25 enero 2007

Ribeyro el apátrida

Lo fácil que es confundir cultura con erudición. La cultura en realidad no depende de la acumulación de conocimientos incluso en varias materias, sino del orden que estos conocimientos guardan en nuestra memoria y de la presencia de estos conocimientos en nuestro comportamiento. Los conocimientos de un hombre culto pueden no ser muy numerosos, pero son armónicos, coherentes y, sobre todo, están relacionados entre sí. En el erudito, los conocimientos parecen almacenarse en tabiques separados. En el culto se distribuyen de acuerdo a un orden interior que permite su canje y su fructificación. Sus lecturas, sus experiencias se encuentran en fermentación y engendran continuamente nueva riqueza: es como el hombre que abre una cuenta con interés. El erudito como el avaro, guarda su patrimonio en una media, en donde sólo cabe el enmohecimiento y la repetición. En el primer caso el conocimiento engendra el conocimiento. En el segundo el conocimiento se añade al conocimiento. Un hombre que conoce al dedillo todo el teatro de Beaumarchais es un erudito, pero culto es aquel que habiendo sólo leído "Las Bodas de Fígaro" se da cuenta de la relación que existe entre esta obra y la Revolución Francesa o entre su autor y los intelectuales de nuestra época. Por eso mismo, el componente de un tribu primitiva que posee el mundo en diez nociones básicas es más culto que el especialista en arte sacro bizantino que no sabe freír un par de huevos.

Es uno de los doscientos fragmentos que forman las Prosas apátridas, quizá el libro más admirable de un admirable escritor, Julio Ramón Ribeyro (1929 -1994), que acaba de recuperar Seix Barral. Una recuperación feliz e imprescindible por la calidad de sus textos y porque la edición parcial de 1975 y la definitiva de 1986 andaban ya descatalogadas.

La reflexión constante sobre la escritura, el reflejo del caos y la vida doméstica, el sexo y el paso del tiempo, los niños, la ciudad, la calle, los transeúntes, la vida en suma como referente, evitan la dispersión y otorgan una evidente coherencia, reforzada por la unidad del tono a sus doscientos fragmentos.

Entre el dietario confesional, el apunte reflexivo o el microcuento, tienen otra vinculación profunda en la continuidad de su mirada aguda y desengañada: No somos más que un punto de vista, una mirada, escribe Ribeyro en estas páginas, soldadas por la constante calidad de una prosa intensa y cuidada, dotada de altura estilística y hondura reflexiva.

En una de estos textos dice Ribeyro que cada escritor tiene la cara de su obra. Así será, porque las fotografías nos han dejado la imagen de un Ribeyro exageradamente delgado, con un cuerpo metafísico, alargado y elegante. Y así es su obra, magra como su rostro escuálido, aguda e intensa como su mirada. Y en especial estas apenas ciento cuarenta páginas que no tienen desperdicio y se leen con la intensidad de la lectura poética.

Alguna vez he escrito de este altísimo escritor que es uno de nuestros contemporáneos más sombríos y autodestructivos. Sería injusto si no añadiese que es también uno de los más lúcidos. Y desagradecido si no dijera que me ha regalado horas de lectura y relectura de agradabilísima hondura.

Reseña íntegra en la revista Encuentros de lecturas y lectores.