08 junio 2016

Antonio Cabrera. Corteza de abedul


Traje a casa, hace tiempo,
un poco de corteza de abedul.
Aun reseca conserva la misma palidez
a la que fui a asomarme entonces, gris
de octubre y bosques fríos, lavado por las nieblas;
no ha perdido tampoco las trazas de aquel rosa
tenue. Está muerta                                
                              a la manera viva
de la materia vegetal, de corrupción difusa.

Traje a casa corteza de abedul 
para tener al lado, junto a todo lo mío,
una cosa que fuera lo contrario
a mí,
antídoto de mí, piel convocada
de algo que me enfrentó y toqué, salud
venida de lo ajeno, un bien sin aura,
el sello de un presente en su verdad más simple:
el árbol y delante yo, y un hueco
separándonos, aire separándonos.

Corteza de abedul que fue abedul tan sólo,
mientras yo, siendo yo, acercaba mi mano.

Con ese poema se abre, no por casualidad, el reciente libro de Antonio Cabrera, que toma su título del de ese texto, que anuncia el tono y la mirada que recorren esta Corteza de abedul que publica Tusquets.
Poesía contemplativa que completa un viaje de lo concreto a lo abstracto y establece un diálogo equilibrado y sereno entre lo sensitivo y lo conceptual, entre la emoción y la meditación.
Un diálogo con la realidad y consigo mismo, con el yo o el tú autorreflexivo, con la naturaleza o los objetos para ir, como pedía el maestro Mairena, de la anécdota a la categoría. 
Esa equilibrada serenidad de la mirada que caracteriza a la poesía de Antonio Cabrera se proyecta no sólo en el espacio, sino también en el tiempo: el instante, el recuerdo del pasado y la conciencia de la fugacidad son también objeto de esa mirada reflexiva que se convierte así en ámbito de encuentro de lo exterior con lo interior, del presente y el pasado, del mundo y la conciencia.
Lo dejo aquí como un anticipo del Equipaje de vacaciones de la revista Encuentros de lecturas.