24 septiembre 2015

López Azorín sobre El dueño del eclipse y La vida navegable






Santos Domínguez Ramos /.../ es, en su poesía, magia, misterio, sueño, ritmo, sugerencia, imaginación… y algo así como un no sé qué difícil de explicar y a veces de entender, pero que toca los sentidos y hace que los ojos sientan el sonido de las palabras, los oídos vean las imágenes que nos ofrece, y el tacto, el gusto y el olfato se adentren en un mundo donde la luz alumbra la realidad oculta, la que se intuye pero no se ve, la que se imagina, la que está más allá de la palabra humana, más allá del ritmo de las cosas, más allá de la intimidad.

Una poesía que nos propone un viaje, un viaje de observación y de búsqueda, un misterioso viaje hacia la palabra justa, precisa, para definir lo indefinible, para hacer visible lo invisible, lo que alumbra y deslumbra, lo que, a veces, muchas, no somos capaces de ver con los ojos. La realidad, a veces, o nuestra razón, es una niebla densa que nos impide la contemplación precisa, exacta, no nos deja escuchar la palabra que ilumina, que asombra, que tal vez no entendamos pero que, sin saber el porqué, la leemos y nos transporta hasta el oráculo del sueño, del misterio, de la magia… y no sabemos explicar el porqué.

Este viaje de observación y búsquedas, este misterioso viaje de lenguaje me hace sentirme en un mundo de sueños, un onírico mundo de palabras misteriosas que conforman un lenguaje mágico que a veces no entiendo pero que me hace sentir su música y su emoción aunque no sepa explicar el porqué. Debe de  ser el oráculo del sueño que me decía Claudio o tal vez la misteriosa magia de la rosa que conforma, a través del lenguaje, la realidad poética de Santos Domínguez. 

Dice el poeta, al final, en las dedicatorias de este libro, que dedica a Félix Grande: “Y para Félix Grande, in memoriam, porque ahora ya es El dueño del eclipse”. Antes Félix Grande había dicho que Santos Domínguez es "una de las voces más importantes y más auténticas de su generación, en quien se combinan prodigiosamente los dos principales ingredientes poéticos: la exactitud y el misterio".

Y leído este libro vuelvo a recordar las palabras de Claudio Rodríguez cuando me hablaba de Federico y de su”verde que te quiero verde” del Romance sonámbulo y este viaje de observación y búsquedas, este misterioso viaje de lenguaje me hace sentirme en un mundo de sueños, un onírico mundo de palabras misteriosas que conforman un lenguaje mágico que a veces no entiendo pero que me hace sentir su música y su emoción aunque no sepa explicar el porqué. Debe de ser el oráculo del sueño que me decía Claudio o tal vez la misteriosa magia de la rosa que conforma, a través del lenguaje, la realidad poética de Santos Domínguez.

Un poeta que trastoca la realidad en realidad poética y transmite la emoción,  toca los sentidos, y deja al lector, sea cual sea y cómo sea, como en un no sé qué "que quedan balbuciendo".


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