19 febrero 2006

El lector de almanaques

Es una de mis adicciones más antiguas en este mundo de la literatura virtual. Es El lector de almanaques y la lleva con elegancia, exigencia intelectual y altura literaria José María Jurado García-Posada, un ingeniero de telecomunicaciones que trabaja en Sevilla.
Son entradas muy cortas, muy apretadas y de alto voltaje estético. Vale la pena frecuentar estos almanaques, de pinceladas sueltas y precisas, porque en ellos la densidad de literatura por párrafo es muy alta.
Nada que ver con aquellos otros, llenos de moralina y baja literatura que conocimos los de mi edad en las cocinas de las abuelas.

18 febrero 2006

Y si pierdo la ira, ¿qué me queda?

¿Qué es un vencido por el vencido?

Y si pierdo la ira, ¿qué me queda?

¿Cómo se mata a un muerto?

El mero enunciado de esas tres preguntas intensas, entresacadas de Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez, debería ser acicate para ponerse a leer este libro que publicó Anagrama como se leen los libros que de verdad nos importan, esos libros que cuando nos damos cuenta estamos leyendo con la médula, como quería Nabokov.

Lo leí por primera vez en octubre, dejé constancia aquí, pero me tuve que tomar una tregua antes de releerlo con la misma intensidad, con la sensación de que es lo último que va a leer uno.

Como uno de los personajes, el lector sale de este libro, si sale, con la respiración entrecortada y sabiendo que la Luz y el Dolor forman parte de la misma incandescencia.

17 febrero 2006

Sinapia. Una utopía

Hace ya treinta años que la Editora Nacional, en su Biblioteca de visionarios, heterodoxos y marginados, publicaba Sinapia. Una utopía española del Siglo de las Luces. Con edición y prólogo de Miguel Avilés, es hoy un libro inencontrable que convendría recuperar.
El manuscrito anónimo, que se titulaba Descripción de la Sinapia, península en la tierra austral estaba entre los papeles de Campomanes y se enmarca en el horizonte de esperanza que se abrió con la Ilustración. Debe de ser obra de alguno de aquellos intelectuales que pensaron en una España nueva en la época de Carlos III.
En la línea de otras utopías como la de Tomás Moro o La Ciudad del Sol de Campanella, sus propuestas visionarias y su disconformidad con el mundo son imprescindibles en cualquier valoración global del XVIII español, de sus esperanzas y sus frustraciones.
Lo que se propone allí, a veces de forma juiciosa y razonable, a veces con disparates herederos del arbitrismo, es una imagen invertida de España. Lo que algunos llaman la Antiespaña, que en el libro se propone como una península en las antípodas, con la misma forma de la Península Ibérica y con el nombre de Hispania transformado en su anagrama Sinapia.
Más que de una utopía se trata de una antitopía, de una España posible imaginada por uno de esos benéficos mercaderes de la luz que aparecen en el libro en busca del progreso del hombre y las naciones.

16 febrero 2006

El Robinson literario persigue a Maruja Torres

"Espantosa gaveta de recuerdos" llama José Carlos Mainer en su divertido prólogo a Casticismo, nacionalismo y vanguardia, al mueble cuyo contenido enseñaba orgulloso, en su vejez náufraga de superviviente, Ernesto Giménez Caballero, Gecé o El Robinson literario: un retrato dedicado de Mussolini, la lista manuscrita de los fundadores de Falange, la firma de Hitler al otorgarle la Cruz del Águila, un retrato de Franco, otro de Eva Perón, otro de Stroessner.

En fin, la parada de los monstruos.

Ya es contumacia de camisa azul seguir considerando en 1979 a Mussolini el mayor político de los tiempos modernos, o insistir en que el bronce romano de Tito Livio se adivinaba en los ademanes sobrios, cesáreos del hombre de Munich, Adolf Hitler, "todo mesura y antirromanticismo."

Contumacia de conquistador que a sus ochenta años andaba persiguiendo a una joven periodista de izquierdas que se llamaba Maruja Torres. Lo cuenta Román Gubern en sus memorias Viaje de ida, que publicó Anagrama.
Gecé estaba ya muy sordo y había perdido hacía tiempo no solo ese sentido, sino el de la realidad y el del ridículo. Solo un año antes hablaba con Lojendio porque quería ingresar como monje en la abadía del Valle de los Caídos. Claro que aquello más que a verdadera vocación se debía a su deseo de asegurarse una tumba en el valle de los héroes de Cuelgamuros, junto al Caudillo y al Ausente.

15 febrero 2006

Un libro vivo

Porque la lengua es una realidad viva y en constante evolución, también los libros de estilo deben actualizarse con cierta periodicidad.
A esa necesidad responde la decimosexta edición corregida y aumentada del Manual de estilo de la Agencia Efe. Es el Manual de Español Urgente, un prontuario de uso acreditado en redacciones y talleres literarios. Lo ha preparado un equipo de filólogos de la Fundación del Español Urgente (Fundeu) y lo edita Cátedra en su colección Lingüística.
Como la necesidad de actualización es casi constante, la Fundación tiene un enlace de acceso inmediato en la red, en donde, como señala Alex Grijelmo en el prólogo de este libro, se soluciona la duda surgida ayer mismo o hace un rato.
Para los que tienen un blog es muy útil poner un acceso directo a esos enlaces en el escritorio. Y tener este manual a mano.

14 febrero 2006

Correo de Nueva York

Vamos a acabar por creer que el limbo existe y que se creó para que se dirijan allí los mensajes electrónicos que no van a ningún lado.
Con dos meses de retraso, porque este mundo de internet y del correo electrónico está lleno de misterios y de agujeros negros, me llega un sobre sorpresa de Hilario Barrero, profesor y poeta que vive y trabaja en Nueva York y al que cité hace unos meses a propósito de su tesis sobre Félix Urabayen.
Como hombre del Renacimiento veo que le define alguien. Conozco parte de su obra por los Llibros del pexe y por algunas ediciones electrónicas de sus textos y sus dibujos. Tiene alojamiento en esta dirección del Portal de poesía.
No hace falta billete de avión para llegar allí, donde el lector curioso puede enterarse de que Hilario Barrero ha ganado hace poco un premio de poesía lúbrica. Supongo que eso de lúbrico debe de ser una tercera vía entre lo erótico y lo pornográfico.
Creo que Alberto Gonzales no pone las manos en este blog. Pero por si acaso y como no estoy seguro de que entre los agujeros negros y la Patriot Act le llegue el correo, le dejo aquí el mensaje.
Anda que haber ido a fundar Texas para esto y para que el inverecundo pusiera los pies encima de la mesa y acabara hablando como Speedy Gonzales...

13 febrero 2006

La lección del maestro

Aprovecho el título de ese cuento soberbio de Henry James para resumir Un episodio internacional, la novela corta que se publicó en diciembre de 1878 y que ha recuperado en español Funambulista.
Una pequeña obra maestra, de la misma época que Daisy Miller, que quintaesencia las virtudes de uno de los padres de la narrativa contemporánea en un relato cuya solvencia anunciaba ya el Retrato de un dama, que aparecería poco después.
Aquí está ya el Henry James que mira a sus personajes desde arriba, con una superioridad de demiurgo exigente también con el lector.
Novela sutil e irónica, sobre un choque menor de mentalidades y prejuicios, levantó ampollas de suspicacia entre algunos lectores ingleses, que no vieron con agrado que un americano establecido entre ellos levantara la alfombra de la hipocresía y enseñara la basura que se disimulaba debajo.
Sobre las críticas inglesas Henry James escribía a su amiga Grace Norton:
Mientras se les sirvan americanos para su deleite, todo va bien, pero no se puede tocar a sus sacrosantos compatriotas… Para ellos lo normal es que la sátira se ejerza exclusivamente de su lado y a expensas de los norteamericanos
.

Uno detesta especialmente las grandes palabras y las palabras cursis.
Deliciosa es una de esas palabras. Tiene un toque de lilas que me parece particularmente cargante. Pero no encuentro otra palabra más exacta que esa para definir esta novela corta, llena de matices y de refinada inteligencia.

Leer una novela de Henry James es, con frecuencia, entrar en un salón social con lámparas lujosas y alfombras persas y cortinas de terciopelo rojo. Es oler el humo de los cigarros, oír el tintineo de las copas y el murmullo de las conversaciones amortiguadas y educadas, llenas de matices y sutileza, subrayadas con gestos comedidos y miradas de inteligencia mientras suena al fondo la
Barcarola de Los cuentos de Hoffmann.

Casi no hace falta decirlo. Los relatos de Henry James tienen una garantía de inteligencia y de tolerancia que quedan en las antípodas de la América de un Bush ni inteligente ni tolerante.

12 febrero 2006

Cara

Con relativa sorpresa, veo que alguien de nombre tan exótico que al principio me parece un seudónimo, copia y reproduce literalmente, sin citar su origen, algunos fragmentos de este blog. Compruebo luego que no es un seudónimo, que el personaje tiene cara. Mucha cara.
Tanta, que ha hecho una reseña de Los girasoles ciegos copiando de aquí y de allá.
Si en vez de eso hubiera abierto el libro, se habría dado cuenta de que Carlos Piera no es el autor del prólogo.
Si hubiera puesto un poco más de atención, incluso sin pararse a leerlo, habría reparado además en que Los girasoles ciegos no tiene prólogo.
No doy su nombre. Ya nos enseñó Cervantes cómo actuar con estos ladronzuelos.

Antonio Covarsí

Me enteraba ayer por la mañana de la muerte de Antonio Covarsí, inesperada y ocurrida en circunstancias muy trágicas. Cuando subo a la Montaña veo las primeras flores del almendro que con su fragilidad me lo recuerdan. La última vez que hablé con él fue hace ya unos años, cuando se acercó a la presentación de un libro mío en Badajoz.
Cojo de la estantería, es la mejor manera de recordarle, Una luz incierta, el catálogo de la exposición que hizo en la sala Europa de Badajoz con sus fotografías de Lisboa. Hay en ese catálogo algunos textos de Ángel Campos. De uno de esos poemas son estos versos tristes, que dejo aquí como una flor imprevista e improvisada:

más allá no hay nada
salvo esta luz que sabe
aceptar su derrota.

11 febrero 2006

Un libro imprescindible

Será, sin duda, uno de los mejores libros de poesía que se publiquen en España este año y los siguientes. La amplia antología de José Antonio Muñoz Rojas, malagueño de Antequera y casi centenario ya, que anuncia Cátedra Letras hispánicas con el título Textos poéticos (1929-2005) en edición de Rafael Ballesteros, Julio Neira y Francisco Ruiz Noguera.
Desde los primeros Versos de retorno (1929) hasta el reciente La voz que me llama (2005), se recogen en esta amplia antología, junto a algunos inéditos, muestras de libros excepcionales en verso y prosa. Libros como Las musarañas, Las cosas del campo o Cantos a Rosa.
Para los que no lo conocen será un gozoso descubrimiento, una revelación inolvidable. Para los que hemos bebido de su poesía como de una acequia o de una copa de vino fino, un nuevo motivo para releerle con el gusto de quien vuelve a hablar con un amigo.
No he tenido tiempo de verlo aún, pero volveré a hablar varias veces, aquí y en la revista Encuentros de ese libro que servirá también para poner a Muñoz Rojas en el lugar altísimo que debe ocupar en la poesía española contemporánea.
Recomiendo salir corriendo a comprarlo.

Un proyecto de vida

Cada mañana en África se despierta una gacela.
Sabe que tiene que correr más rápido que el león más veloz si no quiere que la mate.
Cada mañana se despierta un león.
Sabe que tiene que ganar a la gacela más lenta si no quiere morir de hambre.
Da igual que seas león o gacela.
Cuando salga el sol, más te vale empezar a correr.

Esta pretendida fábula africana tiene toda la pinta de ser apócrifa. La puso en la planta de una fábrica estadounidense en Pekín su director, un chino formado en EE. UU.

Alguien que tiene su ideal de hombre en Forrest Gump. O que ve en el africano una máquina de correr. No es el único, aunque sea uno de los más descarados.
Lo cuenta con neutralidad acrítica Thomas Friedman en La tierra es plana, que publica Ediciones Martínez Roca

10 febrero 2006

Los niños de Extremadura (1928)


Para Ismael Rozalén, que mira fotos y niños.

Veo estos días En tierras de Extremadura, el catálogo de la magnífica colección de 222 fotografías realizadas por Ruth Matilda Anderson para la Hispanic Society entre enero y abril de 1928.
Lo editaron conjuntamente esa institución de EEUU y el Museo Extremeño e Iberoamericano de Arte Contemporáneo y ha vuelto a estar de actualidad porque después de exponerse en Badajoz la muestra ha estado en Nueva York, en donde ha clausurado hace unos días.
Las imágenes son tan elocuentes, describen tan gráficamente la realidad durísima de aquella Extremadura de hace ochenta años que constituyen un documento excepcional, una recuperación agridulce del pasado. De un pasado en el que pesa más la impresión de atraso pavoroso que la melancolía. No son estas fotografías para mover a eso. Nada que echar de menos, mucho que lamentar desde un presente en el que parece que no han pasado ochenta años, sino ochocientos desde aquellas imágenes que nos muestran una Extremadura en blanco y negro, menos añorada que dolorosa.
Hasta en las imágenes más inocuas se ha colado de rondón algún detalle significativo, alguna muestra del atraso y la miseria.
Al fondo de esa Extremadura, en una de las mejores fotografías de la serie, hay un casino (en Zafra) y a su puerta un limpiabotas se afana en sacarle brillo al zapato del señorito.
O calles inmundas llenas de barro y desperdicios. Y niños descalzos y sucios que pisan los charcos. Demasiados niños descalzos y demasiado sucios.
Es inevitable recordarlo: muchos años después, Alberti escribiría sobre los niños de Extremadura, sobre los niños descalzos de Extremadura. Y se preguntaría, como el conmovido espectador de esas fotos, quién les quitó los zapatos.
Y después de esto, todavía algún animal melancólico que recoge algunas muestras de estas fotografías -ninguna (¡qué casualidad!) con niños descalzos ni señoritos a la puerta del casino- vendrá a insinuar que aquellos niños eran más felices.

09 febrero 2006

Del mismo Bilbao

En Cambio de destino, las memorias que acaba de publicar Seix Barral, habla Jon Juaristi de su bisabuelo Felipe, que presidía en Bilbao el gremio de artesanos de la madera en los años de la tercera guerra carlista:

Era un menestral próspero, dueño de una tonelería y padre de once hijos. Una leyenda intrafamiliar le atribuye nada menos que el bautizo de la Villa, porque Bilbao (según se nos contaba a sus descendientes) no tuvo nombre hasta que el bisabuelo Felipe arrojó a la ría uno de sus toneles. Al hundirse, soltó grandes burbujas, ñproduciendo un sonido que todos los circunstantes reconocieron inmediatamente como bil-bao. No es, con todo, la etimología más absurda que se le ha buscado a la ciudad que tanto quise y tan poco echo de menos.

El párrafo no puede ser más divertido y está contado con eficacia y con ironía. Es un pena que ese tono que predomina en los primeros capítulos se pierda a medida que Juaristi se acerca al presente y se instala en la descripción agria de situaciones y personas con un lenguaje agresivo y tremendista que arruina la lectura de estas páginas. Lo podía haber hecho mucho mejor.
Podría, incluso, no haberlo hecho.

08 febrero 2006

Sobre perros y tiburones

En La tierra es plana Thomas Friedman recuerda una viñeta de periódico en la que un perro le dice a otro que en Internet nadie sabe si eres un perro.
El periódico era de 1994. Doce años después, las cosas han cambiado mucho, se ha avanzado vertiginosamente, pero un tiburón le puede decir a otro que en Internet nadie sabe que eres un tiburón.

07 febrero 2006

¿Un remo o una pala?

En su viaje al mundo de los muertos, Ulises recibe un consejo de Tiresias para su regreso a Ítaca: ha de echarse al hombro un remo y caminar tierra adentro; a todo el que se encuentre debe preguntarle: "¿Qué es esto que llevo al hombro?" Mientras le contesten que es un remo, debe seguir caminando. Pero el día en que a su pregunta alguien responda: "Es una pala para sacar el pan del horno", su viaje habrá terminado.

El párrafo forma parte de uno de los capítulos de Rascacielos de marfil, el volumen colectivo que la Escuela Contemporánea de Humanidades publica en Lengua de Trapo. Un conjunto de reflexiones hechas desde diversas perspectivas y con distintos enfoques metodológicos sobre la creación en el mundo contemporáneo.

Un texto que plantea preguntas. Por ejemplo esta: lo que lleva Ulises al hombro, ¿es un remo o una pala?

Y respuestas:

Digamos que lo propio de los signos estéticos es no tener ningún significado recto. No es casual que esta revelación (que no hay sentido recto y que las personas no tienen identidad o diferencia específica) se la haga a Ulises Tiresias desde el mundo de los muertos: los muertos saben bien que no somos nadie.

Una variante de esa pregunta (¿bacía o yelmo?) es el eje del Quijote.
La respuesta (baciyelmo) es el núcleo de sentido de la obra. De la literatura y de la vida.
Y hoy, todavía, demasiados curas y demasiados barberos.

06 febrero 2006

Angelus Novus

En un texto de este blog Walter Benjamin hablaba del cuadro de Paul Klee que se titulaba así.

Por una de esas casualidades -
añadía yo en otra entrada próxima, a propósito de Ofidia de mi amigo J. Antonio Ramírez Lozano- que se producen en este oficio, uno de los textos del libro se titula Mujer de Lot. El día anterior terminaba yo un poema sobre el Angelus novus de Paul Klee, que tiene como eje a ese personaje femenino anónimo, inolvidable del Génesis.

José Tato ya conoce ese texto. Otros me lo han oído en las lecturas de los últimos quince días. Va aquí como anticipo de En un bosque extranjero. Es mi forma de dar las gracias a los que habéis llamado o escrito. Y a los que no.


ANGELUS NOVUS

(Paul Klee)
“Y luego he sonreído a mis recuerdos
y me he dicho que nadie
puede saber qué guarda todavía.”
(Ricardo Molina)

¿Por qué miramos siempre
hacia atrás, como el ángel,
o como la mujer de silencioso nombre
que al salir de Sodoma lloraba su pasado
en la llanura clara del recuerdo,
en aquella ciudad de la llanura
donde dejaba en sombra
la casa abandonada con sus pecados íntimos,
con sus secretos vicios que envidiaban los dioses?

Antes de hacerse sal,
pudo ver el contorno de una nube de azufre,
su densidad de fuego,
la cabeza cortada del caballo,
la lluvia genital sobre el país del yermo.

En la hora amarilla del viento
tuvo tiempo de ver
la confusión de tribus,
los cansados cuarteles de la sangre,
los últimos cuarteles de un campo de Agramante.

La venganza, la torpe secuela de la envidia
la convirtió en estatua.
Es la luz del pasado, la luz más luminosa
y tiene, como el ángel,
los ojos en la espalda.

Porque nada hay más turbio
que el día que le esperaba
a Lot bajo las viñas amargas del incesto.

Porque nada hay más turbio
que el día que nos espera.

05 febrero 2006

Un profesor con suerte

Eso es lo que cree ser uno cuando lee cosas como esta, inspirada más por el fervor que por el juicio. Como sé lo duro, lo seco que es el disidente, se lo valoro el doble. Como yo también sé lo que es ser duro y seco, se lo agradezco el triple.
Belleza soportable, admitan la modestia.
Es domingo en las claras orejas de mi burro.

En un bosque extranjero, Premio Tardor

En una de las primeras entradas de este blog, hablaba de un libro apenas entrevisto que iba a tener el mismo título de este sitio.

Ese libro, escrito con intensidad entre el verano y el otoño, es el que ha ganado el Premi Tardor de Poesía. No es mala forma de sacar adelante un libro del que estoy (sin petulancia lo digo) especialmente contento.

A los que se alegran conmigo les doy las gracias desde aquí.

A los que no (que alguno habrá también por estos campos de Caín), paciencia. Saben que también a ellos les firmaré un libro.

04 febrero 2006

Lolita

Una adolescente seduce a un hombre maduro. Hay un viaje y hay la muerte de la muchacha. Naturalmente, la muchacha se llama Lolita y da título a la obra.

No es, contra lo que parece, la de Nabokov. Ni la de algún escritor desaprensivo que plagia la historia sin más contemplaciones que unas leves variaciones.
Esta Lolita es más joven y más vieja que la Lolita más famosa. Es de Alicante, toca la guitarra y seduce a un erudito alemán de viaje por España.
El relato del que estamos hablando se había publicado en 1916, casi cuarenta años antes que la novela de Nabokov. Formaba parte de un libro de relatos titulado La maldita Gioconda: Caprichos, y lo firmaba un oscuro escritor y aristócrata, Heinz von Lichberg, más conocido como periodista que como narrador. Ni afiliándose al nacionalsocialismo pudo obtener fama como escritor. Dejó de tener ambiciones de ese tipo en 1937, fecha que marca el comienzo de su definitivo silencio literario. A partir de entonces trabajó al servicio del nazismo en tareas de propaganda, intoxicación y provocación. Nadie le echó de menos hasta que murió en 1951.
De este cuento que publicó Funambulista por primera vez en español en 2004 y que ahora se reedita en su colección Los intempestivos, con traducción revisada de Oliver Spranger y Carmen Torregrosa, se habló hace unos años como posible origen de la Lolita más famosa.
En contra de las expectativas de plagio, las relaciones entre los dos relatos no pasan de la superficie y de su origen compartido en el lugar oscuro del sueño y el deseo. No hay más que leer este cuento gótico de fantasmas, apariciones y maldiciones para darse cuenta de que no hay base para el escándalo literario.
Lo demuestra agudamente Rosa Montero en el excelente prólogo que titula Fresas e hipopótamos, donde defiende con brillantez la independencia de la novela de Nabokov y su innegable superioridad estética.
El volumen se cierra con un postfacio de Max Lacruz sobre el autor. Por él sabemos que Von Lichberg y Nabokov vivieron en Berlín al mismo tiempo y en el mismo barrio durante años. No sabemos si hablaron. No sabemos qué mecanismos movieron la memoria o la fonética para que Nabokov cambiara el nombre inicialmente previsto de Juanita Dark por el de Lolita. Lo-li-ta.


03 febrero 2006

Homonimia, no sinonimia.

Me lo había contado, divertido, el interesado hace unos meses y ahora, al leer las Memorias de Bernardo Víctor Carande que publicó Del Oeste Ediciones el año pasado, me vuelve a hacer la misma gracia ver a Miguel Ángel Lama definido como "pulcra camisa vieja" en la página 55. La misma página, por cierto, en la que aparece Jesús García Calderón.
No he podido evitar salir de ese libro algo aturdido, con una cierta sensación de mareo. Quizá le sobre algo de atropellado ritmo y le falte un poco de sosiego. Ese sosiego que sí había en su Libro de agricultura y que ahora echo de menos.
Igual es cosa mía. Ya se sabe que lo del mareo depende más del que mira que de lo que creemos que se mueve.

02 febrero 2006

Antonio Pereira cuenta un cuento

“A Truman Capote llegué a conocerlo a tiempo, y para mí sus historias son ahora lo que son y además “otra cosa”, como si al leerlas me llegaran vivas y coleando desde sus labios irónicos.”

Así comienza Truman Capote cuenta un cuento, el último relato de El síndrome de Estocolmo, que acaba de reeditar Alianza editorial en su colección de bolsillo.

Yo también, por suerte, he llegado a conocer a Antonio Pereira, y para mí sus historias son ahora lo que son y además “otra cosa”, como si al leerlas me llegaran vivas y coleando desde sus labios irónicos.

Pereira es, además de un hombre entrañable, un narrador cordial que nos habla al oído. Sobre sus cuentos, tan vinculados a la oralidad de los filandones leoneses, aplica su particular prueba del nueve:

“Cuando termino un cuento y tengo dudas sobre su calidad me lo leo a mí mismo en voz alta para ver si funciona.”

La precisión y la exactitud de la prosa en el cuento aproxima ese género a la poesía. A un relámpago de acero como el de la navaja de la barbera alemana de otro de sus libros, Picassos en el desván.

Antonio Pereira empezó escribiendo poesía y su actitud ante la literatura sigue siendo la del poeta que como Fray Luis pesa y sopesa las palabras. Su Cancionero de Sagres es uno de esos libros de poesía que le acompañan a uno muchas veces.

Pronto habrá novedades visibles en relación con esos libros de poesía hoy casi inencontrables.

01 febrero 2006

Conversaciones con Goethe

"El mejor libro alemán que existe."
Esa era la terminante definición que hacía Nietzsche de las Conversaciones con Goethe en los últimos años de su vida de J. P. Eckermann, que acaba de publicar Acantilado con edición y traducción de Rosa Sala.

Como todas las afirmaciones de ese tipo será discutible. Lo que es innegable es que se trata de una obra monumental que en su millar de páginas recoge, con una intensidad que el tiempo no ha debilitado, una serie de reflexiones intemporales sobre la literatura, el arte y el hombre, al hilo de las conversaciones de Eckermann con el maestro entre 1823 y 1832.
El lector que tenga el privilegio de leer este libro encontrará en él no solo la imagen más humana, más íntima e inolvidable de Goethe, sino sus reflexiones profundas increíblemente inmunes al tiempo.
Tal día como hoy, un 1 de febrero de 1827, era jueves y Eckermann visitó a Goethe por la tarde. Por la mañana habían estado allí mismo el príncipe heredero de Prusia y el Archiduque en una visita que duró tres horas.
Esa tarde, Goethe le habló a Eckermann de su Teoría de los colores, un tratado de óptica que hoy ha perdido vigencia científica, pero que contiene intuiciones definitivas sobre la estética del color. De ahí pasó razonadamente a Shakespeare y a la tragedia griega, a los tratados comerciales de Roma y Cartago, al Pentateuco y a Homero. Una tarde memorable la de Eckermann oyendo a Goethe. Como otras muchas que se recogen en este libro asombroso.
Lo más increíble es que esta sea la primera traducción moderna al castellano. La vieja y meritoria traducción que hizo Cansinos para las obras completas de Aguilar es hoy casi ilegible por su exceso retórico y su voz impostada.
La traducción de Rosa Sala tiene el mérito de su rigor y la flexibilidad estilística de la contemporaneidad. Las notas, el glosario, la bibliografía y las imágenes inéditas que acompañan al texto son otras aportaciones de esta edición que nos devuelve al último hombre universal, según la feliz expresión de la editora.

No sé si este es el mejor libro alemán que existe. No me extrañaría. Es uno de los mejores libros que conozco.

31 enero 2006

Manuel Talens

Acaba de llegarme por correo electrónico este artículo de Manuel Talens. Se titula Tlaxcala y el catalán y se puede leer pinchando en el título.
No se arrepentirán.
Con la lucidez y la inteligente dureza que le caracterizan, sigue luchando contra otra mentira. Una más.

¿De qué tierra hablamos?

Thomas Friedman, periodista de The New York Times, ha ganado tres veces el Pulitzer. La última con La tierra es plana. Breve historia del mundo globalizado, un ensayo sobre la globalización y sus consecuencias, que ha vendido más de medio millón de ejemplares en Estados Unidos y ahora llega a España de la mano de Ediciones Martínez Roca. Un libro que analiza el mundo globalizado del siglo XXI, la conexión de centros de conocimiento en una red global, su incidencia en la vida cotidiana, las tendencias que marca este proceso en la configuración del futuro, pero también sus peligros y las complicaciones que puede ocasionar la pérdida de los objetivos iniciales de prosperidad e igualdad.

¿Cómo se volvió plana la tierra? Esa es la pregunta inicial. Y la respuesta de Friedman: En un proceso lento que abarca tres eras de globalización. La primera, de 1492 a 1800, fue una globalización de países. La segunda hasta el 2000, la de la globalización de empresas y esta tercera, que según Friedman favorece a los individuos y a los grupos.

A lo largo de casi quinientas páginas se analizan las diez fuerzas que aplanaron la tierra. Desde la caída del muro de Berlín en 1989, a las deslocalizaciones, subcontratas y subcontratos, el acceso libre a la información, el mercado libre, los esteroides o los procesos de convergencia.
La realidad digital, móvil, personal y virtual, las cuestiones complejas de geopolítica, enfocadas a veces con simpleza, a veces con optimismo, van perfilando la realidad del mundo actual según Friedman. Un realidad compleja con mezclas chocantes en las que conviven el fervor guadalupense en versión mejicana y el pegamento centroamericano. Y al fondo China, en el horizonte amenazante de los lobos.
Para los amigos de la cabala y la numerología: en la conclusión de este mundo complejo conviven la imaginación creadora del 9/11 (la caída del muro de Berlín) y la imaginación destructiva del 11/9, una variante imaginativa que no tira muros, sino torres.

¿Y cuál es el mensaje? ¿Que se ha iniciado una era de prosperidad con esta tercera fase de globalizaciones? ¿Que el hombre camina hacia horizontes de igualdad? ¿Que empieza la libertad duradera? No sé si el el balance es medianamente positivo, ni siquiera para los que estamos en esta orilla privilegiada del mundo.

Me temo que para una gran parte de la población esto es más una historia de ciencia ficción que una realidad integrada en su vida. Dudo mucho del sentido de la realidad de Friedman y no sé si la experiencia inicial del autor jugando al golf en Bangalore, en el sur de la India, con un GPS en el bolsillo y un iPaq en la maleta es la mejor manera de ganarse la confianza del lector, que inevitablemente piensa en la cantidad de gente que no muy lejos de allí estarían intentando sobrevivir en una tierra menos plana, en una realidad menos virtual que la que se nos presenta aquí.
Quizá no sea fácil hablar de “la muerte de las distancias” pensando en el niño que tiene que hacerse varios kilómetros para ir a la escuela al sur de Dahomey o en el anciano que acarrea su mercancía primaria en un mercado de Camboya.
Quizá el chiquillo explotado en el sudeste asiático por las multinacionales de la electrónica o las marcas deportivas no entienda de qué hablamos cuando decimos que la tierra se está aplanando.

En cualquier caso, es este un libro que se lee con interés y facilidad y que obliga al lector a tomar una postura, a ponerse de un lado o de otro. Un ensayo para asentir o disentir, para indignarse a veces, para pensar en definitiva y ejercer la saludable tarea del juicio crítico.
Para ver cómo de vez en cuando al autor se le ve la patita. Por ejemplo en esta impagable conversación con sus hijas:

Así que el consejo que les doy para este mundo plano es muy breve y muy simple:
-Niñas, cuando yo era pequeño mis padres me decían: "Tom, termínate la cena; en China y en la India los niños se mueren de hambre." Mi consejo a vosotras es: "Niñas, terminad de hacer los deberes; en China y en la India hay gente que se muere por vuestros puestos de trabajo."
Aplicándolo a nuestra sociedad en conjunto, para mí la mejor forma de reflexionar sobre la cuestión es pensando que cada cual debería dar con la manera de convertirse en un intocable. (p. 252)

No parece que el nuevo consejo suponga, como tal consejo, un avance sobre el que le daban a Friedman sus padres.

De manera que si el libro se abría con esa pregunta inicial -¿Cómo se volvió plana la tierra?- el lector lo cierra haciéndose otra pregunta tan crucial como esa:

¿De qué tierra hablamos?

30 enero 2006

Tema del traidor y del héroe

Visto así, a la vertical, de manera cada vez más precisa, y con la indiscreción propia del que hubiera levantado una tapadera, el espectáculo de toda aquella impotencia le pareció insoportable. Dios no existe, pensó; ¿cómo podría soportar la contemplación del mundo?

La reflexión se la hace, durante un bombardeo desde un avión, Atrier, el protagonista y alter ego del escritor belga Paul Nothomb en El silencio del aviador, una novela que transcurre sobre el fondo de la guerra civil y que publica por primera vez en castellano la Editorial Funambulista con traducción de Ramón Vilardell y prólogo, que debería ser epílogo, de José Ovejero.

Escrita entre 1950 y 1951, su título original, más elocuente que brillante, es La Rançon (El rescate) y la editó Gallimard al año siguiente con una excelente respuesta de los lectores. Hace cinco años la recuperaba la editorial Phébus en el contexto del centenario de Malraux, el fundador de la escuadrilla aérea España, a la que perteneció Nothomb.

Sobre el fondo de una España en llamas vista desde el aire, es una novela vibrante que tiene la fuerza incontestable de lo vivido. Escéptica y emocionante, es una historia que no se puede contar. Hay que leerla porque, como aquellos aviones, lleva una bomba dentro.

29 enero 2006

El trabajo gustoso

Vuelve uno de exponerse sin más riesgo que el de la carretera ante un público cariñoso y entregado en los talleres literarios de Navalmoral, con Pilar Galán, y en Jaraíz, con Ignacio del Dedo, como la semana pasada en Villanueva de la Serena, con Manuel Simón Viola y se encuentra en el buzón tres envíos de tres amigos.

Antonio Pereira me manda la edición en Alianza de El síndrome de Estocolmo, con cuentos inolvidables como El gobernador o Truman Capote cuenta un cuento. Gracias, maestro, por el envío, por la dedicatoria y por su maestría.

José Antonio Ramírez Lozano, que me contó el otro día el viaje y la visita a Nava de la Asunción, me hace llegar la plaquette de Abrevadero, donde leo versos como estos, amplios de aliento y de potente trote:
Un caballo está hecho de su propio deseo
como el mar de la oscura posesión de su abismo.

Enrique Redel me envía El silencio del aviador, del belga Paul Nothomb, un texto inédito en castellano, una novela autobiográfica sobre la guerra civil española escrita por quien formó parte de la escuadrilla España que fundó Malraux. Babelia dedicaba ayer unas páginas a su sobrina-nieta. Es la primera apuesta importante para 2006 de Funambulista.

28 enero 2006

¡El horror! ¡El horror!

Para Miss Calamity, que no se excede

Son las últimas palabras de Kurtz, esa sombra en la frontera de la realidad y la existencia que crea Conrad en El corazón de las tinieblas.
Unas palabras tan misteriosas, tan ambiguas como quien las pronuncia antes de morir.
Marlow lo recuerda solo como una voz que sube de la pesadilla, de la niebla de la conciencia, de su propia conciencia.
Coppola no sabía qué hacer con Kurtz en Apocalipse now. Le desorientaba tanto como a Marlow, como a cualquier lector. Héroe, asesino, víctima, loco...
Orson Welles, tan inteligente como impulsivo, lo identificó con Hitler en una versión que no llegó a rodar.
En el diario de rodaje de Apocalipse now, Eleanor Coppola escribía:
"En este momento [Francis Ford Coppola] está debatiéndose con los temas del viaje interior de Willard (Marlow en la novela) y las verdades de Kurtz. En cierto modo, son temas que aún no ha resuelto consigo mismo; así que está haciendo un esfuerzo muy intenso por concluir el guión y, al mismo tiempo, conocerse a sí mismo."
Antes de que Pound le retocara La tierra baldía, esas palabras ("¡El horror! ¡El horror!") eran la cita inicial del libro de Eliot, obsesionado con la novela.
Como cualquier lector. Creo que este es el tercer o cuarto apunte sobre el libro en pocos días. No me extraña que Graham Greene tuviera que dejar de leerlo en 1932 porque le estaba perjudicando esa atracción excesiva.
Hoy mismo esas palabras finales de Kurtz siguen resonando oscuras con su eco de muerte y depredación.

26 enero 2006

Funambulista

Es una editorial muy joven, pero está dando mucho que hablar y creo que nos ha caído en gracia a muchos por la calidad y la originalidad de los títulos que está editando y por el cuidadoso diseño de sus libros.
Estoy hablando de Funambulista, la editorial que lleva año y medio funcionando de la mano de Max Lacruz y de Enrique Redel.
Ve uno en el catálogo la Lolita de Von Lichberg, que fue el punto de partida de la editorial y va por la segunda edición, como El indiferente, un cuento inédito de Proust en castellano, o una nueva traducción de Kafka, La transformación.
Y una Biblioteca Henry James, que tenía joyas como Diario de un hombre de cincuenta años o El mentiroso, ya en la quinta edición, a la que acaba de incorporarse Un episodio internacional, una estupenda novela corta.
Sorprende en un primer momento que una editorial pequeña como esta tenga ese éxito. Luego, cualquiera que hojee esos volúmenes primorosos o lea esas traducciones deja de asombrarse y se explica la acogida de otros lectores como él.
Hablo con Enrique Redel y le transmito mi afecto de lector agradecido y percibo al otro lado del teléfono su entusiasmo.
Entusiasmo y valor de funambulistas el de estos editores que saben (lo dicen en la solapa de contraportada) que el vértigo no es el problema, sino la solución a la condición humana.
Darán mucho que hablar. Y que leer. Aquí y en la revista Encuentros.

25 enero 2006

El corazón de las tinieblas

Es uno de los grandes de la literatura inglesa contemporánea, pero la lengua en la que soñaba, la lengua de la fiebre, era el polaco, su lengua materna.
Tampoco era el inglés su segunda lengua, ni en dominio ni cronológicamente. Reconocía que, aunque soñaba o deliraba en polaco, pensaba en francés, y lo hablaba con elegancia fonética y propiedad léxica.
Quienes le oyeron hablar en inglés se asombraron de su pésimo acento, ininteligible a veces. Virginia Woolf anotaba el 23 de junio de 1920 en su Diario que Conrad es "un extranjero que habla un inglés roto."
El asombro era mayor porque aquella carencia que hasta Valèry, un francés, detectaba, contrastaba con la calidad de su inglés escrito.
Y es que Conrad es uno de los grandes escritores en inglés. En esa lengua escribió magníficos relatos como El duelo o Un anarquista y novelas desasosegantes como Nostromo, seguramente su mejor novela, o La línea de sombra.
Una de sus novelas fundamentales, El corazón de las tinieblas, la publica ahora Letras Universales Cátedra, con edición y notas de Fernando Galván y J. Santiago Fernández Vázquez, en una de las traducciones clásicas, la que prepararon para Alianza Araceli García Ríos e Isabel Sánchez Araujo.
Aunque era polaco, nació en Rusia y no se llamaba Joseph Conrad. Ese era solo su nombre artístico.
Hijo de exiliados y exiliado él mismo, quedó huérfano en la infancia y sólo la lectura y la escritura le reintegraron a un mundo en que era un estricto extranjero.
La otra traducción canónica al español es la de Sergio Pitol, que publicó Lumen en los años setenta. Es la que prefiero, aunque seguramente solo por razones sentimentales, porque fue la de mi primera lectura de esa obra prodigiosa en la que se basó Apocalipse now, la denuncia de la guerra y la mentira que estrenó Coppola en 1979.
Con excelente criterio, la portada de Cátedra toma como base uno de los carteles de aquella película memorable, de la que desde 2001 se puede ver la versión larga, Apocalipse now Redux, con casi una hora más de duración que la versión de 1979.
Una buena ocasión para releer El corazón de las tinieblas y para volver a ver la película de Coppola, para bajar al infierno de la barbarie mientras subimos por el río Congo acompañados por Marlow, un Virgilio moderno que nos guía hasta la figura ambigua de Kurtz, "una sombra más oscura que la sombra de la noche."
Alegoría mítica de descenso a un infierno en el que no faltan las sombras del hades ni un río infernal, viaje que recuerda la búsqueda del Grial en la búsqueda de Kurtz, esa imagen poliédrica en la que conviven el extremista, el compasivo, el emisario del progreso, el hombre excepcional.
Las nieblas impresionistas suben desde el río y difuminan al personaje y hacen imprecisa la realidad exterior y la interior para ese narrador perplejo que es Conrad/Marlow.
Porque el descenso a los infiernos es también un viaje al interior de la conciencia moral del autor angustiado y desbordado ante lo que cuenta.

24 enero 2006

Valores eternos

Mientras preparo la reseña de El corazón de las tinieblas de Conrad en la nueva edición de Letras Universales Cátedra, precedida de un prólogo que es seguramente lo más extenso y lo más profundo que se ha escrito sobre esa novela, leo fragmentos de algunos discursos de Leopoldo II de Bélgica, un asesino sin escrúpulos que tenía el Congo como una posesión personal en la que practicó sistemáticamente la tortura y el genocidio. La barbarie del hombre blanco dejó reducida a ocho millones de personas una población que se estimaba en veinticinco millones de habitantes.
Al leer los discursos de aquel bárbaro tiene uno la sensación de estar leyendo una de esas arengas deshilvanadas de Bush ante sus veteranos de guerra o ante los miembros de la asociación de amigos del rifle. Las mismas coartadas de la moral, la religión, la misión civilizadora para encubrir un saqueo sistemático.
Esa realidad, la cara más monstruosa del colonialismo, es lo que se encuentra Conrad en el Congo. Una cárcel gigantesca que le dejó herido el cuerpo de malaria y el espíritu con secuelas psíquicas que no superó nunca.
Un trauma que supuso su auténtica bajada a los infiernos y que dio lugar (eso es lo único bueno de todo esto) a una novela impresionante.

23 enero 2006

La lucha contra el demonio

"Yo amo a aquellos que no saben vivir sino para desaparecer, porque esos son los que pasan al otro lado."

A esa cita de Nietzsche se encomienda Stefan Zweig en La lucha contra el demonio (Hölderlin. Kleist. Nietzsche), que recuperó hace unos años Acantilado.
En la línea de su anterior Tres maestros (Balzac. Dickens. Dostoievski), el libro, centrado en tres visionarios unidos por una serie de afinidades espirituales y existenciales, forma parte de un proyecto más amplio que se titularía Los constructores del mundo. Tipología del espíritu.
"Difícilmente los mortales reconocen al hombre puro", decía Hölderlin en La muerte de Empédocles.
Incomprendidos, inadaptados, siempre un paso o dos por delante de los hombres y de su tiempo, dominados por una fuerza superior que les envenena los sentidos, les desborda la inteligencia y les lleva a la aniquilación intelectual y vital, a la autodestrucción, a la locura, al suicidio o a la muerte prematura, después de haber sentado algunas de las bases de la literatura y la filosofía contemporáneas.
Alejados de las cosas del mundo, sin vínculos familiares, sin trabajo estable, sin casa propia, sin arraigo a nada ni a nadie, viven en el inestable vacío y en la fragilidad de las estrellas fugaces.
Lo demoniaco, señala Zweig, es lo que separa al hombre de sí mismo, de sus limitaciones físicas, temporales o morales, lo que impulsa a una dimensión más alta en esa atracción de lo fáustico como fuente del conocimiento. El viejo mito del árbol de la vida y el árbol de la ciencia que obsesionó a Schopenhauer y que superó arrebatadamente Nietzsche.
No hay arte de verdad que no sea demoniaco. Demoniaca, no divina, es la inspiración de los poetas y los pensadores que fundan la contemporaneidad y tienen su contrapunto en la figura de Goethe, un amo, no un siervo, del demonio. Un Goethe que en Werther describió proféticamente las vidas ajetreadas e infelices de Hölderlin, de Kleist, de Nietzsche.
Si en todo espíritu creador la lucha con el demonio es una constante, ese debate se lleva al límite en estos tres prometeos que buscan el fuego de los dioses en las fronteras de la inteligencia y los límites de la noche oscura del sentido.
Atormentados y clarividentes, dotados de inteligencia sobrehumana, extraños para el mundo y para ellos mismos, tendieron siempre al exceso y a la anulación de sí mismos en busca del caos original, anterior a los dioses, dioses ellos mismos precipitados en el abismo como ángeles de las tinieblas tras despreciar una realidad que es sinónimo de insuficiencia y limitación.

Como Tres maestros, esta es una de las obras de Zweig por las que parece no haber pasado el tiempo. La terminó en Salzburgo en 1925 y está escrita con la soltura y el temple narrativo de su autor.
Una obra imprescindible que se lee con el interés que suscita una buena novela y con la intensidad con la que se aborda la poesía.

22 enero 2006

Confusa turba

Anarquista resabiado, donjuán repeinado con bigote a lo Errol Flynn, aficionado a la literatura decidido a convertirse en un gran escritor, contó solo con treinta y cuatro años para intentarlo. Apenas empezaba a ser valorada su obra en Madrid, en los años treinta, enfermó.

Con esas palabras en las que conviven la ironía y el afecto comienza Blanca Bravo el prólogo de su edición de La vida difícil, la segunda novela de Andrés Carranque de Ríos (1902-1936). La editó en 1935 Espasa-Calpe y en 1975 la recuperó Turner. Treinta años después la reedita Cátedra. Letras Hispánicas.

Como un personaje de novela truculenta, de origen muy humilde, el mayor de catorce hermanos, autodidacta, de vida azacaneada y dura en la que ejerció oficios tan variados como pintorescos: voceador de periódicos con seis años, aprendiz de ebanista, albañil, actor, vendedor ambulante de navajas y cuchillas, estibador, mendigo en París, activista del anarquismo, bohemio. Un huésped del hambre y las fatigas.
En la versión cinematográfica de Zalacaín el aventurero hacía el papel de su cuñado. Gesticulaba demasiado y miraba a la cámara cuando no debía. En la cinta trabajó Baroja en un papelito de jabonero. Con esa excusa, Carranque le pidió a Baroja un prólogo para Uno, su primera novela. No conozco esa novela, pero tengo delante el prólogo, en la edición de las Obras completas de Baroja. El fino crítico que era el novelista vasco remataba aquella presentación diciendo que el autor entraba en la literatura "con garbo y con prestancia." Méritos literarios no le reconoce ni uno. Quizá porque no había hecho más que hojearla con desgana. La broma acababa así, pero antes Baroja había tenido la piedad de recordar al lector (por si no lo sabía) que entre sus compañeros Carranque tenía fama de golfante. Baroja lo eleva a la categoría de "supergolfante", para decir a continuación que esa condición es "síntoma de honestidad espiritual." Uno de esos razonamientos rigurosos del maestro, como se ve.
De estirpe barojiana, La vida difícil recuerda lo peor de su modelo, el Baroja en decadencia de los años veinte y treinta. Con un estilo desaliñado a veces, afectado otras, es la obra confusa de una mentalidad en la que conviven el misógino insoportable y retrógrado y el anarquista de ideas avanzadas, la piedad y la homofobia, el cosmopolitismo y la mugre.
Andan juntos en esa confusa turba los mártires de Chicago y Martínez Anido, Lenin y Napoleón, los cadetes de West Point y la sublevación de Jaca, un relojero y un pianista que no conocía a Stravinski.
Es todo muy lamentable en una obra que quizá solo tiene la disculpa que expresa el título: La vida difícil de su autor, un pobre diablo en el que convivieron la vanidad y el idealismo, la brutalidad y una estudiada pose de dandy. Por alguna oscura razón, Cansinos no lo menciona ni una sola vez en esa mezcla de guía de teléfonos y de índice de la mala vida y la mala literatura que tituló La novela de un literato.
Lo peor es que el lector deja la lectura con una sensación de malestar y de tristeza que le han dejado pocos libros.
Cuando parecía que Carranque maduraba en Cinematógrafo, su última, su mejor novela, le diagnosticaron un cáncer de estómago que le arrasó en unos pocos meses. Murió en octubre del 36, en un Madrid asediado por el ejército de África.
Todo muy lamentable.

21 enero 2006

Decíamos ayer

Hablando del trauma y el corte literario que supuso la guerra civil y sus consecuencias de exilios, miedo, cárceles y muerte, les decía ayer a mis alumnos que lo de menos eran las consecuencias para la poesía o la novela, que esos son males menores, que toda la literatura universal junta vale menos que la vida o la dignidad del último de los hombres.
Como declaración de principios está bien.
Tiene el problema de su visceralidad, de que no es una declaración meditada, porque luego uno empieza por el final, empieza a poner rostros y nombres, empezando por el último de los hombres, y le asaltan las dudas.
Y empieza a pensar si no se habrá precipitado en esa declaración de principios, si no se habrá equivocado de forma lamentable.
Quizá les deba una explicación a mis alumnos. O al menos una matización.

20 enero 2006

Cirlot. Un sueño

Me veo a mí mismo, de la mano de mi madre, paseando por una blanquísima avenida, bordeada de jardines donde hay flores de diversos colores, formas y tamaños, pero especialmente grandes lirios rojos, los cuales se van abriendo a medida que pasamos por delante de ellos.

Ese es el número 34 de los 80 sueños que Juan Eduardo Cirlot recogió en un libro de 1951. Un sueño que podría haber llevado al cine Akira Kurosawa, otro visionario. Ahora lo recupera Siruela en un volumen titulado En la llama. Poesía (1943-1959) que recoge la obra de Cirlot anterior al ciclo de Browning.
La edición, de Enrique Granell, es impecable y contiene al final, bajo el epígrafe Poética, tres reflexiones de Cirlot sobre la poesía y la creación de mundos poéticos. Y en uno de esos tres textos, esta definición de la poesía y de su valor autosuficiente:
Una zona temblorosa en la que las palabras se esfuerzan no ya por llenarse de sentido, sino por serlo ellas mismas.

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