05 septiembre 2007

Pepe Torreblanca

El mundo es un pañuelo. Conocí a José Torreblanca cuando era Subsecretario de Educación de Maravall, a mediados de los ochenta. Coincidimos en la inauguración del VI Simposio Iberoamericano de Lengua y Literatura que se celebraba en Cáceres y de cuya organización formé parte. Luego fue presidente del Consejo Escolar del Estado y Secretario General de la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (OEI).

Le había perdido la pista hasta que José María Merino, amigo común, me comentó que Pepe Torreblanca veraneaba en la misma urbanización que yo y me dio como credencial de embajador un cuadernillo con una antología de sus textos que habíamos estado preparando y acababa de publicarse.

Pero no viene aquí hoy por razones de vecindad estacional, sino porque es el coordinador y una de las cabezas visibles y más lúcidas del Colectivo Lorenzo Luzuriaga, un grupo de personas vinculadas con la enseñanza como docentes o como gestores, que desde 1999 viene desarrollando una labor de defensa del laicismo y de un concepto progresista de la educación.

Una muestra. Este párrafo, de su artículo Laicidad y religión en el sistema educativo español (Revista Internacional de Filosofía Política, 24, 2004):

La introducción de las clases de religión católica en el sistema educativo no obedece al cumplimiento de ningún mandato constitucional. Tampoco obedece a necesidades derivadas del desarrollo curricular toda vez que éste exigiría a lo sumo algún tipo de introducción al hecho religioso pero en ningún caso el adoctrinamiento en ninguna confesión religiosa. Las clases de religión católica tal como están establecidas en nuestro sistema educativo obedecen simplemente a la necesidad de dar cumplimiento a lo dispuesto en un Acuerdo pactado entre dos estados soberanos, por lo que a la vista de los desacuerdos continuados en la interpretación de parte de su articulado, la conflictividad jurisdiccional que ha venido aparejada a su aplicación por parte del Estado, y al grado de insatisfacción que han ido mostrando sucesivamente católicos y no católicos en relación con las distintas fórmulas encontradas, la única solución está en los términos de la siguiente alternativa. O se encuentra una interpretación aceptable por ambas partes del famoso término equiparabilidad o habría que proceder a la denuncia del Acuerdo y sustituirlo por otro en el que se tratase de evitar cualquier futura conflictividad.

Un texto que parece de un clásico porque mantiene toda su vigencia, más que nada por las resistencias de una realidad terca y privilegiada al cambio.