06 septiembre 2007

1599, el año de Shakespeare

Sobre los logros de Shakespeare, sobre la sociedad y la época agitada de aquel año decisivo y fecundo en su trayectoria, el annus mirabilis en el que termina el Enrique V, escribe Julio César y Como gustéis y perfila un primer borrador de Hamlet, trata el espléndido ensayo de James Shapiro 1599. Un año en la vida de William Shakespeare, que publica Siruela con traducción de María Condor.

Y es que, como todos los clásicos que están por encima del tiempo, Shakespeare es también un hombre profundamente vinculado a su época, un autor que hace la crónica y el resumen del presente. Y así como lo más local suele ser clave de lo universal si lo trata una mano con talento artístico, así también la obra que hunde sus raíces en el presente puede ser la cifra intemporal del mundo, como nos ha recordado la reciente reedición en español de Shakespeare, nuestro contemporáneo.

De ahí que para la comprensión cabal de un clásico sea imprescindible situarlo no fuera del tiempo, sino en su entorno concreto, restringido, como en este caso, a un solo año crucial. De la insatisfacción intelectual de Shapiro, de la necesidad de conocer de las circunstancias en las que Shakespeare escribe algunas de sus mejores obras, surge esta lectura histórica de las tres tragedias y la comedia. Y de algo tan urgente como explicar qué ocurre para que Shakespeare pase con 35 años de ser un escritor con talento al clásico indiscutible en que se convierte con obras como Julio César o Hamlet.

Las condiciones de la representación, la competencia con otros teatros y otras compañías sitúan a Shakespeare a finales de 1598 en una encrucijada artística y profesional, en busca de una fórmula teatral que agradase a la corte y al pueblo. Una de las claves de aquella encrucijada fue el conflicto y la ruptura con Will Kemp, un actor que había sido tan fundamental hasta entonces en su teatro que muchos papeles fueron diseñados para él, la mejor encarnación de Falstaff. No puede uno evitar leer con ese sesgo el frío rechazo de Enrique V a aquel que había sido hasta entonces su compañero de farras, con quien había oído tantas veces las campanadas a media noche.