06 octubre 2015

Mankell. Un sueño



Desde que tengo cáncer sueño a menudo que voy caminando por calles en las que me cruzo con muchas personas. A veces me resulta difícil avanzar. En un giro repentino, el sueño me lleva al barullo de un teatro, un café o un avión. Estoy buscando a alguien. Alguien que me conoce, alguien que también me está buscando a mí. 
Ahí termina el sueño. Casi siempre me despierto con la sensación de un gran alivio. No hay nada aterrador en las personas que nos acompañan o nos han acompañado en la vida. Despiertan en mí la curiosidad de saber quiénes eran en realidad. A muchas de ellas habría querido conocerlas. 
Como la mujer de la catedral de San Esteban, los bailarines de tango de Buenos Aires o la chica del campo de refugiados de Mozambique que encontró a sus padres. 
O el leñador y el comerciante al que mató en el centro de Norrland sesenta años atrás. 
Todas esas personas desconocidas están conmigo. Durante unos instantes, entraron en mi vida. Con todas ellas comparto lo que ha sido mi existencia. 
Nuestra familia es en verdad infinita. Aunque ni siquiera sepamos con quién nos cruzamos en la vida durante un instante brevísimo.


Henning Mankell.
Arenas movedizas. 
Traducción de Carmen Montes Cano. 
Tusquets. Barcelona, 2015.