona y la inhibición y viven en la sensualidad de la luz y las carnes generosas y ceñidas, bicicletas de tres plazas, cuatro sobre una moto y las muchachas que pedalean y se pintan las uñas a la vez.
Y el estrépito y el desorden reflejos de una naturaleza desbordada en la vegetación, en el archivo torrencial, en el exceso de la luz y del clima, en los insectos anteriores a la historia.
Y los indios karajás, de ojos pequeños y melena lacia y tatuaje ritual en las mejillas, y los relojes que en los fines de semana no marcan la hora, sino la espera. Los pájaros precolombinos y la algarabía numerosa de sus amaneceres.
O la llama de esperanza del gobierno de Lula, que llegaba al poder por aquellos días del año 2002.
La meteorología como paisaje es el brillante título de una de las partes del libro, allí el clima ecuatorial, extremo en la sequía y en la tormenta, el jacaré fluvial y la anaconda amazónica .
Y el olor y la temperatura (45 o 50 húmedos grados a la sombra) como experiencias sensoriales límites, la luz que pesa hasta agotar los cuerpos, las fronteras difusas entre las edades, la fauna y la flora, la magia y la religión y la disciplina física y espiritual de la capoeira, la samba y el candomblé.
Con todos esos ingredientes se cocina un choque brutal con una realidad desatada, una realidad en la que la sombra es un leve filo candente y húmedo y en la que lo único que amortiguó ese encontronazo fue la escritura, que es otra forma de resistencia
El libro está habitado. Lo puebla un universo humano exuberante y pendenciero en el que la muerte siempre tiene un culpable instalado en la maldad, no es una limitación natural, sino el resultado de la actividad de los enemigos o de los espíritus malignos. La muerte como fuente de la venganza en una mentalidad en la que conviven la brutalidad y una sabiduría ancestral y oscura, confinada en las reservas indias que tienen la tristeza artificial de los zoológicos.
Y la música, siempre la música, como una forma de la melancolía blanca de la saudade, en la languidez de Caetano Veloso o de Chico Buarque, en un negro de Bahía cantando una samba.
El fondo sonoro, cuando no la música, lo pone el motor cansado de un lanchón río arriba, entre mosquitos inmunes al repelente. Y los perros, ah los perros.
En ese paisaje sobrehumano y excesivo, Casaldáliga y Leonardo Boff son los referentes de civilización y de dignidad solidaria. Y con ellos, religiosos que no lo parecen, limpios por fuera y por dentro, ni untuosos en la palabra ni dogmáticos en su comportamiento, ni torturados y siniestros en la vigilia subconsciente del insomnio. Tantos personajes que pasan por estas páginas con su peso leve, casi sin rozarlas.
Todo viaje es finalmente un viaje interior, un viaje hacia nosotros mismos, hacia el conocimiento, o el olvido o el rencor. Por eso son simultáneas en el libro la devastación de la selva y la devastación de la esperanza generada por Lula.
Por eso, tras los vientos generales, a través de viajes de 36 horas en autobús por las llanuras interminables del sertón se cae en la náusea sartreana, en el vacío blanco de Confresa, uno de los heterónimos del infierno. Como en la Odisea, como en el Evangelio, como en la Divina Comedia, como en el Quijote, aquí también se baja a los infiernos, se ingresa en la noche antes de volver con una enfermedad que no transmiten los mosquitos, pero es tan tenaz, tan incurable como una enfermedad tropical: la saudade, que la llevará a un nuevo regreso posterior al libro, un regreso desde esta vieja España, tan vieja como siempre, con el anillo negro que hacen los indígenas karajá, un anillo que la ata para siempre a aquellos días de ritmo húmedo y caluroso que creemos haber vivido cuando salimos de estas páginas.
Y aunque el viaje verdadero es aquel del que no se vuelve, el de quien no va con billete de ida y vuelta, a veces lo importante es que el viajero regrese, como Simbad, como Ulises, cargado de experiencias y palabras, para relatarnos su itinerario, para regalarnos su astrolabio, para prestarnos sus ojos, sus sentidos en esa confusión de identidades entre el lector, el escritor, el viaje, el camino, el horizonte, en esa materia frágil de espejos con la que se construye la literatura.


11 mayo 2005

L.C. CONTEMPLA EL CREPÚSCULO



Contemplando otro crepúsculo atlántico frente al mar que Cernuda amó tanto, cerca de los cuerpos que hubiera dolorosamente deseado, releo su hiriente, inolvidable J.R.J. contempla el crepúsculo y luego, como un antídoto, el entrañable A un poeta futuro, reflejo de un alma desvalida que huye hacia adelante y nos sale al encuentro como un salteador de caminos, como toda la literatura que de verdad nos interesa y nos conmueve.
El poeta maldito se ha convertido hace mucho en uno de esos amigos íntimos que nos regala la literatura, que nos buscan desoladamente desde el fondo turbio del pasado, más cercano que la mayoría de la gente que hemos conocido en la vida que con notoria simpleza se suele llamar real.
Sobre un faro fenicio sin farero, sobre este soliloquio, cae ya la noche pascual, con su luna de parasceve, semejante a aquella otra Luna llena en Semana Santa con la que Cernuda se reconciliaba simbólica y secretamente con la infancia.
El tiempo sin tiempo. El viento orea.

10 mayo 2005

La arquitectura del recuerdo

Si la imagen de la vida como camino es elemental y palmaria, la memoria construye las estaciones de ese viaje, las levanta con la potente arquitectura de la palabra o las difumina en la fría niebla anaranjada de los andenes, de los apeaderos del ferrocarril, iluminados apenas por la leve luz de la tristeza solitaria, del desvalimiento que habita en la mirada perdida en algunos recuerdos.

Memoria y estilo

Miguel A. Melón. Memoria de un mundo y crónica del Valle del Ambroz. Aldeanueva del Camino y el periódico El Agricultor (1908-1909). Asamblea de Extremadura. Badajoz,2005
Miguel Ángel Melón, historiador, profesor de la Universidad de Extremadura, es autor de una ya larga serie de estudios sobre asuntos variados relacionados con la Extremadura del Antiguo Régimen; la economía, la agricultura y el comercio en el siglo XVIII, la trashumancia, el contrabando o la figura ilustrada de Godoy. Hace dos años publicaba una reedición de los Datos para el estudio médico-topográfico de Aldeanueva del Camino, que el inquieto médico regeneracionista Máximo Sánchez Recio había publicado en Plasencia en 1905. Esa reedición preparada por Miguel A. Melón iba precedida de un completo estudio introductorio titulado Un hombre y un pueblo entre dos siglos e iba más allá del mero interés local para darnos una idea muy certera de los propósitos regeneracionistas de personajes inquietos, progresistas y admirables como Sánchez Recio, fundador de un periódico local: El Agricultor, de existencia tan efímera como significativa.Ahora acaba de publicarse en edición de la Asamblea de Extremadura Memoria de un mundo y crónica del Valle del Ambroz. Aldeanueva del Camino y el periódico El Agricultor (1908-1909). Ese periódico fundado por el médico Sánchez Recio quiso convertirse en órgano de expresión y de defensa de los avances sociales, culturales y económicos en Aldeanueva del Camino y del Norte de Extremadura. Con la salud, la educación y la agricultura como banderas, denunciaron el caciquismo y afrontaron con tanto coraje como idealismo la tarea de modernizar zonas rurales que arrastraban un atraso de siglos. En esa tarea se implicaron otras fuerzas vivas del pueblo. Junto a Sánchez Recio, el farmacéutico, el maestro, el secretario del Ayuntamiento.
Desde el primer capítulo, titulado significativamente Los pasos perdidos de la memoria, Miguel A. Melón fija sus objetivos: “recuperar del silencio los nombres y la voz dormida, pero atronadora, de aquellos que hace un siglo convirtieron a Aldeanueva del Camino en el centro de la comarca y en punta de lanza del Valle del Ambroz con proyectos que se adelantaron a su tiempo, muy alejados de la secular indolencia que como principal atributo endosaron al extremeño los viajeros de la Ilustración y del Romanticismo". A través de los tres capítulos que el autor dedica a cada año de existencia del periódico, asistimos a la reconstrucción intrahistórica de la vida en aquellos años y en aquellos lugares en un relato elaborado con una brillante voluntad de estilo que está muy lejos de la sequedad académica y que el lector agradece y admira porque hace de esta lectura una actividad enormemente placentera que se complementa con un apéndice fotográfico impagable y muy significativo. Muchas de esas imágenes aportan datos documentales que subrayan o completan las palabras del libro.
Pero más admirable aún que el ejercicio estético que hay en este volumen bellísimo es el ejercicio ético de la memoria para levantar las nieblas del olvido con la reconstrucción de un mundo mucho menos local, mucho más cercano de lo que pudiéramos creer a primera vista.

09 mayo 2005

Justo Vila. En cuanto amanezca. Viaje a la provincia de Badajoz.

Justo Vila. En cuanto amanezca. Viaje a la provincia de Badajoz.
Del oeste ediciones. Badajoz, 2004.

En sus novelas La agonía del búho chico y La memoria del gallo ya nos había dado Justo Vila abundantes muestras de su especial capacidad para recrear literariamente el paisaje extremeño y la historia de los hombres que lo habitan.
Con magníficas ilustraciones de Javier Fernández de Molina aparece ahora En cuanto amanezca. Viaje a la provincia de Badajoz, editado por Del oeste ediciones en coedición con la Diputación de Badajoz.
No es esta la primera incursión de Justo Vila en la literatura de viajes, pero sí probablemente la más completa y la de mayor altura literaria.
Los textos que recoge este volumen habían aparecido ya como introducciones de una colección de libros que, coordinados por Justo Vila, había editado la Diputación de Badajoz en once tomos que se corresponden con los once capítulos de En cuanto amanezca.
Organizado en cuatro partes que se corresponden con las cuatro estaciones, este Viaje a la provincia de Badajoz es mucho más que una guía turística o una obra de consulta. Es una invitación al viaje, una propuesta para compartir con su autor una ruta emocionada, guiada por la brújula del corazón y la memoria.
Enlazando con la mejor tradición del libro de viajes contemporáneo que arranca del 98 y de la preocupación integral por paisaje y paisanaje, por historia e intrahistoria, estos textos tienen mucho que ver estilísticamente con los libros de viaje de Cela, con libros tan memorables como Viaje a la Alcarria, Judíos, moros y cristianos o Del Miño al Bidasoa.
Sus once capítulos no son once rutas, sino once paisajes, once propuestas hechas a salto de mata, con la libertad que tienen los viajeros cabales, aquellos que anulan el tiempo con una saturación de espacio y de horizonte.
Permítame el lector que le abra el apetito de lectura y de viaje aludiendo a títulos tan sugerentes como estos: -Sierra suroeste: el bosque sagrado; La Serena: el secreto es la luz; Tierra de Barros: elogio del horizonte o Campiña sur: donde se dora el aire.
El viajero es aquí un hombre que mira un paisaje iluminado por la luz del corazón que nos conduce de la dehesa a los viñedos, del bosque sagrado de los celtas a la ciudad moruna, del cerro romano a la fortaleza templaria o del monasterio mudéjar al castillo cristiano.
Invitación al viaje y a la aventura interior de la lectura que un viajero conmovido y sensible como Justo Vila hace a lectores como ustedes en un recorrido que habla no sólo de piedras, paisajes y espacios, sino de hombres, de historia y de tiempo con una brillantez estilística que está a la altura de la mejor prosa española contemporánea.
Al final del viaje, al final de la lectura, el viajero lector habrá puesto los pies en algunos de los lugares más bellos de la tierra y habrá leído algunas de las palabras más bellas que se han escrito sobre esos sitios.
Y recorriendo todas las páginas de este libro excelente, como por el paisaje, el viento con olor a romero y a jara, el que trae el canto del cuco y el ojo asombrado y amarillo del alcaraván en la siesta de agosto.



Réplica y fábula (sírvase fría) del académico que se cayó de un burro

Al brazo tonto del ensayo en Extremadura: "Un libro es un espejo. Si a él se asoma un mono no puede ver reflejado a un apóstol." Lichtenberg

08 mayo 2005

Retablo de pájaros literarios y morales

Jose María Gª Casillas. Retablo de pájaros literarios y morales. Editora regional de Extremadura. Colección ensayo. Mérida, 2004.


Escribo estas líneas como quien no está muy seguro de no haber despertado de un sueño agradable. Pocas veces como con este Retablo de pájaros literarios y morales se le regala al lector el pleno gozo de la literatura, la celebración de la inteligencia, la alta alegría del conocimiento. La seguridad, en definitiva, de salir de la lectura de un libro transformado en alguien a quien se le ha otorgado el privilegio de compartir, en complicidad con el autor, la plenitud profunda de una realidad más alta.
Este Retablo de pájaros literarios y morales es un libro extraño y asombroso por varias razones: porque su autor, José María Gª Casillas, era hasta ahora un desconocido en el mundo de las letras, y a la sorpresa de su alta calidad literaria se une lo inesperado de la autoría, el misterio que le rodea y que no se aclara suficientemente en la confusa nebulosa de la solapa del libro. Revelación doble, por tanto, que tenemos que celebrar como lectores.
Porque este es un libro magníficamente escrito, un derroche estilístico espectacular e inusual. Un libro bien documentado en la literatura, en la poesía, en los bestiarios medievales, en los tratados de emblemática y de historia natural. Un libro con una enorme capacidad de profundizar en la realidad y en el conocimiento a través de la interrelación de unos saberes con otros, de unas palabras con otras en pasajes tan brillantes como este:
“Cuando llega la primavera, la abubilla abre el abanico de su cresta, despliega sus alas relucientes, dalmática de siete colores, ondula el vuelo rítmico, y reposa luego sobre la oquedad del árbol la rosada suavidad de su cuello. (...) Como sucede al hombre –el animal indirecto de E.M. Cioran- la multiplicidad de sus atributos convierte a la abubilla en un ser híbrido y aberrante; sin un fin definido, mal dispuesto de paréntesis, puntos de interrogación y signos de admiración; con la duda permanente entre la villanía y la nobleza, entre la ruindad y el éxtasis.”
Y por si todo eso no fuera bastante para hacer muy recomendable la lectura de este libro de profundidad reflexiva, hay en él un uso sabio e inteligente de la ironía y del humor, como en este fragmento a propósito del abejaruco:
“Los científicos no se dejan engañar y repiten la definición habitual de los diccionarios: Ave trepadora, perjudicial para los colmenares, porque se come las abejas.
Grosería cruel –farfulla el pájaro-, impropia de un intelectual que se sentiría agraviado si el abejaruco replicara definiendo al hombre: mamífero bípedo, perjudicial para los establos, porque se come a los rumiantes.”
Apoyado en todo tipo de citas literarias, en diversas tradiciones y en un ilustrativo material gráfico, este Retablo es más que un bestiario, más que un tratado de ornitología, de emblemática o de zoología fantástica, más que un ensayo.
Con una fuerza desatada que desborda los límites de cualquier género, adentrándose muchas veces en la pura creatividad visionaria de la poesía o en el universo mágico del mito y la leyenda, este retablo de 101 pájaros literarios y morales es un recorrido alucinado por el territorio de la fábula, de la literatura, de la forma y la palabra.
Un recorrido literario, iconográfico y sentimental que arranca del abejaruco “que vuela hacia atrás, porque no le importa adónde va, sino dónde estuvo” y termina en el zorzal que lleva sobre sus alas “la melancólica tristeza de la tierra y de la hierba.”
En el inconsciente colectivo y en muchas tradiciones culturales, los pájaros figuran como seres que están por encima de los hombres. Incluso por encima de los dioses. Y no sólo espacialmente. También desde un punto de vista moral y simbólico los pájaros son la quintaesencia de los seres sobrenaturales, el símbolo de la perfección ideal de la humanidad cifrada en las alas y el vuelo.
Confieso que mientras leía este libro abandonaba la lectura de vez en cuando para comprobar que no sufría una alucinación. Y cuando volvía a sus páginas me reafirmaba en la realidad gozosa de su estilo, de su imaginación, de su inteligencia. Una realidad por la que hay que felicitar a su misterioso autor, a su editor y sobre todo, una realidad por la que debemos felicitarnos sus lectores que hemos tenido el privilegio de degustarla con la lentitud que exige la mejor literatura.
Es este un libro comparable por su enfoque y su calidad al Manual de zoología fantástica y al Libro de los seres imaginarios de Jorge Luis Borges o al Libro de los venenos de Antonio Gamoneda, altísimos ejemplos literarios, esperables de quienes los escribían. Este doblemente inesperado. Pero no importa que lo desconozcamos todo de su autor(¿qué había escrito hasta ahora?, ¿es esta su primera obra?, ¿cuál es su educación lectora?). Conocemos lo más importante: su inusual inteligencia y su talento literario.
Un libro este Retablo que es muchos libros, que abarca y sobrepasa el estrecho campo de los géneros literarios para desbordar con su expresión cualquier molde y envolver al lector en una complicidad constante, exigente y deslumbrada.

Créanme que no exagero nada si digo que la publicación de este magnífico texto es uno de los acontecimientos literarios de los últimos tiempos en Extremadura, un libro que se deja leer con agrado en cualquier momento y por cualquier página. Añado que no leer este asombroso Retablo de pájaros literarios y morales es una limitación. Quedan avisados.


Cuentos de la generacion de fin de siglo en Extremadura

Cuentos de la generacion de fin de siglo en Extremadura. Edición de Manuel Simón Viola. Ediciones Rox. Colección autores extremeños. Mérida, 2003.

A finales del siglo XIX y comienzos del XX empieza a desarrollarse en Extremadura un periodo de gran efervescencia literaria que encontró su mejor cauce de expresión en la poesía y el relato.
Publicaciones periódicas de aquella época, como la Revista de Extremadura en Cáceres y el Archivo extremeño en Badajoz, se hicieron eco de aquella actividad y recogieron en sus páginas algunas de sus muestras más significativas.
Con un evidente retraso estético, que refleja el atraso histórico y social de la Extremadura de aquel tiempo, anclados en un costumbrismo hibridado de naturalismo en algunos casos, aquella época dio sus mejores frutos en la narrativa.
Una parte muy considerable y muy significativa de esas producciones se recoge en el volumen titulado Cuentos de la generacion de fin de siglo en Extremadura que ha preparado Manuel Simón Viola y publicado Ediciones Rox en su Colección de autores extremeños.
Autores como Felipe Trigo, Antonio Reyes Huertas o Publio Hurtado son algunos de los narradores recogidos en esta antología, pensado para un público lector amplio y con una clara orientación didáctica para su uso en las aulas de los centros educativos extremeños.
Autores y narraciones muy marcados, más que por una técnica precaria, por un impulso ideológico (latente en unos casos, patente en otros) en el que los dos extremos están representados por los dos escritores más conocidos de ese momento en Extremadura: Felipe Trigo en una posición regeneracionista y progresista y Antonio Reyes Huertas como exponente de la mentalidad tradicional y conservadora.
Desiguales en técnica y en calidad, todos ellos ayudan a componer el mosaico cultural y social de la Extremadura finisecular.

07 mayo 2005

DESLUMBRADA LUZ ENTERA



Alboroto somero de patos y de ranas, casi de amanecida. En la primera hora de la mañana, restos de niebla y rocío alrededor de la calzada romana, de una de esas espinas dorsales de civilización e historia.
Por la Ruta de la Plata, de Mérida a Baños, 180 kilómetros, 133 millas romanas, con la brújula espléndida del Itinerario de Antonino.
Ab Emerita Augusta. De ahí, de la primera piedra de Extremadura, del puente sobre el Albarregas, acueducto de los Milagros al fondo, sale el camino. El campo de cereal en torno a Mérida y un espectacular paisaje de dehesa que llega a Cornalvo reciben la luz entera de la mañana. Tengo la suerte de llevar al lado a un amigo forastero que me presta su mirada deslumbrada ante el descubrimiento de la naturaleza extremeña. Miro con mis ojos, me asombro a través de los suyos.

Ad sorores. Primera parada, primera mansión del Itinerario de Antonino, mansión definitiva -el huerto moro- de Pedro de Lorenzo. Alrededores de la dehesa de Santiago de Bencaliz. Cementerio de las Casas de don Antonio. Allí, el homenaje al prosista deslumbrante, que preside el viaje a partir de ahora con su mirada tutelar y terminante. Por encima de los prejuicios, por encima del olvido, se levanta la admirable voz de La fantasía heroica. El tiempo le ha ido quitando lastres y nos ha dejado el don del escritor puro, despojado de adherencias e imposturas. Sola su obra que crece contra el tiempo.

De largo por Castra Caecilia, segunda mansión, hasta la tercera, Túrmulo, cerca de Alconétar. Impresión del brezo que pinta sus macizos espectaculares en la sierra de Cañaveral, antes de llegar al paisaje recoleto y agreste del Palancar, de duro misticismo montaraz, de zarza lacerante como un cilicio.

Tras el Cerro de las brujas, de Riolobos a Galisteo, por la vega entre Alagón y Tiétar, Rusticiana, la cuarta mansión. Parada y fonda. Un texto colectivo, un cadáver exquisito que ha empezado a oler antes de tiempo. Aporté dos versos que salieron machadianos, como de Orillas del Duero:

El buitre en la certeza mortal de la venganza
por los páramos grises sin hierba ni esperanza.

No da aquello mucha satisfacción y se aplaza el compromiso para un soneto que frustrarán el cansancio y las deserciones en Mérida.

Ya en Cáparra, la quinta mansión. La tarde luminosa y la luz exacta, la augusta luz de Roma parada en las ruinas del arco, en el cruce del cardo y el decumano y allí, los restos de la calzada que rinde en Baños de Montemayor su sexta etapa. Declive espléndido de la luz por el camino. La caída de la noche en las termas.

Memorias de la piedra abonada por los huesos de los hombres. Arcos, bóvedas ruinosas. Una guerra lejana y cercana, vergonzosa y criminal. Plena explosión de la primavera en estos días centrales de marzo, donde el tópico de la explosión nos trae el eco de esa guerra.
Alegoría de la historia en las ruinas de los palacios sin techo. ¿De qué han servido los cimientos?

Junto a los ríos de Babel
estábamos sentados y llorando.

Son dos versos de los Salmos, tienen muchos siglos detrás, pero vuelven, circulares como las ruinas de la historia que empezó a dar sus vagidos de pastoreo entre el Tigris y el Éufrates, donde hoy vuelven a posarse todos los buitres del mundo civilizado.




La sombra de la estatua



Que un jurado presidido por Unamuno premiara en 1901 la retórica diocesana de El ama confirma que el rector tenía, además de mal oído para la poesía propia, mal ojo para la ajena, en la que veía alarmante falta de lecturas.

Contestaba el poeta, humilde como una flor natural:
"Con esta gran ignorancia de lo que se ha escrito y se escribe, ya ve usted qué podré hacer, aun contando con que pudiese hacer algo que mereciera la pena de leerse. Así que me limito a aprovechar mis ocios escribiendo algo, salga lo que saliere. Y así suele salir ello."

Quien fue una buenísima persona murió joven hace un siglo. Su poesía, modesta y parroquial, había muerto en agraz mucho antes, tras fundar, quizá sin querer, una estirpe melancólica de acólitos ajenos a la literatura y a la historia.

Que al Guijo de 1905 no llegasen libros se entiende. Que en la Extremadura de hoy se reivindique la tutela de esa sombra “cenéfica” suena a montaraz anacronismo.

El sueño

Soñó con la viva impresión solar de la cal en los muros del verano, con la luna nubosa y templada del martes santo; recuperó el tacto agudo de la espiga y el húmedo olor terrenal de septiembre; la cercanía del primer mar y su olor primario y branquial; soñó con el caliente sabor áspero de la sangre.
Lo despertó el tictac de una bomba de relojería: el cruel artefacto con temporizador de su corazón expuesto al óxido del tiempo y su salitre corrosivo.

JAVIERÍN DE OLVERA, REDUNDANTE ENFADOSO


El aplicado párvulo hacía planas y más planas para ejercitarse en el noble arte de la caligrafía, jaleado por el maestro: “¡Muy bien, Javierín! Sigue así y llegarás a señor ministro o a obispo reverendo.” Pero él a lo que quería llegar era a Caudillo.
Pensemos en la escena: tiene el lápiz mordido y mientras escribe enseña, en gesto de concentración y esfuerzo, la punta de la lengua por la comisura derecha. Cada vez que acaba una línea, la repite con el soniquete que hoy le ha hecho famoso en las ruedas de prensa.
Se metió en política nuestro personaje y fue candidato a Presidente de la Junta de Andalucía. Pero no tuvo suerte con su discurso reiterativo. Y es que los andaluces (¡vaya por Dios!) cogen las cosas a la primera.
Es vicio pegadizo. Anda por aquí un candidato de su mismo partido que empieza a hablar igual. Que empieza a hablar igual.

De Retablo de escayola.

Lee Masters, un contemporáneo

Desde este rincón provinciano, desde estas páginas el recuerdo de otro escritor de provincias, Edgar Lee Masters, que vivió en Chicago, murió hace más de medio siglo y fue no sólo un excelente escritor que abre el camino de la literatura contemporánea norteamericana, sino además un hombre cabal, un hombre entero.

Autor de la Antología de Spoon River, un libro seguramente más determinante para el rumbo de la poesía inglesa que las tópicas Hojas de hierba de Whitman. Un libro imprescindible para quien quiera conocer algunas claves de la literatura actual, porque de él procede gran parte de la literatura norteamericana contemporánea. No sólo la poesía, sino también la narrativa de los últimos cincuenta años. Obra que, como los mejores libros de poesía, se lee también como una novela.

En su Autobiografía recuerda Lee Masters el 25 de abril de 1898 como fecha clave en su vida y su obra. Ese día, desde un cementerio, oyó doblar las campanas de las iglesias y del parque de bomberos. Tardó en saber lo que pasaba. Anunciaban que acababa de declararse una guerra injusta, una aventura ilegal fabricada por un grupo de políticos de EE. UU. contra España. Ese día Lee Masters comprendió lúcidamente que moría una cierta idea de esa nación, la de Jefferson, la de la Declaración de los derechos del hombre. Ese día esas campanas certificaban el funeral por la democracia más joven, más nueva del mundo.

Aquel 25 de abril marca a fuego su obra, casi le convierte en el escritor que fue a partir de ese momento, con una obra orientada a la denuncia del imperialismo y de la brutalidad de la guerra.

Autobiografía que nos recuerda la vieja idea del tiempo circular. Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras: los astros y los hombres vuelven cíclicamente. También hubo entonces un Bush y un Rumsfeld. Y una excusa: la explosión (fabricada por los propios norteamericanos) del Maine. Los españoles éramos los iraquíes de aquella guerra que nos costó enormes pérdidas humanas, materiales y morales.

También los gobernantes españoles de aquel final de siglo hicieron un papelón ridículo que comentaron luego Baroja, Azorín o Machado.

Han vuelto los criminales y quienes les jalean. Personajes mínimos con pujos de imperio que a cambio de una foto en las Azores y de la palmadita de un oligofrénico disminuido por el alcoholismo se han convertido en cómplices de la matanza.

GOZOS DE LA VISTA


Verlo, lo hemos visto todos: se escucha música con los ojos cerrados. Si un olor nos transporta en una sugerencia de tiempos o de espacios, pide el olfato sus primicias y cerramos los ojos, como un gato aventando la brisa marinera. Y se potencia el tacto cerrando bien los ojos, como en el arrobo del paladeo, tal un cardenal lascivo de la corte de los Medici.
No más que la evidencia de límites de esos cuatro sentidos, incompatibles, cuando tan intensos, con el don de la vista. Y sin embargo la vista, compatible con los demás sentidos, sólo se anula a sí misma en la inmolación del exceso de luz o de la visión increíble.
No es mi libro de cabecera, viene aquí por curioso: la Summa Theologica de Tomás de Aquino establece una jerarquía moral de los sentidos. Y allí, el primer lugar, como menos pecador, para la vista, porque la debida distancia del objeto obliga a captar su integridad y racionaliza la percepción.
Esa es la clave: la razón. No sé si el más moral, lo dudo, manes de la pornografía y el decúbito prono. Sí, desde luego, el más intelectual de los sentidos. De ahí los sinónimos sensoriales de la inteligencia: tener mucha vista o una visión de las cosas o una mirada inteligente. En el otro extremo, el tabaco inocente, tonto, de la mirada de Niebla, la perra de Alberti.
La mirada para iluminar la realidad. Y entonces Baudelaire, las Iluminaciones de Rimbaud y Max Estrella o el ciego que ve – comprende- hasta la hez, hasta la muerte como única salida de tanta luz y tanta – y tan mala- sombra. La luz del entendimiento, aquella que en La casada infiel se utilizaba como excusa para no entrar en detalles. La discreción, ahora, como signo de la inteligencia.
Como el arte, resultado de la inteligencia sensible, de los sentidos desatados y gobernados por la razón, esa rienda. Pero -no equivocarse- antes de dirigirse a los sentidos, el arte nace de ellos y en ellos encuentra su savia nutricia.
Y la vista –la inteligencia- que privilegia por igual pintura y poesía. Ut pictura poesis.
Aquí de la pintura, poesía muda, las voces del silencio de Malraux, y el tiempo -tan esencial en la poesía, palabra esencial en el tiempo-, el tiempo que también (autoridad de Goya) pinta. Meditación del marco y del rostro invisible.
Pintura que canta en Venecia, que vuela en Velázquez: donaire, don del aire, donde el aire.
Arte, la pintura, que declara con Leonardo su pupilaje de espejos (“Una cosa naturale vista in uno grande specchio”) y el lenguaje de espejismos, porque –lo decía Goethe- lo que está dentro está fuera. Y al revés, naturalmente.
Y si el espejo, Borges, el ciego. El que posee el arcano profundo de la imagen. El dibujo del tigre sobre el oro. Y el hombre que poco antes de su muerte descubre que el laberinto de líneas que ha escrito ha ido dibujando su propio rostro. Ese confuso laberinto de espejos y galerías del alma que estaban ya en Machado.
Y en la poesía, tan de la vista y el oído. Tautología de la poesía visual. Pero si hablamos de libros, entonces convocamos también – con los ojos cerrados- al olfato y al tacto. Oler, tocar el libro. Con los ojos cerrados, semejantes a Borges.
Sentido, el de la vista, el más literario: imagen, imaginación. Visuales y mentales ambas, como los ojos mentales que reclamaba Guillén para su Tablero de la mesa, que palpa y reconoce. Los mismos ojos, entornados, para ver, como en el sueño de la calentura, una puesta de sol por las cúpulas doradas de alguna de las ciudades sutiles e invisibles de Italo Calvino. De Isaura, por ejemplo, de nombre femenino y lago subterráneo.

Hay, estoy seguro, un sentido propicio para cada hora del día. Para el atardecer de la meditación y la evocación, cuando la realidad pierde nitidez y gana densidad: la vista.
Para ver un ocaso, con los ojos cerrados, por la raya oscura de la marisma, allí donde un ángel horizontal flota encendido sobre la calma (intensa en esa hora) del viento por los pinares.


Espera, voy a coger la muleta

Uno de los escritores más ocurrentes que conozco, Lichtenberg, tan ocurrente que no pasó de escribir aforismos, decía en el siglo XVIII que tres ocurrencias y una mentira convertían a cualquiera en un escritor.
Seguramente la frase se le ocurrió en una de aquellas veladas galantes en los salones de alguna baronesa ociosa, donde el ingenio se destilaba entre taza y taza de chocolate.
No de una mentira, sino de una ocurrencia parte este texto.
Comienzo –es pie poco menos que obligado- con una alusión académica. Ahora que tanto se habla de la reválida, recuerdo el texto que me tocó comentar en la mía sin base ni maña ni afición. Era de un Juan Ramón algo lacrimógeno, hablaba de una niña coja y llevaba un estribillo que algunos recordarán: “Espera, voy a coger la muleta”.
No voy (que nadie se remueva en el asiento) de abuelo Cebolleta. Ni tengo edad para eso ni aquellos eran tiempos mejores. El tono me lo da Quevedo: “No lloro lo pasado/ ni lo que ha de venir me da cuidado”.
Parto de ese estribillo (“Espera, voy a coger la muleta”) para apoyarme en el repaso de la polisemia y el juego de palabras. No estoy pensando ya en la muleta de la cojita aquella, sino en la otra, en la que se utiliza para llevar y traer las embestidas del toro.
Lo conté hace unos años, en un relato que se titulaba Los alegres maletillas, en un volumen sobre el miedo. Hablaba allí del miedo que me quitó del toro. Y de mi apodo (“El niño del sanatorio”), un apodo de mal fario, presagio de mucho hule, como se dice en la jerga.
Era ese un relato autobiográfico que recordaba la desazón de una vocación frustrada.
Viene a cuento aquí el recuerdo de don Luis Mazantini, matador de comienzos del XX, raro no sólo por su nombre, más propio de un autor de operetas que de un torero, sino porque fue torero con bigote y acabó de gobernador civil en Guadalajara en los días anodinos de la restauración. En cierta ocasión le saludó Alfonso XIII con esa simpatía un poco populachera, un poco canallita de los Borbones:
- Pero, coño, Mazzantini, ¿qué haces tú aquí?
- Ya lo ve, majestad, degenerando.
¿Vocación frustrada? ¿Estaré yo también degenerando, como Mazantini? Eso creía yo. Pero nada de eso. Ahora me doy cuenta de mi plena realización en el arte de Cúchares y del señor Paquiro, tan familiar por chiclanero, aquel que decía que el torero tenía que tener las tres bes: “boluntad”, “balor” y “buevos”.
Encadenemos metáforas, vengamos a la alegoría, a las semejanzas.
Sin entrar en detalles, sin dar (misericordiosamente) nombres, comienzo por la variedad de los espectáculos: desde el cómico-taurino-musical a la novillada. Ya no hay nocturnas en este centro, pero sí –desde que es el Instituto-Escuela que soñaron Giner de los Ríos y aquellos pedagogos gimnásticos e higiénicos de la Institución Libre de Enseñanza- pero sí (decía) becerradas económicas, ruidosas y caóticas, como un herradero de añojos.
La misma variedad en los lidiadores: el torero de arte y el de valor; el que torea como los que no matan y el que mata como los que no torean; el que tiene oficio y el que está verde como un membrillo de finales de agosto; el tremendista del salto de la rana (recortado de estampa y cetrino de rostro) y el que viene de Méjico hecho al toro chico o el que presume de haber leído el Cossío de la cruz a la fecha sin que su práctica lo acuse ni sus logros lo hagan patente.
No falta en el espectáculo el acompañamiento de timbales, si bien con ritmos que más recuerdan a los ritos bantúes que al compás cañí del pasodoble juncal.
Por no faltar, no falta ni un público gritón, ni el vendedor que vocea (¡qué potencia, Señor, tan mal utilizada!) la gaseosa y las garrapiñadas.
Han subido los decibelios en este centro, pero como ha bajado el nivel, el material semoviente con el que se hace faena (¿al que se le hacen faenas?) es más chico, aunque se mueve más y provoca más fatiga. Y de vez en cuando el marrajo que no tiene un pase, o el marmolillo que se pega al piso y no se mueve, o el zambombo pregonao que se cuela por los dos pitones.
Con ese material, cada vez más frecuente, muestra definitiva de la decadencia de la cabaña brava en la tauromaquia posmoderna, no suelen valer los pases de castigo, ni las banderillas negras. Se hacen faenas de aliño (“tú haz como el que hace”, dicen los apoderados) y a otra cosa. Con los otros, primero el tanteo, luego mucha mano izquierda (“la de los millones”) a la distancia adecuada (“dale sitio”, dice el peonaje) y sobre todo no levantar las manos ( “ni ante el toro ni ante los hombres”).
¿Más paralelismos? Los cortes de coleta, las sustituciones (“unos las firman y otros las torean”), los toros al corral.
Desde que he comprendido la relación con los toros, estoy más delgado y ya no fumo. Subo a la Montaña a paso de banderillero y en la playa de la Barrosa ando como Óscar Higares y Manolito Sánchez, dos juncos. Que eso de que más cornás da el hambre no pasa de ser una frase ingeniosa.
¿Que quiénes son los toros en esta alegoría?
Peor es no saber quiénes son las mulillas. No lo diré yo aquí.
Espera, voy a coger la muleta.

06 mayo 2005

MEMORIA DE LOS VIAJES


Tomás Pavón. El cuaderno de Corto Maltés.
Los libros del Oeste. Badajoz, 1999.

Una reseña convencional de este Cuaderno de Corto Maltés podría centrarse en el análisis de las dos partes en las que se articula el libro, de su final abierto, de su tendencia a la frase corta, de ese mito contemporáneo que es Corto Maltés y de su perfil aventurero, de la tipología mestiza del texto, entre lo lírico y lo narrativo, entre el cuaderno de viajes, el dietario y el poema modernista. O discurrir sobre las características genéricas del poema en prosa y su relación con el comic. Podría hablar también del itinerario que se propone en el libro, entre las Islas Grey y la Península del Sinaí. O hacer cábalas sobre la elección de 1959 (el año del nacimiento del autor y el de la revolución cubana) como la fecha del viaje. En fin, de todas esas cosas un punto impersonales que se ponen en las solapas y en las contraportadas de los libros para salir del paso.
Prefiero, sin embargo, invitar al lector a penetrar en este libro como se entra en la nostalgia de los puertos, en la memoria del viajero, en el mar de los sueños, los océanos del recuerdo. Y a vislumbrar ciudades que están también en nuestra geografía personal y literaria: Lisboa y Kairuán, Sevilla y Génova, Damasco y Venecia, La Habana y Córdoba. Ciudades que, como nos enseñó Italo Calvino, son invisibles porque viven en el corazón, en los sueños y en los atlas.
El lector que se adentre en este Cuaderno verá entre el salitre y el ron de sus páginas, más que a Corto Maltés, a Maqroll el Gaviero y a Long John Silver, a Nemo y a Sinbad, a Ulises y al capitán Flint. Yrecordará a Álvaro Mutis, a Pessoa, a Melville, a Stevenson, a Conrad y a Homero. Oirá cantes de ida y vuelta de Cádiz a La Habana, de Sanlúcar a Cartagena de Indias, recogerá en esa travesía a Cesaria Evora y tendrá tiempo -siempre hay tiempo en Lisboa- de llevarse el eco de un fado en una taberna del Barrio Alto.
Mapas y astrolabios, gavias y velas, pinos y guayabas, baluartes y cúpulas doradas, el levante en los pantalanes antillanos, galeones y goletas por la bahía, archipiélagos, calas y cales construyen la geografía del mito, la cartografía del recuerdo en este viaje luminoso hacia el sur. Un sur que, como Ítaca, no es un lugar sino un estado de ánimo.
Imaginación y nostalgia son los dos campos semánticos en torno a los que se organiza el viaje, la aventura. Una aventura que, como todas, tiene mucho de disidencia de lo cotidiano, de alejamiento de un grupo humano o de la propia identidad, de pérdida de los confines, de naufragio. Una aventura que es un viaje hacia la inseguridad. De ahí la vinculación de toda aventura con el sueño. De ahí que los espacios de la aventura sean mares y selvas, los inciertos territorios del azar.
La imaginación es el más propicio viento que empuja las velas. Con los ojos entornados, Cunqueiro lo explicó de forma definitiva. En Las mocedades de Ulises hablaban el protagonista y Foción el piloto:
- ¿De qué se hace la nave más ligera para ir a los feacios?
- De palabras, Ulises. Te sientas, apoyas el codo en la rodilla y el mentón en la palma de la mano, sueñas, y comienzas a hablar. (...) Pero para regresar, Ulises, la nave de las palabras no sirve. Hay que arrastrar la carne por el agua y la arena.
Por eso los marineros apenas recuerdan los nombres de las ciudades. Porque, como sabían los antiguos viajeros griegos, vivir no es importante, navegar sí. Y en esa navegación la imaginación es el motor del mundo y el de los vapores y el verdadero viento que impulsa los veleros.
Lo sabe bien el autor, que lo explica así: “La geografía jamás delimita nuestro itinerario. El viaje comienza en el mismo punto que los sueños y acaba cuando acaba la vida.”
Escribo estas líneas frente al Atlántico, con los ojos entornados ante un sol tibio, después de un breve cabotaje que me ha llevado costeando desde Sancti Petri, con ceñidas de este velero de palabras, hasta el puerto de Conil, un puerto íntimo y antiguo donde acabo de dejar mirando el poniente al marinero triste que encontró este Cuaderno que ahora rescata y nos ofrece Tomás Pavón.








En otra patria

Antonio Sáez. En otra patria. Llibros del Pexe. Gijón, 2005.

Los escritores más lúcidos y los lectores más atentos saben que siempre se está reescribiendo el mismo libro, releyendo la misma obra.
Con todas las posibles variaciones de género, de enfoque y estilo, eso, reescribir su libro de siempre, en verso y en prosa, es lo que ha venido haciendo Antonio Sáez desde aquel ya lejano 1997 en que nos ofreció su primera entrega, un libro de poesía que se titulaba Miradores y que contenía ya algunas de las claves, de las notas que ha ido desarrollando en sus obras posteriores.
Tras su voluminoso estudio Órficos y ultraístas, un análisis de la literatura española y portuguesa de comienzos del XX, vinieron libros como Adriano del Valle y Fernando Pessoa (apuntes de una amistad) y un ensayo titulado Corredores de fondo, un estimulante recorrido por nombres y lugares secundarios de la literatura peninsular del modernismo y la vanguardia.
Antonio Sáez nos ofrece ahora una nueva entrega de ese libro luso español que lleva escribiendo varios años. Un ciclo portugués consustancial a su trayectoria poética y ensayística, a sus gustos lectores y a sus experiencias vitales, enraizadas fuertemente en Portugal, en cuya universidad de Évora es profesor de literatura española.
Esta nueva entrega, En otra patria, es un libro de fragmentos, un texto que se mueve brillantemente entre el dietario, el cuaderno de bitácora y las notas de lectura reflexiva.
Entre la reflexión y el ensueño, en ese espacio de frontera en el que Antonio Sáez se siente tan cómodo, está este libro.
La vida de frontera, “siempre en el territorio de uno mismo”, escribía Carlos Marzal, porque siempre se escribe de uno mismo y se lee sobre uno mismo.
“Vale la pena tener patria/ para ser extranjero en otra patria.” La cita que abre el libro, del portugués Antonio Ferro, es también el origen del título, y anuncia la imagen que lo sustenta: la del hombre como un ser en tránsito, la de un hombre que camina.
Escrito entre 1998 y 2002, mientras componía los otros volúmenes que ha ido dando a la imprenta, este es no sólo un texto contemporáneo de los anteriores, sino su complementario, como diría Machado. Otra versión, otra perspectiva, otra cara, otro enfoque de la misma realidad que aparecía en los otros libros.
Este es, junto con Ruinas, uno de sus libros de poesía, tal vez el más confesional de todos sus textos, un libro para leer despacio, con lentitud portuguesa, haciendo de cuando en cuando un alto para dejar paso a la nostalgia, a una nostalgia con cauce pero sin causa, a una nostalgia afinada y sin finalidad.
O sea, a la saudade, una de esas palabras que viven también en la frontera ambigua de los sentimientos y que ha atravesado la otra frontera, la del idioma, para incorporarse al español .
Porque hay palabras que tienen alma aunque no tengan pasaporte. Y sensaciones sobre las que llueve dulcemente como sobre las tardes de abril.
Con esa materia traza Antonio Sáez un peculiar mapa topográfico, con sus cotas, sus curvas de nivel, sus topónimos que nos hablan de una noche extranjera entre la vida y la muerte, entre el sueño y la vigilia.
Un mapa configurado con materiales diversos, pero tamizados por el temple único que da la memoria. Y estas dos citas para resumirlo: “Los recuerdos son otra forma de tráfico” o esta variación más elaborada de esa misma idea: “el viaje es una de las formas ocultas de la memoria.”




Extremadura Artística

Se han presentado recientemente los dos primeros libros de una nueva colección del Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura con el título Extremadura Artística.
El rótulo recupera el lema de una larga serie de artículos de Adelardo Covarsí en la Revista de Estudios Extremeños en la primera mitad del siglo XX.
En el primero de aquellos artículos, Covarsí se lamentaba del “despojo artístico del que fuimos víctimas” en Extremadura y así abría una línea de atención sobre el patrimonio artístico de Extremadura que es responsabilidad de todos nosotros preservar y que instituciones como nuestra Universidad tienen especial obligación de estudiar y de dar a conocer.
Esa es en efecto una línea prioritaria de investigación que aborda todo lo relativo a nuestro patrimonio artístico, como lo atestiguan las distintas monografías publicadas por el Servicio de Publicaciones sobre la imaginería medieval extremeña o sobre la orfebrería, de Florencio García Mogollón; sobre el arte efímero y la escultura pública en las capitales extremeñas, de Mª del Mar Lozano Bartolozzi, sobre el patrimonio pictórico de los siglos XVII y XVIII en Extremadura de Mª Teresa Terrón Reynolds; o la de Vicente Méndez sobre el retablo en la diócesis de Plasencia.
El área de Historia del Arte ha sido desde el principio una de las líneas más nutridas del catálogo de publicaciones de la Universidad de Extremadura.
De ahí la necesidad de abrir una colección que, bajo este título de Extremadura Artística, recuerdo de Covarsí, dé cabida, de una forma visible, con un diseño propio de la colección, a los trabajos que, sobre el patrimonio artístico de Extremadura, seguirán apareciendo.
Ya han aparecido los dos primeros títulos: el primero, de Gema Díaz Aceituno sobre Arte y artistas en Jarandilla de la Vera durante los siglos XVII y XVIII es un extenso y bien documentado estudio sobre humildes artistas que trabajaron en Jarandilla. Más allá de un mero estudio documental es un certero análisis y una profunda reflexión sobre la sociología del arte, del artista y de la clientela. A este título le dedicaremos una reseña en próximos espacios.
El otro título de esta colección es La recuperación del patrimonio arquitectónico múdejar en la provincia de Badajoz (1980-1998). Lo firma Mª Antonia Pardo y en él se abordan las restauraciones y rehabilitaciones de lugares tan emblemáticos como el castillo de Magacela o el monasterio de Tentudía.
Hay que felicitarse de que entre los principios que informan la política editorial del Servicio de publicaciones de la Universidad de Extremadura figure de modo prioritario el estudio y la difusión de nuestro patrimonio cultural como clave de nuestra identidad con esta nueva colección Extremadura artística.





Jarrapellejos

Felipe Trigo. Jarrapellejos. Edición de Manuel S. Viola.
Colección clásicos extremeños. Diputación provincial de Badajoz. 2004.

Con su habitual solvencia y rigor crítico. Manuel Simón Viola ha reeditado en la colección de clásicos extremeños que publica la Diputación provincial de Badajoz Jarrapellejos, la más conocida de las novelas de Felipe Trigo, subtitulada irónica y significativamente Vida arcaica, feliz e independiente de un español representativo y publicada por primera vez en 1914, dos años antes del suicidio de su autor y culminando su época de mayor plenitud creadora, plenitud que se había iniciado cinco años antes, con la publicación de En la carrera y había seguido en 1912 con El médico rural.

El texto, espléndidamente editado, va precedido de un prólogo de Rafael Conte y de una introducción del profesor Viola en la que se fija la importancia de la obra de Felipe Trigo en su época, así como la significación que en el conjunto de su obra tiene esta novela, un crudísimo retrato de la España negra a través de su protagonista, una denuncia de la Extremadura profunda y rural de hace un siglo, con sus conocidas lacras: el caciquismo, la miseria, la ignorancia, la brutalidad.

Pensada para un público amplio y para su utilización y estudio en las aulas extremeñas, las notas que acompañan esta edición iluminan para el lector medio y para el estudiante universitario o de bachillerato algunos pasajes oscuros o algunas palabras inusuales.

Son muy útiles también para situar al autor y a su obra en el contexto español y extremeño de la época las tablas cronológicas que conectan las fechas esenciales de la biografía de Felipe Trigo con la historia de España y con la literatura de Extremadura.

Esta edición de Jarrapellejos enriquece la ya consolidada colección de clásicos extremeños de la Diputación provincial de Badajoz, en la que han ido apareciendo obras de autores tan diferentes como Arturo Barea, El Brocense o Luis de Oteyza, una colección rediseñada ahora con un formato más agradable, con mayor calidad en su tipografía, en el tipo de papel y hasta en unas portadas más atractivas.

05 mayo 2005

Gárgolas de la provincia de Cáceres.

Francisco Vicente Calle Calle. Gárgolas de la provincia de Cáceres.
Institución Cultural el Brocense de la Diputación provincial de Cáceres. Cáceres, 2003.
Esta monografía publicada por la ICB constituye una interesantísima aportación al conocimiento de una realidad muy cercana, presente en cada pueblo, en cada rincón de nuestra geografía: la de las gárgolas, esas representaciones escultóricas situadas en los aleros de las iglesias y de los palacios, con figuras monstruosas y desgarradas.
Se trata de un estudio bien escrito y bien documentado con un apéndice fotográfico ilustrativo de las distintas gárgolas estudiadas, apéndice realizado por el propio autor.
Francisco Vicente Calle, profesor de Instituto, con un enfoque multidisciplinar en el que intervienen lo plástico, lo literario y lo antropológico, realiza en este libro un documentado análisis de ese mundo de las gárgolas, una realidad compleja que exige ese enfoque múltiple y una constante cultural de las distintas épocas. Desde la antigüedad de las quimeras a Batman, pasando por las representaciones medievales y el Víctor Hugo de Nuestra Señora de París.

Tas una introducción histórica en la que se compaginan la historia y la leyenda, el estudio está organizado en tres secciones, según los distintos tipo de gárgolas:

-Gárgolas antropomorfas, con representaciones de la locura y del pecado en todas sus variedades.
-Gárgolas de animales que tienen mucho que ver con los textos del Apocalipsis de San Juan: leones, perros, águilas.
-Gárgolas fantásticas: diablos, monstruos, pesadillas híbridas de sueño y realidad.

A través de la enorme variedad de seres representados, el autor nos propone un recorrido por un mundo en el que habitualmente no reparamos. Un mundo en el que se combinan la imaginación, el subconsciente, la magia y la religión, con figuras que vienen de los cuentos de invierno.

Figuras que están en espacios elevados, pero que vienen de las profundidades de la historia y del inconsciente colectivo para construir una peculiar pedagogía del espanto.

La ética de la memoria

El año 2003, el premio Arturo Barea de investigación histórica que convoca la Diputación provincial de Badajoz le fue otorgado a un trabajo monumental de José María Lama: La amargura de la memoria.República y guerra en Zafra (1931-1936).
La ética de la memoria podríamos titular la reseña de este libro. José María Lama, escritor e historiador, lleva ya muchos años investigando especialmente los años de la Segunda república y la guerra civil en su Zafra natal.
Sobre esta materia ya había adelantado un anticipo con la brillante biografía de José González Barrero, alcalde de Zafra en la Segunda república.
Ahora, precedido de dos prólogos, el del historiador Francisco Espinosa y el del poeta Luciano Feria, se edita este tomo espectacular de más de setecientas páginas que recogen una investigación seria y rigurosa contra el olvido.
Se trata de una tarea tan imprescindible como dolorosa, de una ética de la memoria, de un trabajo modélico que –como señala en su prólogo Fco. Espinosa- constituirá a partir de este momento una referencia obligada en los estudios sobre los primeros meses de guerra y represión en Extremadura.
El libro se organiza en cinco partes que paso a señalar porque nos dan una idea muy exacta del alcance de la investigación:
1) La segunda república en Zafra. La situación política y los cambios en el en el poder local hasta el triunfo del Frente popular en las elecciones de febrero de 1936.
2) La sublevación militar y la ocupación de Zafra por el ejército de África. La columna de la muerte. Los fusilamientos.
3) La represión durante la guerra y la dictadura. La violencia y el miedo.La demolición de la memoria y el andamiaje de la farsa. La reescritura y la falsificación de la historia.
4) Apéndice documental. Textos y documentos fotográficos sobre la república y la guerra civil en Zafra.
5) Apéndice de cuadros. Resultados electorales, listados de fusilamientos, relación de detenidos, etc.
Se trata, como se puede deducir de todo esto, de un impresionante trabajo. Impresionante no sólo por la gigantesca labor de documentación, elaboración del material y redacción de la obra, sino también y sobre todo porque el tema es impresionante en sí mismo.
Con este libro, José Mª Lama se suma a muchos otros esfuerzos que en Extremadura y fuera de ella se están haciendo para recuperar una memoria que quisieron robarnos y que estamos moralmente obligados a reconstruir.

José Luis Peixoto. Te me moriste

José Luis Peixoto. Te me moriste. La gaveta. Editora Regional de Extremadura. Mérida, 2005
Nacido en 1974 en el Alentejo, que suele ser el telón de fondo de su literatura, José Luis Peixoto, novelista y poeta, es uno de los escritores portugueses jóvenes con más clara proyección, con una obra que ha dado ya alguno de sus primeros frutos maduros en dos libros de poemas y dos novelas.

Publicada originariamente en Lisboa en el año 2001, Te me moriste aparece ahora en una vibrante traducción del también poeta Antonio Sáez en La gaveta, colección de narrativa breve de la Editora regional de Extremadura.

Se trata de un texto cuya fuerza expresiva exige desbordar el cauce estrecho de los géneros. Un texto que está a caballo entre lo narrativo, lo lírico y la autobiografía, plural en las tradiciones que integra, único en la desolación por la muerte del padre.

La memoria del padre muerto se convierte en el eje del texto, en el tenso relato de un naufragio que configura un libro emocionante en el sentido menos trivial, en el más noble sentido de la palabra.

En apenas cincuenta páginas se construye esta obra, con apretadas e intensas palabras. Sometidas a una tensión, a una intensidad más propia del texto poético que de la narrativa, esas palabras articulan un diálogo ya imposible si no es en la literatura, que a sus múltiples funciones añade, como una de las fundamentales, esta de derrotar al tiempo, al menos provisionalmente, con la conciencia de que “son las palabras las que nos salvan”, como dice lúcidamente José Luis Peixoto.

En esa virtualidad de la ficción se instala el yo conmovido del autor para dirigirse a un tú derrotado, vencido por la muerte y por la noche, superiores a los hombres, como ya nos dijeron los escritores antiguos.

Un libro del que no se sale indemne, sino solidariamente conmovido por el dolor y herido por el tiempo. Un libro, en definitiva, importante, porque es de los que importan.



Revista de Extremadura



Desde 1999, año en que se cumplió el centenario de la fundación de la Revista de Extremadura por un grupo de intelectuales cacereños, la también cacereña Cicon ediciones viene haciendo un ademirable y continuado esfuerzo por recuperar en ediciones facsimilares aquellos viejos tomos, a razón de uno por año.
Contando con el apoyo de una ayuda a la edición de la Consejería de Cultura de la Junta de Extremadura, sale ahora a la calle el tomo sexto, que recoge los doce números que se publicaron en Cáceres a lo largo de 1904.
Se trata, como en los cinco tomos anteriores, de una recuperación imprescindible. De recuperar y homenajear aquel esfuerzo de erudición, creatividad e investigación que fue pionero en la vertebración de la identidad regional extremeña a través de las distintas ramas de la cultura.
“Historia. Ciencia. Artes. Literatura.” es el indicativo subtítulo que acompañó a la Revista de Extremadura desde su número fundacional. Y en efecto, lo creativo convivió con la investigación erudita y con la especulación filosófica para construir aquel ambicioso proyecto cultural que acometieron un grupo de artistas e intelectuales extremeños.

Temas tan distintos como las lápidas romanas, el estudio de la criminalidad en al provincia de Cáceres, textos poéticos, amagos pioneros de estudios medioambientales y construcciones teosóficas pueden darnos idea de la disparidad de temas, de enfoques y perspectivas que recogía la Revista de Extremadura.

Naturalmente, es inevitable también el desigual interés de los textos, el diferente rigor intelectual de los colaboradores, pero en términos generales los doce números de este tomo sexto de 1904 son una referencia ineludible para conocer la realidad y la intrahistoria intelectual extremeña en el Cáceres de aquel comienzo de siglo desde el quehacer de aquel grupo de idealistas ilustrados.
Roso de Luna, Publio Hurtado, Manuel Monterrey, Rafael García-Plata, Carolina Coronado o Juan Sanguino Michel son algunos de los nombres que figuran en el consejo de redacción o entre los colaboradores habituales de la revista. Exponentes todos ellos y muchos otros de un esfuerzo generoso que hoy debemos reconocer y valorar.
Llama especialmente la atención en este tomo de 1904 el número de noviembre, dedicado monográficamente a los Reyes católicos y a su relación con Extremadura con motivo del cuarto centenario de la muerte de Isabel la católica.
Saludemos, pues, esta publicación que nos ayuda a completar el mapa cultural, literario e intrahistórico de la Extremadura de comienzos de siglo con la perspectiva que da el paso de estos cien años.

04 mayo 2005

ROBERT WALSER BAJO LA NIEVE



Lo había profetizado muchos años atrás. En una de sus novelas un personaje muere congelado en un bosque.

En un esfuerzo sostenido para despersonalizarse, había conseguido volverse un enigma para sí mismo, escribiendo con la distancia del que ultima los planes de evacuación ante un inevitable naufragio que en el fondo era una liberación.

Un creador es un ausente total, había dicho brillantemente. Sus pecios darán un último testimonio.

Uno de esos personajes patéticamente desnortados del fin de una época. Como sus coetáneos Kafka, Döblin o Roth, lúcidos exponentes de un género de escritores que se permitían el lujo de rechazar trabajos y se entregaban a la dignidad elegante del hambre, el frío o las calamidades.

Incapaces de hacer otra cosa que llevar trabajosamente a término su propia vida, se entregaban a la haraganería de los veladores en los cafés de Viena o de Berlín.

Como Peter Altenberg, hoy recordado en la capital de Austria con un maniquí a la entrada del Café Central.

Aún no ha alcanzado esos cien mil lectores que reclamaba Herman
Hesse para que el mundo fuese mejor. Dudo de que los alcance algún día, porque no es ese el camino que llevan el mundo y la historia.

Elogio del horizonte




Santiago Castelo, director de la Academia de Extremadura y uno de nuestros escritores más conocidos, acaba de ver antologados veinticinco años de actividad poética en La huella del aire (Poesía 1976-2001).
Con el sello de la Editora Regional de Extremadura, este volumen, cuidadosamente editado, va precedido de un prólogo esclarecedor y equilibrado de Manuel Simón Viola, que es también el responsable de la amplia selección de textos.
Han pasado ya casi veinte años desde que en otra antología, Como disponga el olvido, Juan Manuel Rozas revisaba los primeros quince años de la obra de Santiago Castelo. Desde entonces, han ido apareciendo nuevos títulos – algunos ya inencontrables- que justifican esta nueva revisión de la poesía de nuestro autor, dueño de una voz poética extrañamente inmune al tiempo, que pasa por ella sin daño ni estruendo ni rechinar de dientes.
Entre su primer libro, Tierra en la carne, y el más reciente, Cuerpo cierto, el talante poético de raíz clásica y la variedad de registros métricos y estilísticos de Santiago Castelo le han ido confirmando como el nieto más formal de don Manuel Machado. Él también, como su abuelo, a medio camino entre la exaltación un poco escéptica de la oda y la contención dolorosa de la elegía sin aspavientos.
Quienes le hemos oído leer sus versos recordamos la voz poderosa de Castelo, subrayada con la seguridad corpulenta de su gesto, acompasada con la cadencia recitativa de su mano.
Y hemos visto, convocados en su palabra y en sus silencios (¡ay, los silencios conmovidos de Santiago Castelo!), el pasado y el presente, las parras de la infancia y el danzón habanero, la tierra interior y el mar abierto, el secano agreste y las aguas litorales, la palmera caribe y la flor de la jara, el díptico sereno del amor y la ausencia.
Hemos oído esa voz poderosa, pero tenemos la impresión de que su poesía es una poesía para ser leída a media voz, o con la voz secreta y oscura de los místicos, con el compás sonoro de las noches ardientes.
Con su poesía arraigada en el dolor y el paisaje, Castelo funda su obra en una poética de la mirada. No es una casualidad la suma de referencias a la pintura en sus libros, ni que lo último que ha publicado sea un conjunto de textos sobre la pintura de Ortega Muñoz.
Y en esa mirada extranjera y desterrada, como de náufrago en la isla y ante el horizonte, reside la imagen que más me interesa de su poesía.
Islas que se llaman Cuba, Mallorca o cualquiera de las islas griegas, pero que son también las islas de la memoria, la infancia verdadera de la casa con el suelo empedrado o el pasado que se sueña en las ruinas de amor de una casa en Éfeso.
Horizonte que es el de las soledades de Extremadura o el del desvelo desnortado y macizo en la sierra de Gredos, pero también el horizonte atlántico de Lisboa con la tristeza dulce y la añoranza imposible del rey Don Sebastián.
El mar de Extremadura, con algas y tomillo, hecho de amor y tiempo su corazón de mieses, a través de una voz que es la voz del poeta en su agonía de nube. La antigua voz que viene del fondo de los siglos, de las raíces telúricas de la noche y la sangre, contra el sol de la historia.