24 octubre 2012

Gamoneda. Canción errónea



Históricamente ahora mismo, ante el dolor español y planetario de una pobreza que comporta hambre, enfermedad y muerte, nuestro lenguaje ha de ser poética y moralmente subversivo. Y nuestra conducta. El sufrimiento de causa social es nuestro sufrimiento y penetra nuestra conciencia, que creación literaria que no lleve consigo conciencia no es creación.

Esas palabras pertenecen a un reciente discurso en la Biblioteca Nacional de Antonio Gamoneda, que acaba de publicar en Tusquets Canción errónea, un libro que es una  reunión de temas y una síntesis de actitudes de su última etapa.

La vida entre dos sombras, sin miedo ni esperanza, el amor, el tiempo y la muerte, la denuncia de la injusticia, el diálogo con pintores, poetas y escultores son algunas de las claves de este libro, que en el pórtico hace esta enumeración de conceptos y contenidos:

Luz, Otras luces, Límites, Imposibilidades, Insistencias,
Contradicciones, Fiestas fúnebres, Causas ciegas,
Extravíos, Causas lingüísticas, Indiferencia,
Negaciones, Olvido, Ira, Agonía, Madera,
Poemas con nombre, Pérdidas

Es, en palabras de Gamoneda, una relación que me parece aplicable a los que son contenidos de Canción errónea, que van a darse inadvertidamente dispersos o contiguos.

Exentos de título y no sometidos a ningún criterio de organización, de uno de ellos son estas estrofas finales, que resumen el tono y los temas fundamentales de este libro:

Amo este cuerpo viejo y la sustancia
de su miseria clínica.
                                El olvido
disuelve la materia pensativa
ante los grandes vidrios
de la mentira.
                      Ya
todo está dirimido.

No hay causa en mí. En mí no hay
más que cansancio y
un antiguo extravío:
                               ir
de la inexistencia
a la inexistencia.
                          Es
un sueño.
               Un sueño vacío.

Pero sucede.
                    Yo amo
todo cuanto he creído
viviente en mí.
                      Amé las manos
grandes de mi madre y
aquel metal antiguo
de sus ojos y aquel
cansancio lleno de luz
y de frío.

              Desprecio
la eternidad.
                   He vivido
y no sé por qué.
                         Ahora
he de amar mi propia muerte
y no sé morir.

                      Qué equívoco.