Grito hacia Roma
Después de montar el acostumbrado numerito hipócrita en Auschwitz, donde él mismo podría haber figurado en la lista de los verdugos, el hombre vestido de blanco, con sus ojos claros de viejo lobo teutón, confraterniza en Roma con el chacal anglicano de risa de conejo e inteligencia limitada.
Tendrán que pasar otros sesenta años para que su sucesor se pregunte cínicamente a sí mismo -Dios en la tierra- cómo han sido posibles los crímenes de hoy mientras la sonrisa taimada del alemán mira para otro lado y babea su complicidad cobarde - como cuando los nazis otro viejo de manos traslúcidas y mente turbia- con los asesinos.
Se me mezcla inevitablemente esa imagen con la de los obispos panzudos (algunos habrán sido canonizados ya) con el brazo en alto o bendiciendo bayonetas moras o con la aterradora fotografía de los niños ahorcados en España o fusilados en Irak por los cruzados de la causa, por las fuerzas civilizadoras que llevan libertad duradera allí donde dejan la semilla venenosa de su fanática crueldad, de su maldad ecuménica y evangelizadora.
No es que yo no lo espere, es que por mí se puede ir al mismo infierno, santidad eminentísima. Tengo leído en el Dante que algunos otros de igual dignidad eclesiástica fatigan con su podredumbre no sé cuál de los siete círculos.
Con santa ira y con esa santa desvergüenza que tanto admiran en los suyos se lo digo, Dios en la tierra.
¿Tiene fuego, maestro?
Tendrán que pasar otros sesenta años para que su sucesor se pregunte cínicamente a sí mismo -Dios en la tierra- cómo han sido posibles los crímenes de hoy mientras la sonrisa taimada del alemán mira para otro lado y babea su complicidad cobarde - como cuando los nazis otro viejo de manos traslúcidas y mente turbia- con los asesinos.
Se me mezcla inevitablemente esa imagen con la de los obispos panzudos (algunos habrán sido canonizados ya) con el brazo en alto o bendiciendo bayonetas moras o con la aterradora fotografía de los niños ahorcados en España o fusilados en Irak por los cruzados de la causa, por las fuerzas civilizadoras que llevan libertad duradera allí donde dejan la semilla venenosa de su fanática crueldad, de su maldad ecuménica y evangelizadora.
No es que yo no lo espere, es que por mí se puede ir al mismo infierno, santidad eminentísima. Tengo leído en el Dante que algunos otros de igual dignidad eclesiástica fatigan con su podredumbre no sé cuál de los siete círculos.
Con santa ira y con esa santa desvergüenza que tanto admiran en los suyos se lo digo, Dios en la tierra.
¿Tiene fuego, maestro?

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