25 septiembre 2013

Ardicia


Una nueva editorial literaria, Ardicia, acaba de iniciar su andadura con la llama y el deseo que les dan nombre. 

Lo explican así sus editores a partir de la definición del diccionario:

ardicia. (De arder.) f. ant. Deseo ardiente o eficaz de alguna cosa. 

Deseo ardiente de publicar, por primera vez en español y en cuidadas  traducciones, obras fundamentales en sus literaturas de origen y de rescatar, para su reedición, títulos imprescindibles lamentablemente olvidados.
Deseo eficaz de que cada referencia de nuestro catálogo sea cautivadora e inteligente y de que cada libro esté esmeradamente diseñado e impreso.
Deseo de libros y lecturas. Ardicia de lectores y lectoras.


Para esta temporada tienen preparados nueve títulos, de los que ya ha aparecido el primero: los Monstruos parisinos de Catulle Mendès, con traducción de José Manuel Ramos, y se anuncia otro, El libro de jade, de Judith Gautier, para el mes de octubre.

Un prólogo de Luis Antonio de Villena (Catulle Mèndes, flores de decadencia) abre esta cuidadísima edición de veinte relatos que se publicaron primero en la revista Gil Blas y tuvieron un enorme éxito, lo que animó a su autor a publicar sucesivas reediciones en libro, hasta la definitiva, de 1888.

Veinte estampas que reflejan el decadentismo parnasiano que admiró Verlaine o la mezcla de sensualidad y misticismo que aprendieron de él Rubén o el primer Valle-Inclán y que Anatole France destacó en la obra de Mendès, a quien llamó Apolo en el mundo de Balzac, o las flores de perversidad que vio Octave Mirbeau en los salones galantes donde se ambientan estos relatos.

Y es que, como señala Villena en su prólogo, Catulle Mèndes es un autor menor, pero a la vez representativo del refinamiento crepuscular y el esteticismo decadente del fin de siglo.

Con la voluptuosidad de una prosa que describe la crueldad con volutas líricas y con un cierto satanismo heredado de los románticos, de Baudelaire o de Poe, al que Maupassant hermanó con Mèndes, estos relatos son a su manera otras flores del mal en los salones refinados de París donde conviven artistas y poetas mundanos, mujeres fatales y gigolós perversos que explotan y maltratan a las viejas amantes que los mantienen, aristócratas malignas y bisexuales, o escritores arrepentidos de la literatura que los ha convertido en monstruos.