08 noviembre 2011

Víctor Jiménez. Al pie de la letra


Porque los poetas no siempre viven de las metáforas y las sinestesias, cuyo valor de cambio no está reconocido en los mercados, con demasiada frecuencia tienen que darse baños de realidad, desagradables duchas frías que les devuelven al mundo y les hielan el ánimo.

De esas diarias duchas frías en un Instituto de Secundaria tratan los poemas de Al pie de la letra, de Víctor Jiménez, poeta a tiempo completo y profesor a tiempo parcial en un centro sevillano.

Organizado en tres partes, una por trimestre, este es un libro que habla de la ESO y de unos alumnos tan desmotivados como los profesores. Se sufren unos y otros recíprocamente y sin convicción, o se enfrentan como en un campo de batalla con partes de bajas, desertores y banderas blancas, con Dolorosas simuladas y Viernes de Dolores, con timbres y con guardias, con claustros y concursos de traslado, con exámenes de pendientes y jubilaciones envidiables.

Entre el desahogo expansivo y el lamento, Víctor Jiménez hace aquí un ejercicio de estilo que está más cerca de lo narrativo que de lo lírico, una purga de su desalentado corazón docente que vive más en la sátira que en el vuelo lírico del poema.

La palabra directa, el adjetivo preciso, la mueca irónica en la que se funden el desaliento y el humor a la defensiva recorren unos poemas que se cierran con un desenlace sorprendente o con un deje irónico que disimula la amargura.

Porque este es un libro que se titula polisémicamente Al pie de la letra, pero podría haberse titulado con igual propiedad Al pie de los caballos.

Así es como se siente el amargo yo poético del libro, que usa un tono conversacional para desahogar el desaliento en una válvula de escape que a menudo recurre al ingenio, al juego de palabras, a la parodia de textos conocidos:

Tanto dolor se agrupa en este cuerpo,
que por doler nos duele hasta el horario.

Ni tarde parda y fría del invierno
ni gris monotonía de la lluvia...

del rincón en el ángulo oscuro, dulcemente
dormía, a pierna suelta, la siesta del borrego.

Pese a todo, el soneto con Balance que cierra el libro y el curso opone su refugio a tanta desazón. Dejo aquí los tercetos:

Tampoco vivo del trabajo. A diario,
soy solo un profesor de andar por clase.
Me dan pulso otras cosas y otros temas

que no se compran con un buen salario,
que no se pagan con el sueldo base.
Mis amigos, mi amor y mis poemas.