Un japonés que no se parece a nadie
Es raro, porque los japoneses (como es sabido) se parecen mucho entre ellos. Pero Murakami es un escritor que no se parece a ningún otro. Para bien y para mal.
Dos de los modelos estructurales más importantes de la literatura occidental, el de la tragedia griega y el de la novela itinerante de aprendizaje y maduración, se dan cita en su Kafka en la orilla, que publica Tusquets en su colección Andanzas.
Sobre esos modelos se construye un viaje iniciático, una experiencia de maduración de un joven que huye de su casa y de una profecía edípica el día que cumple quince años. Como los personajes de las tragedias, desconoce que del destino no se puede huir. Al contrario, todos sus pasos le conducen a su cumplimiento.
Con ese planteamiento inicial se van desarrollando dos historias alternantes y entrelazadas: la de Kafka Tamura, que huye de casa para escapar de su destino y se refugia en una biblioteca del sur, y la de Satura Nakatu, un anciano que salió con secuelas de un extraño episodio comatoso de la infancia. En 1944 se quedó vacío y desde entonces sólo habla con los gatos.
En el desarrollo de la acción, Murakami integra todo tipo de elementos: Sófocles y el cine de terror, Truffaut y el pop, el manga y Salinger, a quien traducía mientras escribía esta novela llena de perfección formal y ligereza en la que se dan cita la imaginación y el misterio, el cine, la música, la naturaleza, las emociones, el sexo y la comida.
Todos esos materiales aparentemente heterogéneos parecen someterse al destino porque, como dice un personaje, ni siquiera las cosas más triviales suceden por casualidad y todas cumplen un función en el conjunto y en el destino de las personas. También el mal y las fuerzas oscuras que los amenazan, porque Murakami sabe que en todo hombre habita un animal potencialmente peligroso. No hay excepciones a esa norma: lo confirma por ejemplo el joven llamado Cuervo, la conciencia, el doble, el otro que llevamos dentro, una de las claves arquitectónicas de la novela junto a la señora Saeki y su canción Kafka en la orilla o el bosque mágico, lleno de sombras y de pruebas, del que se sale siendo otro.
En algo parecido a esa experiencia consiste para Murakami la literatura: en atravesar el muro y entrar en otro universo, un descenso al fondo confuso de la conciencia, porque la función de la literatura no es responder preguntas, sino hacerlas.
Una obra para lectores capaces de emocionarse y divertirse, de asustarse y desconcertarse a lo largo de sus casi seiscientas páginas. No son pocas, pero se leen de un tirón y tardan mucho en olvidarse.
Dos de los modelos estructurales más importantes de la literatura occidental, el de la tragedia griega y el de la novela itinerante de aprendizaje y maduración, se dan cita en su Kafka en la orilla, que publica Tusquets en su colección Andanzas.
Sobre esos modelos se construye un viaje iniciático, una experiencia de maduración de un joven que huye de su casa y de una profecía edípica el día que cumple quince años. Como los personajes de las tragedias, desconoce que del destino no se puede huir. Al contrario, todos sus pasos le conducen a su cumplimiento.
Con ese planteamiento inicial se van desarrollando dos historias alternantes y entrelazadas: la de Kafka Tamura, que huye de casa para escapar de su destino y se refugia en una biblioteca del sur, y la de Satura Nakatu, un anciano que salió con secuelas de un extraño episodio comatoso de la infancia. En 1944 se quedó vacío y desde entonces sólo habla con los gatos.
En el desarrollo de la acción, Murakami integra todo tipo de elementos: Sófocles y el cine de terror, Truffaut y el pop, el manga y Salinger, a quien traducía mientras escribía esta novela llena de perfección formal y ligereza en la que se dan cita la imaginación y el misterio, el cine, la música, la naturaleza, las emociones, el sexo y la comida.
Todos esos materiales aparentemente heterogéneos parecen someterse al destino porque, como dice un personaje, ni siquiera las cosas más triviales suceden por casualidad y todas cumplen un función en el conjunto y en el destino de las personas. También el mal y las fuerzas oscuras que los amenazan, porque Murakami sabe que en todo hombre habita un animal potencialmente peligroso. No hay excepciones a esa norma: lo confirma por ejemplo el joven llamado Cuervo, la conciencia, el doble, el otro que llevamos dentro, una de las claves arquitectónicas de la novela junto a la señora Saeki y su canción Kafka en la orilla o el bosque mágico, lleno de sombras y de pruebas, del que se sale siendo otro.
En algo parecido a esa experiencia consiste para Murakami la literatura: en atravesar el muro y entrar en otro universo, un descenso al fondo confuso de la conciencia, porque la función de la literatura no es responder preguntas, sino hacerlas.
Una obra para lectores capaces de emocionarse y divertirse, de asustarse y desconcertarse a lo largo de sus casi seiscientas páginas. No son pocas, pero se leen de un tirón y tardan mucho en olvidarse.
Reseña íntegra en la revista Encuentros de lecturas y lectores

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