Guillén juega al tenis con Nabokov
En una memorable entrevista que le hizo Bernard Pivot para Apostrophes, Vladimir Nabokov decía textualmente: “La historia de mi vida se parece menos a una biografía que a una bibliografía.”
Aquel programa, del que hay edición subtitulada en DVD, se hizo con motivo de la traducción al francés de Ada o el ardor, la obra maestra de aquel escritor ruso educado en Inglaterra, nacionalizado norteamericano y residente en un hotel de Montreux, a orillas del lago Leman, desde principios de los años 60.
Anagrama acaba de publicar Vladimir Nabokov. Los años americanos, la segunda parte de la biografía de Nabokov que escribió Brian Boyd. Tras los años rusos, se ocupa este segundo tomo de los años americanos y la vuelta a Europa. De El profesor Nabokov a V.N., de América a Europa, entre Cornell y Montreux, Boyd explora esa zona en la que confluyen vida y literatura entre 1940 y 1977, sus años más creativos en una biografía que se lee como una novela tan detallada como las del autor de El hechicero y que coincide en las librerías con el primer tomo de las Obras completas de Nabokov (las novelas escritas entre 1941 y 1957, en su periodo americano) que publica Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores.
Novelista, poeta y ensayista, entomólogo, cazador de mariposas y de instantes, Nabokov fue un escritor irrepetible, un personaje complejo y de una extraordinaria cultura. Se sentía forastero en cualquier sitio y, pese a eso o quizá por eso, tenía una notable capacidad de adaptación al medio. Tal vez aprendió de algunas mariposas esa virtud del mimetismo quien presumía del poco trabajo que le había costado dejar de cruzar los sietes.
Hay en esta magnífica biografía de Boyd un recorrido por la vida, la obra y la cocina del escritor, por los apuntes que tomaba en sus diarios, por aquella extraña vida triple (científico, profesor, escritor) que llevó en los primeros años cuarenta hasta que en la década siguiente el éxito de Lolita le permite dedicarse por completo a la literatura y a las mariposas. Era (lo sabía Nabokov mejor que nadie, que para eso la había fabricado) una bomba de relojería que no tardó en estallar, en primer lugar contra la censura y luego como un éxito editorial que le permitió a su autor irse desvinculando de sus compromisos docentes.
A Nabokov siempre le deslumbraron los trucos de ilusionista, las celadas y trampas de jugador de ajedrez, los acechos de cazador paciente de mariposas. Y todo eso lo practica en su literatura, llena de trampas, acechos y sorpresas, elaborada con el detallismo minucioso del entomólogo que pasó muchas horas observando en el laboratorio los detalles minúsculos de la anatomía de una mariposa.
Quienes lo conocieron de cerca coinciden en señalar que su escritura se parece a su forma de hablar. Al parecer en su conversación también se comportaba así: cuando decía la verdad guiñaba un ojo para confundir al interlocutor.
Una última anécdota, de sabor local. Hay en Ada o el ardor un homenaje a Cántico de Jorge Guillén, con quien Nabokov jugaba al tenis en Wellesley, donde coincidieron como profesores.
Le cuesta a uno trabajo imaginar a Guillén jugando al tenis. Se lo imagina mejor aplicándose al bádminton o al cricket.
Aquel programa, del que hay edición subtitulada en DVD, se hizo con motivo de la traducción al francés de Ada o el ardor, la obra maestra de aquel escritor ruso educado en Inglaterra, nacionalizado norteamericano y residente en un hotel de Montreux, a orillas del lago Leman, desde principios de los años 60.
Anagrama acaba de publicar Vladimir Nabokov. Los años americanos, la segunda parte de la biografía de Nabokov que escribió Brian Boyd. Tras los años rusos, se ocupa este segundo tomo de los años americanos y la vuelta a Europa. De El profesor Nabokov a V.N., de América a Europa, entre Cornell y Montreux, Boyd explora esa zona en la que confluyen vida y literatura entre 1940 y 1977, sus años más creativos en una biografía que se lee como una novela tan detallada como las del autor de El hechicero y que coincide en las librerías con el primer tomo de las Obras completas de Nabokov (las novelas escritas entre 1941 y 1957, en su periodo americano) que publica Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores.
Novelista, poeta y ensayista, entomólogo, cazador de mariposas y de instantes, Nabokov fue un escritor irrepetible, un personaje complejo y de una extraordinaria cultura. Se sentía forastero en cualquier sitio y, pese a eso o quizá por eso, tenía una notable capacidad de adaptación al medio. Tal vez aprendió de algunas mariposas esa virtud del mimetismo quien presumía del poco trabajo que le había costado dejar de cruzar los sietes.
Hay en esta magnífica biografía de Boyd un recorrido por la vida, la obra y la cocina del escritor, por los apuntes que tomaba en sus diarios, por aquella extraña vida triple (científico, profesor, escritor) que llevó en los primeros años cuarenta hasta que en la década siguiente el éxito de Lolita le permite dedicarse por completo a la literatura y a las mariposas. Era (lo sabía Nabokov mejor que nadie, que para eso la había fabricado) una bomba de relojería que no tardó en estallar, en primer lugar contra la censura y luego como un éxito editorial que le permitió a su autor irse desvinculando de sus compromisos docentes.
A Nabokov siempre le deslumbraron los trucos de ilusionista, las celadas y trampas de jugador de ajedrez, los acechos de cazador paciente de mariposas. Y todo eso lo practica en su literatura, llena de trampas, acechos y sorpresas, elaborada con el detallismo minucioso del entomólogo que pasó muchas horas observando en el laboratorio los detalles minúsculos de la anatomía de una mariposa.
Quienes lo conocieron de cerca coinciden en señalar que su escritura se parece a su forma de hablar. Al parecer en su conversación también se comportaba así: cuando decía la verdad guiñaba un ojo para confundir al interlocutor.
Una última anécdota, de sabor local. Hay en Ada o el ardor un homenaje a Cántico de Jorge Guillén, con quien Nabokov jugaba al tenis en Wellesley, donde coincidieron como profesores.
Le cuesta a uno trabajo imaginar a Guillén jugando al tenis. Se lo imagina mejor aplicándose al bádminton o al cricket.
Reseña íntegra en la revista Encuentros de lecturas y lectores.

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