La estrategia de la araña
A Rodrigo Alemán se lo comieron las arañas.
No es mal principio para una investigación. Un cura loco, un padre enfadado, un artista orgulloso, una condena por herejía, una joven de Llerena, unos pocos arquitectos, obispos, deanes, duques, condes, reyes y conjurados. Suficiente para escribir dos tesis o para pasar entretenido al menos dos años.
El resto del camino lo hacen en silencio, pero por primera vez en mucho tiempo Daniel sonríe. Ya no siente el vacío.
Ahora tiene el corazón lleno de palabras.
Así termina el cuarto capítulo de Ni Dios mismo, la última novela de Pilar Galán. Se titula ese capítulo La leyenda y no por casualidad es el eje de una novela – la más ambiciosa y madura de su autora- ambientada en Plasencia, que va camino de convertirse en la Santa María de los novelistas extremeños.
En esas líneas están muchas de las claves del texto y desde luego son suficientes para percibir la soltura de su prosa eficiente y la tensión elegante de su narrativa.
Además de muchas otras cosas, se cuenta aquí la historia de un vuelo, de un engaño y de una huida.
Y de unas arañas: las que se comen al artista hereje. El artista es siempre un generador de desorden, con la palabra o con el buril. Y otra vez el pasado se proyecta sobre el presente para recordarnos dos procesos que han cambiado la posición del hombre en el mundo y en relación con los demás hombres: la imprenta e internet comparten frente al poder esa capacidad creadora que alarma a quienes detentan la información o manipulan en provecho propio las palabras más nobles como libertad o democracia.
Y es que a Rodrigo Alemán, y ese es uno de los temas insistentes del libro, una de sus líneas musicales, quizá su título más brillante, a Rodrigo Alemán –digo- se lo comieron las arañas en esta historia que teje imperceptiblemente una tela, en esta narración urdida con estrategia de araña en círculos concéntricos que acaban atrapando al lector, encerrándolo como en la biblioteca de Campillo de Llerena los libros del hereje.
El resto del camino lo hacen en silencio, pero por primera vez en mucho tiempo Daniel sonríe. Ya no siente el vacío.
Ahora tiene el corazón lleno de palabras.
Así termina el cuarto capítulo de Ni Dios mismo, la última novela de Pilar Galán. Se titula ese capítulo La leyenda y no por casualidad es el eje de una novela – la más ambiciosa y madura de su autora- ambientada en Plasencia, que va camino de convertirse en la Santa María de los novelistas extremeños.
En esas líneas están muchas de las claves del texto y desde luego son suficientes para percibir la soltura de su prosa eficiente y la tensión elegante de su narrativa.
Además de muchas otras cosas, se cuenta aquí la historia de un vuelo, de un engaño y de una huida.
Y de unas arañas: las que se comen al artista hereje. El artista es siempre un generador de desorden, con la palabra o con el buril. Y otra vez el pasado se proyecta sobre el presente para recordarnos dos procesos que han cambiado la posición del hombre en el mundo y en relación con los demás hombres: la imprenta e internet comparten frente al poder esa capacidad creadora que alarma a quienes detentan la información o manipulan en provecho propio las palabras más nobles como libertad o democracia.
Y es que a Rodrigo Alemán, y ese es uno de los temas insistentes del libro, una de sus líneas musicales, quizá su título más brillante, a Rodrigo Alemán –digo- se lo comieron las arañas en esta historia que teje imperceptiblemente una tela, en esta narración urdida con estrategia de araña en círculos concéntricos que acaban atrapando al lector, encerrándolo como en la biblioteca de Campillo de Llerena los libros del hereje.


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