28 enero 2007

Un caballo malherido



El mismo caballo que en el Romancero gitano llamaba a todas las puertas de Jerez de la Frontera, la ciudad de los gitanos.

A propósito de ese caballo escribe Félix Grande:

El cante, como un caballo malherido, con un brillo de colérica mansedumbre, como un árbol de llanto en donde maduran viejas acusaciones y cuya sombra es una erizada resignación, llamaba, despacito, con nudillos gitanos, al portalón del porvenir.

Las frases, hondas y graves, son de su Memoria del flamenco, un clásico, el clásico deberíamos decir mejor, que reedita ahora en formato de bolsillo Punto de lectura, en edición cuidada, con letra generosa y a un precio asequible.

Este es un libro que Félix Grande escribió para purgar su corazón de una larga culpa, para calmar su remordimiento de guitarrista en huida, un libro arrebatador como un torbellino, como el objeto del que trata, esa música abismal que viene del tronco mineral y negro de la fragua.

No es el único imán. Hay otros igual de poderosos: la calidad de su prosa, la hondura de un conocimiento adquirido en la profundidad de las bibliotecas y de las cavas y las cuevas, la hombría delicada y compasiva de una sensibilidad templada en el dolor del yunque y el compás del martillo en un libro del que salen chispas, como del hierro candente en la fragua, como del amor y la rabia, como de algunos cantes oscuros, orientales y mineros.

Y además es un libro sabio y emocionado, sobrio y enciclopédico. Un libro torrencial que desborda sus propios límites y se convierte en muchos libros a la vez: en un compendio de geografía que va desde la India a Alcalá de Guadaira y hasta más allá de Sanlúcar; en un recorrido por nuestra incalificable historia moderna y contemporánea; en una reivindicación literaria del cancionero anónimo flamenco con una reunión de textos poéticos sobre esa temática; en una explicación física del espectro del sonido y del color, de la química de la combustión y el óxido y los minerales y las fermentaciones; en la lección de álgebra que hay en el compás de la bulería o en la geometría del espacio explicada por quien conoce el tamaño exacto de su desventura y el área de sombra negra que proyecta sobre el plano; en un tratado sobre la fonética y la prosodia rítmica del lamento y del duende o sobre la sintaxis de la rebeldía; en una exploración de la genética de la desolación y en la botánica de las raíces hondas del árbol de los cantes; en la geología áspera y fluvial de los palos; en la educación moral y cívica de estas letras o en el dibujo secreto de sus sonidos negros...

El viernes por la tarde me llamaba Félix, que estaba en Cáceres para rematar una gira sobre flamenco y poesía con la cantaora María Toledo y el guitarrista Pepe Núñez. Estuve con él mientras se hacían las pruebas de sonido. Al acabarlas, Félix le decía al técnico que dejase apretado el control en el que ponía Seducción. Bien sabe él que no lo necesita, que ese don lo lleva en su garganta y en su palabra:

Sin prisa —con la rumia de la angustia social y la angustia ontológica—, con la intensidad de la paciencia, con la sabiduría del conocimiento de que la vida es dura, breve y única, un lenguaje magnífico que comenzó a nacer hace ahora dos siglos en forma de sonidos desgarradores surgidos desde el fondo de la pobreza y la pena andaluzas, ha acabado convirtiéndose en un arte aclamado internacionalmente, y en una prueba más de que en el fondo de la especie, junto al estrago de sus miserias y de su finitud, deambula, como una emoción mitológica, el estupor de lo sagrado.

En un texto memorable y cobrizo dedicado a Manolo Caracol, escribía Félix Grande:

Es la calamidad lo que este hombre examina.

Quizá no haya una frase mejor para resumir este libro imprescindible.


Reseña íntegra en la revista Encuentros de lecturas y lectores.