13 enero 2017

En Guanajuato





Ayer firmé la autorización para que mi reseña de Oficio de tinieblas, de Rosario Castellanos, aparezca como modelo para estudiar la estructura de esa modalidad crítica en un libro de texto que está elaborando la catedrática de la Universidad de Guanajuato Berenice Reyes Cruz.
Una satisfacción que esa reseña, publicada hace casi siete años justos, haya sido elegida como un texto modélico para trabajarlo con los estudiantes del ciclo superior de secundaria en México.
La reproduzco aquí:

Rosario Castellanos.
Oficio de tinieblas.
Prólogo de Jordi Soler.
Libros del Silencio. Barcelona, 2009.

Escribir ha sido, más que nada, explicarme a mí misma las cosas que no entiendo. Cosas que, a primera vista, son confusas o difícilmente comprensibles, declaraba en una entrevista de 1964 Rosario Castellanos (México, 1925- Tel Aviv, 1974).
Quien está considerada la primera narradora importante de la literatura latinomericana contemporánea pertenecía a una familia de terratenientes de Chiapas, donde vivió los primeros años de su vida y parte de su adolescencia. Fue entonces cuando, a la vez que empezaba sus estudios de Filosofía y Letras, tomó conciencia de las injusticias seculares padecidas por los indios en aquella sociedad caciquil y patriarcal, cuando se perfiló su carácter introvertido y se fraguó una vocación literaria que la convertiría en uno de los nombres de referencia de la literatura mexicana del siglo XX.
Poeta, dramaturga, ensayista y narradora, Rosario Castellanos denunció aquellos abusos en un libro de cuentos (Ciudad Real) y en dos novelas (Balún Canán y Oficio de tinieblas), que son la expresión literaria de "las experiencias que tuve en Chiapas en mi trabajo para el Instituto indigenista. En esos lugares la lucha ha llegado a extremos desgarradores de brutalidad."
Publicada por Joaquín Mortiz en 1962, Oficio de tinieblas - explicaba Rosario Castellanos en esa entrevista- "está basada en un hecho histórico: el levantamiento de los indios chamulas, en San Cristóbal, el año de 1867. Este hecho culminó con la crucifixión de uno de estos indios, al que los amotinados proclamaron como el Cristo indígena. Por un momento, y por ese hecho, los chamulas se sintieron iguales a los blancos. Acerca de esta sublevación casi no existen documentos. Los testimonios que pude recoger se resienten, como es lógico, de partidarismo más o menos ingenuo. Intenté penetrar en las circunstancias, entender los móviles y captar la psicología de los personajes que intervinieron en estos acontecimientos. A medida que avanzaba, me di cuenta que la lógica histórica es absolutamente distinta de la lógica literaria. Por más que quise, no pude ser fiel a la Historia. Abandoné poco a poco el suceso real. Lo trasladé de tiempo, a un tiempo que conocía mejor, la época de Cárdenas, momento en el que, según todas las apariencias, va a efectuarse la reforma agraria en Chiapas. Este hecho probable produce malestar entre los que poseen la tierra y los que aspiran a poseerla: entre los blancos y los indios. El malestar culmina con la sublevación indígena y el aplastamiento brutal del motín por parte de los blancos."
Casi cincuenta años después de aquella primera edición, la reedita en España Libros del Silencio en su colección Miradas, prologada por Jordi Soler.
El enfrentamiento entre terratenientes e indígenas, entre los ritos cristianos y la concepción mágica del mundo, entre lo prehispánico y lo occidental está en la raíz de una novela espléndida en la que conviven el propósito de denuncia, el tono mítico y el propósito documental, el análisis social y la capacidad narrativa de su autora, siempre exigente con su literatura y consciente de su responsabilidad ética y estética:
"El arte tiene, ante todo, el deber de ser arte. Como fenómeno social que es, puede teñirse de propaganda política, religiosa, etc. Pero esta propaganda no será de ninguna manera eficaz si no se subordina a las exigencias estéticas."
De su exigencia literaria, de la potencia de su prosa dejo aquí la muestra de dos párrafos:
Amanece tarde en Chamula. El gallo canta para ahuyentar la tiniebla. A tientas se desperezan los hombres. A tientas las mujeres se inclinan y soplan la ceniza para desnudar el rostro de la brasa. Alrededor del jacal ronda el viento. Y bajo la techumbre de palma y entre las cuatro paredes de bajareque, el frío es el huésped de honor.
Pedro González Winiktón separó las manos que la meditación había mantenido unidas y las dejó caer a lo largo de su cuerpo. Era un indio de estatura aventajada, músculos firmes. A pesar de su juventud (esa juventud tempranamente adusta de su raza) los demás acudían a él como se acude al hermano mayor. El acierto de sus disposiciones, la energía de sus mandatos, la pureza de sus costumbres, le daban rango entre la gente de respeto y sólo allí se ensanchaba su corazón. Por eso cuando fue forzado a aceptar la investidura de juez, y cuando juró ante la cruz del atrio de San Juan, estaba contento. Su mujer, Catalina Díaz Puiljá, tejió un chamarro de lana negra, grueso, que le cubría holgadamente hasta la rodilla. Para que en la asamblea fuera tenido en más.
La concepción circular del tiempo por parte de los indígenas es la base del diseño narrativo de Oficio de tinieblas, el relato de una sublevación que anticipaba la rebelión zapatista de enero de 1994 en Chiapas.
Porque también en la realidad parece a veces circular el tiempo.

(Santos Domínguez. Encuentros de lecturas, 27 de enero de 2010)