Antonio Beneyto

Javier Tomeo me habló alguna vez de su amigo Beneyto, Antonio Beneyto, uno de esos seres admirables que viven con pasión la vida, la literatura y el arte. Es de Albacete y vive en Barcelona desde hace cuarenta años. Escritor mágico y pintor mágico, hablar con él es asistir a una sesión espectacular de fuegos artificiales que te guiñan constantemente el ojo en un gesto entrañable y cercano.
Es un francotirador, un personaje tan singular, un artista tan inclasificable que no me extraña que viva a la vez en el centro y en el margen, en la realidad y en la fantasía, con una envidiable vitalidad y una rebeldía juvenil creadora y contagiosa.
Supongo que esa es la clave de que mantenga una actividad incansable como escritor. Códols en New York (March Editor) es lo último que ha publicado y como pintor, una exposición sobre Lautréamont, Bestiari Beneytiano.
Inencontrables ya algunos de sus libros, como La habitación (Alfaguara, 1966) o Textos para leer dentro de un espejo morado (Ocnos, Barral, 1975) esperan una reedición revisada.
Durante algún tiempo formó parte de una mitología personal que lo situaba más en el terreno de los seres imaginarios que en el de la realidad. Y todavía no sé qué pensar, aunque de vez en cuando hablo con él por teléfono y cené hace unos días con él y con Pepe Esteban, el admirable lector que fundó y dirigió la editorial Turner.
Lo sabe todo de Alejandra Pizarnik (que hablaba de sus ojos primitivos y sus fantasmas deliciosos) y de Lautréamont, sobre el que ha coordinado un estupendo monográfico en Barcarola. Ory y Cirlot, con los que compartió postismo, Cela, Gimferrer o Vázquez Montalbán han escrito sobre él.
No es difícil encontrar abundante material gráfico y literario de Beneyto en la red, a la que ha sido tan ajeno. Por ejemplo, su Base por altura partido por dos.
He hablado con él hace un rato y me ha contado, entre ilusionado y zumbón, que está a punto de abrir una página web. En cuanto funcione, esa página dará entera noticia de su persona y estará enlazada a este bosque como uno de sus árboles más altos, lejos de las malas hierbas y de los chupones que viven de la savia ajena y no caben aquí.
Son, lo decía Caballero Bonald,
¿en qué manos estamos?
Yo tampoco estoy autorizado a señalar. De momento, Antonio.
Es un francotirador, un personaje tan singular, un artista tan inclasificable que no me extraña que viva a la vez en el centro y en el margen, en la realidad y en la fantasía, con una envidiable vitalidad y una rebeldía juvenil creadora y contagiosa.
Supongo que esa es la clave de que mantenga una actividad incansable como escritor. Códols en New York (March Editor) es lo último que ha publicado y como pintor, una exposición sobre Lautréamont, Bestiari Beneytiano.
Inencontrables ya algunos de sus libros, como La habitación (Alfaguara, 1966) o Textos para leer dentro de un espejo morado (Ocnos, Barral, 1975) esperan una reedición revisada.
Durante algún tiempo formó parte de una mitología personal que lo situaba más en el terreno de los seres imaginarios que en el de la realidad. Y todavía no sé qué pensar, aunque de vez en cuando hablo con él por teléfono y cené hace unos días con él y con Pepe Esteban, el admirable lector que fundó y dirigió la editorial Turner.
Lo sabe todo de Alejandra Pizarnik (que hablaba de sus ojos primitivos y sus fantasmas deliciosos) y de Lautréamont, sobre el que ha coordinado un estupendo monográfico en Barcarola. Ory y Cirlot, con los que compartió postismo, Cela, Gimferrer o Vázquez Montalbán han escrito sobre él.
No es difícil encontrar abundante material gráfico y literario de Beneyto en la red, a la que ha sido tan ajeno. Por ejemplo, su Base por altura partido por dos.
He hablado con él hace un rato y me ha contado, entre ilusionado y zumbón, que está a punto de abrir una página web. En cuanto funcione, esa página dará entera noticia de su persona y estará enlazada a este bosque como uno de sus árboles más altos, lejos de las malas hierbas y de los chupones que viven de la savia ajena y no caben aquí.
Son, lo decía Caballero Bonald,
la marca repulsiva
del investido de poderes,
sus rapiñas, sus mañas, sus patrañas.

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