La vida breve de Chejov
Antón Chéjov. Vida a través de las letras se titula una apretada e intensa biografía que Natalia Ginzburg publicó en Italia en 1989, un par de años antes de morir y que Acantilado edita ahora con traducción de Celia Filipetto.
Es un relato chejoviano en tono y en economía de medios eficientes el que nos dejó Natalia Ginzburg en este librito lleno de sugerencias y de sensibilidad. Una narración más amplia y más profunda de lo que hacen pensar sus páginas y su formato, porque en ella cada palabra está pensada para que quede flotando en la mente demorada del lector, para introducirle en una atmósfera que es la propia del biografiado.
Tras el texto, oculta y latente, está la sensibilidad delicada de Natalia Ginzburg envolviéndonos en el ambiente y el tiempo en los que el narrador ruso fue construyendo una obra viva que sigue respirando y fortaleciéndose a medida que pasa el tiempo. Una obra que es menos un edificio que un árbol frondoso de hojas perennes que no han dejado de fortalecerse y de dar sombra apacible al lector.
En las primeras páginas del libro, Natalia Ginzburg resume los cuentos de Chejov con una imagen intuitiva y precisa: su obra es la de alguien que nos abre una puerta o una ventana y nos deja mirar dentro de la casa por un momento. Luego, la misma mano que la había abierto, cierra la ventana o la puerta.
Esa imagen humilde, brillante y acertada, se puede aplicar también a este libro impregnado del espíritu de Chejov.
Con esa actitud se reconstruyen las últimas horas de Chejov en la habitación de un hotel de Badenweiler el 2 de julio de 1904, junto a Olga y una botella de champán que les mandó el médico como última terapia.
-¿Para qué poner hielo sobre un corazón vacío?, dicen que dijo, casi al final.
La situación la inmortalizó también esa cima de Carver y del relato contemporáneo que se titula Tres rosas amarillas.
Es un relato chejoviano en tono y en economía de medios eficientes el que nos dejó Natalia Ginzburg en este librito lleno de sugerencias y de sensibilidad. Una narración más amplia y más profunda de lo que hacen pensar sus páginas y su formato, porque en ella cada palabra está pensada para que quede flotando en la mente demorada del lector, para introducirle en una atmósfera que es la propia del biografiado.
Tras el texto, oculta y latente, está la sensibilidad delicada de Natalia Ginzburg envolviéndonos en el ambiente y el tiempo en los que el narrador ruso fue construyendo una obra viva que sigue respirando y fortaleciéndose a medida que pasa el tiempo. Una obra que es menos un edificio que un árbol frondoso de hojas perennes que no han dejado de fortalecerse y de dar sombra apacible al lector.
En las primeras páginas del libro, Natalia Ginzburg resume los cuentos de Chejov con una imagen intuitiva y precisa: su obra es la de alguien que nos abre una puerta o una ventana y nos deja mirar dentro de la casa por un momento. Luego, la misma mano que la había abierto, cierra la ventana o la puerta.
Esa imagen humilde, brillante y acertada, se puede aplicar también a este libro impregnado del espíritu de Chejov.
Con esa actitud se reconstruyen las últimas horas de Chejov en la habitación de un hotel de Badenweiler el 2 de julio de 1904, junto a Olga y una botella de champán que les mandó el médico como última terapia.
-¿Para qué poner hielo sobre un corazón vacío?, dicen que dijo, casi al final.
La situación la inmortalizó también esa cima de Carver y del relato contemporáneo que se titula Tres rosas amarillas.

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