Zola en el Chiado
En su partida de nacimiento, la editorial Periférica anuncia que una de sus líneas fundamentales consistirá en ofrecer una amplia selección de clásicos modernos, inéditos o poco difundidos en castellano.
Uno de esos clásicos recuperados con que Periférica inicia su andadura es La pelirroja, una novela del portugués Fialho de Almeida (1857-1911).
Rescatada en 2005, la edición portuguesa de Assírio & Alvim tuvo una buena acogida de crítica y público. Ahora aparece por primera vez en castellano con traducción de Antonio Sáez Delgado.
Fialho de Almeida ocupa en la literatura portuguesa del último tercio del XIX un lugar semejante al de Blasco Ibáñez en España. Lo que este supone respecto de Galdós lo significa Fialho de Almeida respecto de Eça de Queiroz. Identificado alguna vez con Dickens por su visión de la infancia desvalida y callejera, me parece que la crudeza con la que se refleja la realidad, el interés por destacar sus aspectos más sórdidos, el regodeo en la miseria, la crítica social, el anticlericalismo, el erotismo lo aproximan, incluso en una obra temprana como esta, a la radicalidad naturalista más que a otras formas templadas de realismo.
La pelirroja se publicó en 1878, muy poco después que La taberna de Zola y antes que Nana. Fialho era entonces un joven de extracción humilde y estaba todavía muy marcado por una larga convivencia con la pobreza. Estudiante de Medicina como Pío Baroja y Felipe Trigo, conoció como ellos la frecuencia con la que se mezclan en los pobres el dolor y la miseria. Y, como ocurre con las novelas de aquellos, esta narración es también una disección del tejido social del Portugal atrasado de finales del XIX.
Novela escrita con prosa consistente y eficacia narrativa, las brillantes descripciones de una Lisboa suburbial, más agria que pintoresca, de bajos fondos y prostitución, tienen una enorme fuerza por el talento del autor, pero sobre todo porque esa visión Lisboa nocturna, parda y lóbrega viene de lo vivido. Como esos personajes que completan un ambiente que los explica y que queda expuesto en ellos.
La traducción, ágil y eficiente, de Antonio Sáez tiene una virtud fundamental: le quita al texto la vieja capa de barniz, el desagradable toque arcaico que había en algunos rasgos de su estilo.
Vale la pena leer esta Pelirroja, buena literatura menor en una edición cuidada que presagia nuevas sorpresas tan agradables como esta.
Uno de esos clásicos recuperados con que Periférica inicia su andadura es La pelirroja, una novela del portugués Fialho de Almeida (1857-1911).
Rescatada en 2005, la edición portuguesa de Assírio & Alvim tuvo una buena acogida de crítica y público. Ahora aparece por primera vez en castellano con traducción de Antonio Sáez Delgado.
Fialho de Almeida ocupa en la literatura portuguesa del último tercio del XIX un lugar semejante al de Blasco Ibáñez en España. Lo que este supone respecto de Galdós lo significa Fialho de Almeida respecto de Eça de Queiroz. Identificado alguna vez con Dickens por su visión de la infancia desvalida y callejera, me parece que la crudeza con la que se refleja la realidad, el interés por destacar sus aspectos más sórdidos, el regodeo en la miseria, la crítica social, el anticlericalismo, el erotismo lo aproximan, incluso en una obra temprana como esta, a la radicalidad naturalista más que a otras formas templadas de realismo.
La pelirroja se publicó en 1878, muy poco después que La taberna de Zola y antes que Nana. Fialho era entonces un joven de extracción humilde y estaba todavía muy marcado por una larga convivencia con la pobreza. Estudiante de Medicina como Pío Baroja y Felipe Trigo, conoció como ellos la frecuencia con la que se mezclan en los pobres el dolor y la miseria. Y, como ocurre con las novelas de aquellos, esta narración es también una disección del tejido social del Portugal atrasado de finales del XIX.
Novela escrita con prosa consistente y eficacia narrativa, las brillantes descripciones de una Lisboa suburbial, más agria que pintoresca, de bajos fondos y prostitución, tienen una enorme fuerza por el talento del autor, pero sobre todo porque esa visión Lisboa nocturna, parda y lóbrega viene de lo vivido. Como esos personajes que completan un ambiente que los explica y que queda expuesto en ellos.
La traducción, ágil y eficiente, de Antonio Sáez tiene una virtud fundamental: le quita al texto la vieja capa de barniz, el desagradable toque arcaico que había en algunos rasgos de su estilo.
Vale la pena leer esta Pelirroja, buena literatura menor en una edición cuidada que presagia nuevas sorpresas tan agradables como esta.

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