03 julio 2016

Bonnefoy



Me escribía ayer desde París Jeanne Marie, la brillante traductora que está preparando la versión en francés de algunos de mis textos de La vida navegable, para comunicarme la muerte de Yves Bonnefoy. 

En la reseña que publiqué hace año y medio de su estupendo El territorio interior (Sexto Piso) le definía como un poeta fundamental de la poesía europea de este último medio siglo y añadía que ese viaje iniciático por la pintura toscana del Renacimiento es “un libro clave para entender su obra, su mirada al paisaje y al interior de sí mismo y su método creativo, siempre en busca de la armonía y de un territorio luminoso que aquí se convierte en eje y meta de la escritura.

Una intensa escritura de encrucijada en la que se unen el lugar y el momento, el aquí y el ahora fugaz e irrepetible, lo cercano y lo remoto, lo exterior y lo interior, la luz y la sombra en un presente que es el tiempo de la lírica, el instante en el que confluyen la mirada y el paisaje:

Es verdad que el mar favorece mi ensoñación, porque asegura la distancia, y significa, para los sentidos, la plenitud vacante; pero ocurre de una forma no específica, y veo que los grandes desiertos, o la trama, desierta también, de las rutas de un continente, pueden ocupar la misma función, que es la de permitirnos errar, aplazando por mucho tiempo la mirada que a todo abraza, y renuncia. /.../ Pero es así como olvidamos los límites, que son la potencia, sin embargo, de nuestro ser en el mundo.”

Cierro este recuerdo con un texto de Bonnefoy y con la ajustada traducción de Andrés Sánchez Robayna:

LE SOIR
Rayures bleues et noires. 
Un labour qui dévie vers le bas du ciel. 
Le lit, vaste et brisé comme le fleuve en crue. 
— Vois, c'est dejà le soir, 
Et le feu parle auprès de nous dans l'éternité de la sauge.


ATARDECER
Rayas azules, negras.
Los surcos que se encaran a la base del cielo.
La cama, vasta y rota como el río crecido.
- Mira, se hace de noche,
Y el fuego a nuestro lado habla en la salvia eterna.