04 abril 2025

Jorge Carrión. Librerías

 


03 abril 2025

La mancha de la mora



  “Hay novelas que se tienen de pie, como los hombres”, afirma el narrador de La mancha de la mora, la última obra narrativa de José Antonio Ramírez Lozano, que publica de la luna libros.

El motor de la novela es una lamentable disfunción eréctil para la que el urólogo sanluqueño Del Cazzo -¿de dónde si no?- recomienda al narrador protagonista, Félix Buero, que haga el camino del Rocío como terapia -mejor que las ostras y el chocolate o el ginseng- para recuperar la levantada firmeza de las efervescencias perdidas entre los pinos y las arenas de “una tierra hembra, en el humedal más hembra que pudiera imaginarse.”

Y allí se va el hombre capitidisminuido y armado, más que de virilidad faltante, de pertrechos teológicos y de equipaciones rocieras: a bautizarse en las aguas del Quema y a cruzar el puente del Ajolí. En el fondo musical del camino romero conviven la flauta y el tamboril con el bordón oscuro de las moscas y la traca de los cohetes; el olor de la resina pinera y del bálsamo del romero y la jara con el polvo de las arenas en una mezcla perturbadora de vida y de muerte, de cielo y de infierno, de literatura y realidad.

Pero en esta novela no sólo encontrarán una terapia romera para recuperar el antiguo hervor perdido. Conocerán por el camino de esta narración itinerante a peculiares personajes que comparten peregrinaje: a Amparito Mora, “un pedazo de mujer que no cabe en ella” y que acaba convirtiéndose en el personaje central de la novela: una jaquetona insatisfecha y deseante que trota a horcajadas sobre un caballo; al bulto del marido, capón y celoso; a un invertido de sangre viciosa con burbujas, poeta de la Virgen; a un cura posmoderno con gomina y tupé que dice misa en latín, al urólogo que reaparece por sorpresa convertido en bujarrón de urgencias, o al mayordomo de la Hermandad de Alfarache, un mamporrero impotente y celestino.

Personajes que peregrinan a la noche más larga del mundo en La Rocina, “ese espejo de sal al que acuden las almas a desnudarse”, a una noche de genesiacos caballos lorquianos y de reyertas, de facas que brillan bajo la luna de Pentecostés y de un bolígrafo de poder homicida.

Personajes que entran y salen de la novela, como el unamuniano Augusto de Niebla, pero con más gracia, y que vuelven al paraíso aquel en el que a Dios se le olvidó cortarnos la lengua y nos dejó el poder de la palabra y la vida verdadera de la literatura, que se acabará convirtiendo en la auténtica salvadora de las insuficiencias hormonales del protagonista.

Y, además de los personajes, recorre la novela esa celebración del lenguaje, ese culto de la palabra de quien, como el autor, se mudó hace mucho a vivir en las palabras. “Y me mudé a vivir en las palabras”, dice el narrador en una de esas frecuentes reminiscencias de sus versos que practica Ramírez Lozano, en esa ingeniería de vasos comunicantes entre su poesía, muy frecuentemente narrativa, y su prosa.

Quizá más que en otras novelas anteriores como Pasodoble y Cuidado con el perro, hay en La mancha de la mora un sostenido equilibrio entre la narración y los intermedios de las expansiones líricas. Como este, al comienzo del capítulo VII:

La salve, en cambio, me dejó un eco dulce en la memoria que me remontó en el sueño a esos días de mayo de mi infancia. Y el sueño se me iluminó. Ninguno de los que dormían tumbados junto a mí supieron de aquel sueño. La Virgen de la siesta, de mi siesta de mayo, vino para vigilar mi sueño, ahuyentarme el acecho de Choclán. En mi sueño se hizo el día de repente y la lengua acudió para hacerse niña conmigo, limpia y pura como entonces. Avedulce del bosque que cantas en la fronda estremeciendo la umbría en la que, herido, pernocta el corazón, no ceses nunca, no, Avemaría nuestra, en tu consuelo y bruñe con tu lumbre nuestra pena, y avéntanos las sombras, Avevenus del alba. Avenardo, flor tierna en la que anida el copo de la luz, el ampo en que se miran los espejos de las anunciaciones, asómanos al limpio misterio de las fuentes. Avelirio del prado en la que posa, gota de Dios, su ternura el rocío, asómanos al claro secreto de la dicha, Avejaral en flor que escuchas el rumor de la savia en la alta noche coronando los pétalos. Avefría en la fiebre, acuda siempre tu mano a mi favor, sol de mi herida, alivio de esa hebra tan blanca de tu manto con que ahuyento a la Muerte. Avesilva, Avepinta, Avenal de los campos, Avelira en el salmo ¿dónde cantas? ¿En qué rama escondida anida tu virtud para que sea?  Avesol de los pobres que así doras el pan y haces del cielo migaja en tu alacena, sacramento de la devota grey de las hormigas, arranca la cizaña de nuestro corazón. Avecedaria nuestra, tú que enhebras el Verbo Divino con tu sangre y pasas una a una las sílabas por cuentas de tu rosario, danos tu vocal la más pura, ese anillo celeste, diapasón en que tañe su son la lengua, el signo de las constelaciones. Avesal de los mares. Aveluna. Aveperla celeste que te guardas con la avaricia fiel de una promesa. Avecilla sin nido, tú que cantas sin ti, sigue cantando escondida en la noche. Sálvanos. Canta tú por nosotros, pecadores.
  Cuando desperté, estaba aún amaneciendo. 

Persisten en La mancha de la mora una serie de rasgos característicos del autor, compartidos con otras obras suyas: el cuidado de la palabra y la creatividad verbal, la fluidez y naturalidad de los diálogos, la ironía, la mezcla de seriedad y humor sobre un fondo moral de reflexión existencial, la suma de poesía y narrativa, el paisaje humano de la Baja Andalucía, la reivindicación de la alegría de vivir y el convencimiento de que “lo escrito resulta más vivido que la propia vida.” Y por eso aquí la verdadera salvación es la de la literatura, aunque “a veces no es más que un ejercicio de cobardía. Eso.”

“Hay novelas que se tienen de pie, como los hombres”, recuerden. Lo decía el narrador.

“-¿Y eso qué quiere decir?”, le pregunta Amparito. Y él contesta: 

“-Que quiero hacer una novela viva que no se me desangre por el camino.”

Y aunque haya sangre equina y humana en el trayecto, eso es exactamente lo que ha hecho José Antonio Ramírez Lozano con La mancha de la mora, una novela viva para disfrute de sus lectores, que están de enhorabuena.



02 abril 2025

Pedro Garfias. Obra reunida

 


01 abril 2025

Julián Casanova. Franco






31 marzo 2025

María Sanz. Todavía amanece

 


30 marzo 2025

Libros para nadie


 ¿Qué impresión nos produce, todas las excepciones habidas y por haber guardadas, lo que sale de las manos de la juventud intelectual catalana? Lo diremos francamente, sin escamotear nada. Nos parece lo que sale francamente ilegible. Nuestros jóvenes literatos dan la impresión que no tienen absolutamente nada que decir y que sin embargo se esfuerzan para expresar este vacío, esta nada, este total arrasamiento espiritual. Lo que sale, son libros para nadie. Son cáscaras de libros [...] La literatura que produce mil sonetos vacíos y perfectos por un mal cuento, es una cosa sin pulso, sin carne y sin sangre. Los literatos catalanes de hoy podrían formar parte de la academia más escrupulosa y pintoresca, pero entre todos dudo que hagan un libro que se deje leer.

Josep Pla. 
“El último libro de cuentos de Soldevila”. 
La Publicitat , 30 de septiembre de 1921. 
En Xavier Febrés. Josep Pla o la vitalitat. Una biografia literària
Raval Edicions. Barcelona, 2020.


29 marzo 2025

Epílogo de Pedro López Lara

  




Todavía nos quedan dos cosas por hacer: 
este poema 
-que dejaré incompleto- y después 

Ese texto, el último de Epílogo, que publica Renacimiento, cierra con doble llave la trayectoria poética de Pedro López Lara. 

Es el poema final del libro final de su trayectoria. Pero en ese “después”, que ahora todavía es un “ahora”, no sólo asistimos a una despedida. Estamos celebrando también la persistencia de la vida, de la palabra y de la poesía. Porque “hoy es siempre todavía”, como nos enseñó el mismo Machado que escribió “Se canta lo que se pierde.”

La noción de lugar y de pérdida y la idea del límite, que están también latentes en el título de su reciente antología Por arrabales últimos, forman parte de la armazón temática y de la tonalidad elegíaca que recorre, además de este libro, toda la poesía de Pedro López Lara.

Porque de alguna manera este Epílogo es también una recapitulación y un recuento, una variación en sí menor de las partituras que ha venido interpretando la voz lírica de Pedro López Lara en su extensa -y sobre todo intensa- trayectoria poética desde el inicial Destiempo hasta este tiempo mismo de la despedida, hasta este ‘Repertorio último’ en que el poema regresa a “su silencio germinal” y sobrevuelan la muerte del poeta visionario y distanciado estos ‘Ángeles ineptos’:

Vi el día de mi muerte: lo sobrevolaban 
ángeles descreídos, amnésicos, 
incapaces de oficiar ningún rito.

Partituras que interpretan los temas que recorren como líneas de fuerza este Epílogo y el resto de su obra: las heridas y la nostalgia del pasado, las ilusiones perdidas y las cenizas. Amor y hostilidades, tiempo y palabras contra el tiempo, pintura y cine, epigramas satíricos y agudos como puntas de flecha o reflexiones sobre la escritura:

Debe el poema ser una ocurrencia, 
algo que nos sale al paso y aturde 
tan solo unos instantes, los precisos 
para recuperar la calma y luego, 
cuando aún no entendamos lo ocurrido, escribir su esquela.

Son variaciones y fugas de una voz honda con la que se expresa una mirada penetrante que, desde el logrado equilibrio de pensamiento y sentimiento, busca siempre el fondo interrogativo de la realidad y la conciencia desde su difícil sencillez expresiva. Sencillez aparente que es más método que mero instrumento, porque surge de un trabajo de pulimento del verso y depuración del poema, de la decantación del pensamiento en la lograda transparencia de una admirable precisión verbal y, finalmente, de la clara voluntad transitiva de esta poesía.

Poesía transitiva que nunca, aunque lo parezca a veces, es monólogo ensimismado del poeta, sino diálogo con la memoria, con la conciencia, con la mujer amada, con la cultura, con la poesía y sobre todo consigo mismo. Esa voz y esa mirada, esa palabra y esa presencia lírica generan un clima, o más exactamente un microclima poético y humano que desarrolla una práctica de la escritura como forma de conocimiento y de respiración moral, como brújula hacia el norte de sí mismo o como aguja de marear en las aguas procelosas del mundo.  Como en este lúcido ‘Sucedáneo’:

Quien avisa es el traidor.
El otro, el que clava el puñal 
o dice las palabras, 
es solo un figurante, 
un sicario que carga 
con el muerto y la fama.

Por eso he definido en otro momento y en este mismo lugar la escritura de López Lara como forjadora de “una obra poética en la que el rigor verbal se convierte en instrumento de una honda meditación que hace de su riguroso ejercicio poético una forma de conocimiento, de arriesgado buceo profundo y a pulmón en el interior de sí mismo.”

Pero hay otro rasgo que quiero destacar en esta obra poética, porque está al alcance de muy pocos: de los poetas que lo son por vocación y no por volición, por necesidad vital y no por la impostura vanidosa de la pose. Ese rasgo es la transferencia entre vida y memoria, entre literatura e identidad, entre arte y emoción, entre mirada y escritura que en los malos poetas, en los falsos profetas de la poesía es puro barniz y no médula y signo de identidad, como en este poeta, que en Epílogo nos deja versos tan memorables como este, que vale por toda una obra:

También se cansa el tiempo de nosotros.



28 marzo 2025

Edición ilustrada de La lentitud de los bueyes

  




Nuestra quietud es dulce y azul y torturada en esta hora.

Todo es tan lento como el pasar de un buey sobre la nieve. Todo tan blando como las bayas rojas del acebo.

Nuestro abandono es grande como la existencia, profundo como el sabor de las frutas machacadas. Nuestro abandono no termina con el cansancio.

No es un error la lentitud, ni habitan nuestra alma las oquedades del conocimiento.

En algún zarzal lejano anida un pájaro de aceite que nace con el día. Siento su sed granate algunas veces. Su abandono es tan dulce como el nuestro.

Su lentitud no está desposeída de costumbre.

Ese es el primero de los veinte fragmentos en los que Julio Llamazares articula La lentitud de los bueyes, que publicó en 1979 y que acaba de editar Nórdica Libros en una bellísima edición ilustrada por Leticia Ruifernández con magníficas acuarelas como estas:






Junto con Memoria de la nieve (1982), publicado también en una espléndida edición ilustrada en NórdicaLa lentitud de los bueyes resume la aventura poética, híbrida de lírica y de épica, de Julio Llamazares, que ha escrito para esta edición un prólogo en el que señala que “la imagen de unos bueyes caminando sobre la nieve con lentitud tiene una interpretación simbólica: la de los bueyes bíblicos o de las mitologías griega y egipcia, incluso de los bisontes pintados en Altamira en la prehistoria, que algunos han querido ver en mi poesía, pero para mí representa simplemente un recuerdo de mi infancia, el de los bueyes que un vecino de mis abuelos maternos sacaba cada día a beber agua en una presa de las afueras del pueblo y que yo veía caminar sobre la nieve como en un sueño, pues solía verlos en Navidad sobre todo. Ese recuerdo lejano con su atmósfera nevada y casi irreal por borrosa es el embrión de este libro y de mi poesía misma, pues todo parte de él.”

La memoria y el olvido, “la espiral del tiempo” o la función vertebral del paisaje rural de la montaña leonesa alimentan el aparato simbólico de una obra poética atravesada por la quietud, el silencio y la historia, como en este otro fragmento:

Nada trasciende la densa mansedumbre de esta tarde.

Todo está en calma delante de mis ojos: las cigüeñas varadas sobre el silencio, y los frutales florecidos más allá del tendido del ferrocarril.

En odres muy antiguos, tan antiguos que ni siquiera el dolor puede alcanzarles, está guardado el tiempo. Y su costumbre deja posos más ácidos y azules que el olvido.

Como hierba crecida entre ruinas, la soledad es su único alimento y, sin embargo, su sustancia es tan dulce como nata crecida.

Absteneos, no obstante, de ponerle interrogantes amarillas o de buscar dioses de trapo allí donde existen solamente aguas absurdas.

De todos es sabido que el tiempo no posee otra grandeza que su propia mansedumbre.

Narrador excepcional en libros tan relevantes como Luna de lobos o La lluvia amarilla, Julio Llamazares inició su trayectoria literaria en el campo de la poesía con La lentitud de los bueyes y Memoria de la nieve, unidos por una misma voz poética, por una misma y solemne lentitud rítmica y una misma tonalidad salmódica y lapidaria.

En esos dos libros no sólo se prefigura la vocación narrativa de su obra posterior, sino también los temas que la recorren y la mirada que el autor proyecta sobre ellos. Así ha explicado él mismo la continuidad que vincula toda su obra y la transición natural desde la poesía a la novela:  “Yo creo que sigo haciendo poesía en todo lo que escribo, porque mi visión de la realidad es poética. Mejor o peor, pero poética en el sentido de aplicar una cierta subjetividad límite a la contemplación.”

“Uno de los puentes que existen entre la poesía que escribí y la novela es el estilo, la manera de escribir. […] Yo no tengo conciencia de haberme pasado a la novela, ni de que existan diferencias entre una y otra. La lentitud de los bueyes y La lluvia amarilla es lo mismo. Memoria de la nieve y El río del olvido es lo mismo.”

Desde la búsqueda de las raíces y la elegía de un tiempo y un espacio perdidos para siempre, Julio Llamazares levanta con La lentitud de los bueyes una imagen mítica del paraíso perdido y de la edad de oro. Y lo hace con unidad de tono y de recursos, de espacio y atmósfera existencial, de visión del mundo para fundir memoria y paisaje, naturaleza y sentimiento, como en el fragmento final:

Miro hacia atrás, hacia el árbol podrido que repentinamente se quedó sin sombra, y encuentro solamente un charco ensangrentado de silencio y una vía muerta por la que nunca pasó nadie.

Cruzo los soportales del mercado donde se exponen los despojos chorreantes del recuerdo.

Levemente descorro la cortina de niebla que levanté día a día en torno a mi memoria, y encuentro solamente los pájaros de invierno que se han quedado helados sobre los hilos del telégrafo.

Tras las choperas blancas, asciende lentamente el vaho dulce y tibio de un establo que espera en la distancia la vuelta ya imposible de los bueyes suicidados en el río.

Miro hacia atrás y sólo encuentro un lejano y dolorido olor a brezo.

En 1985, el mismo año en que Luna de lobos inauguraba su obra narrativa, Llamazares puso al frente de la edición conjunta de ambos libros en un volumen un texto, ‘Como dos fotos viejas’, en el que escribía: “Así, desolados y sepias, como dos fotos viejas que el olvido ha sobado cuando las encuentras, encuentro yo estos libros que el tiempo ha abandonado y el polvo del silencio comienza ya a borrar. […] Yo sé muy bien qué tiempo se llevó el viento y las cenizas, la hierba que sepulta recuerdos y bueyes como el recuerdo sepulta lo que nunca existió.”

Y así concluye el estupendo prólogo que ha escrito para esta nueva y memorable edición:

La memoria (de la nieve) y los recuerdos (esos bueyes que pasan con lentitud sobre ella echando vaho y vapor sobre un paisaje cada vez más desdibujado y borroso) son todo mi patrimonio poético y sobre el que se sustenta toda la arquitectura de mi literatura y de mi identidad. Por eso este libro es para mí tan importante, tan inseparable de mi condición humana, una condición humana que impregna mi imaginario y me atrevería a decir que mi misma conciencia. Porque yo soy esos bueyes que caminan con pesadez hacia la nada y que para mí son la imagen de la humanidad que se fue de este mundo con ellos y como la que se irá cuando yo no esté ya en él sin dejar sus pisadas en la nieve más que durante unos fugacísimos instantes temblorosos.



27 marzo 2025

Inventario medieval

  




“Para orientarnos en un Medievo frecuentemente invisible a primera vista, pese a que atraviesa con un entramado de líneas muy finas toda nuestra historia, hay que sumergirse en el pasado, descender a su espacio subterráneo y seguir los recorridos formados por historias, personajes y lugares que dibujan itinerarios fundamentales y desenredan el «largo hilo de Ariadna» a través de aquella época y aún más allá. El resultado es un viaje inusual y tal vez sorprendente para un lector curioso y capaz de orientarse”, escribe Glauco Maria Cantarella, prestigioso medievalista italiano, en el Preámbulo de su Inventario medieval: Itinerarios, historias y protagonistas, que publica El libro de bolsillo de Alianza editorial con traducción de Pepa Linares.

Construido como un breve pero luminoso diccionario de conceptos y hechos históricos, de personajes y lugares, este Inventario medieval es un prontuario preciso, riguroso y certero que traza con agilidad narrativa y cercanía un completo panorama para orientarse en la Edad Media, una época a menudo oscurecida por sus propias sombras, que fueron muchas, y por las sombras añadidas que le atribuyeron, a veces injustamente, los humanistas del Renacimiento, que quisieron afirmarse con el trazado de un muro cultural que no existía.

Y sin embargo, gran parte de las raíces de la civilización occidental se desarrollaron y extendieron en el subsuelo de una Edad Media que vio surgir las ciudades y canalizó algunas de las líneas maestras del pensamiento europeo. El esfuerzo y la empresa de Cantarella se encaminan a explorar y describir ese entramado  casi invisible y a menudo subterráneo que vincula la época medieval con el presente, porque  “es un proceso histórico todavía poco conocido, muchas veces solo el espejo deformante de nuestro presente.”

Con esa perspectiva, Cantarella aborda en este Inventario medieval hechos y datos fundamentales, como los inseguros límites cronológicos de la Edad Media en torno a las dos capitales imperiales -entre la caída de Roma y del Imperio romano de Occidente, que pone fin al mundo antiguo en 476, y la caída de Constantinopla y del Imperio romano de Oriente, que cierra la Edad Media en 1453-, la importancia de Roma como capital de referencia, como nudo principal al que conducen todos los caminos y como centro apostólico de la cristiandad entre el Vaticano y el Laterano. Una Roma “vacía y verde” que “fue el punto de partida y el punto de llegada de los imperios: de Octaviano Augusto a Constantino el Grande y de Carlomagno a Carlos V”:

Roma, la continuidad o la perpetuidad histórica. Roma, diana de todas las yihads de todos los tiempos y maravilla ensalzada por las fuentes árabes. Roma, signo de contradicción. Roma, centro de todas las contradicciones. Roma, torbellino de las contradicciones. Roma, el lugar físico, ideal y mental al que todo tiende, en el que todo se concentra, se dilata y explota, se confunde, se anula, se recupera, nace, muere y vuelve a nacer, regresa cambiado y siempre igual a sí mismo. Roma, la Urbe, la Ciudad, la Única. La Eterna.

En sus nueve capítulos temáticos, estas páginas iluminadoras acercan a la mirada del lector actual una serie de líneas y trayectos que se entrecruzan y muestran la riqueza y la complejidad del periodo medieval: los mundos de la oración y el monacato benedictino, Cluny y la aristocracia de la oración, los territorios de ultramar como objetos del deseo, las peregrinaciones a Roma, a Compostela y a Jerusalén, los cruzados y los templarios, la vida urbana y el mundo laico, la cultura cortesana y refinada de la caballería y el amor cortés, el renacimiento cultural temprano del siglo XII, la formación de los reinos medievales, las cortes y los príncipes, el papel de la mujer y el matrimonio, las guerras, los herejes y la Inquisición, la fundación de las órdenes mendicantes y los conflictos intelectuales y hegemónicos entre franciscanos y dominicos.

Cruzan estas páginas personajes como Gregorio VII y Pedro el Venerable, Pedro Abelardo y Bernardo de Claraval, Chaucer y Rodolfo el Calvo, el infante Don Juan Manuel y Godofredo de Bouillon, que son reflejos significativos de aquella compleja época medieval, de mundos ocultos en un largo milenio distante en el tiempo y cercano en lo humano.

Cantarella abre así las puertas para emprender un itinerario -a veces secuencial, a veces reticular- que recorre distintos caminos y explora el territorio geográfico, histórico y cultural del Medievo para constatar que “la Edad Media es una época extraña: no se sabe cuándo comenzó ni tampoco cuándo acabó. Es también un espacio de fronteras lábiles, invisibles, una realidad lejana a nosotros, aunque se pueda pensar que la tenemos diariamente a nuestro alrededor; una realidad subterránea, un tiempo-espacio sumergido que aflora cuando se evoca, se le hacen preguntas, se investiga.” 


26 marzo 2025

Alfredo Giuliani. Versos y noversos

 


25 marzo 2025

Azorín, clásico y moderno

 


24 marzo 2025

Chaves Nogales. El maestro Juan Martínez que estaba allí

   



“Un bailaor de flamenco ante la revolución" titula María Isabel Cintas el espléndido prólogo que abre la edición de El maestro Juan Martínez que estaba allí, el libro de Manuel Chaves Nogales que acaba de aparecer en la colección de bolsillo de Alianza editorial.

En ese prólogo, María Isabel Cintas, editora de la obra completa de Chaves Nogales en una edición ejemplar en la Diputación de Sevilla, recuerda que “el reportaje en entregas sobre las andanzas de Juan Martínez en la Rusia soviética tuvo mucho éxito y fue seguido con desigual aquiescencia por los lectores, aunque siempre con especial interés. Para algunos alertaba sobre «la maldad de los comunistas». Para otros fue clarificador, entretenido, pedagógico.” Y añade que “aunque hoy todos los críticos manifiestan haber conocido y leído este y todos los libros de Chaves desde tiempo inmemorial, el caso es que tras su publicación en entregas y el inmediato éxito consiguiente en libro de Editorial Estampa fue sepultado por el olvido.”

Calificado por el propio Chaves como “folletín-reportaje”, se fue publicando en la revista Estampa entre el 17 de marzo y el 15 de septiembre de 1934, en veintisiete entregas que serían luego los veintisiete capítulos de la edición en forma de libro. En un apéndice, este volumen de Alianza editorial ofrece una amplia muestra de las ilustraciones que acompañaron aquella edición original por entregas, en un contexto español de fuerte ebullición prerrevolucionaria (es el año de la revolución de Asturias) que conviene tener en cuenta para situar bien el sentido del libro, muy crítico con los excesos revolucionarios de los bolcheviques.

Como sucedería al año siguiente con su memorable Juan Belmonte matador de toros, Chaves Nogales partió de una larga serie de conversaciones en París sobre las experiencias y los recuerdos de Juan Martínez  en medio de la revolución bolchevique. 

Y, como haría con Belmonte, acabaría elevando al personaje desde la mera condición de testigo involuntario de unos hechos de transcendencia histórica a la categoría de protagonista de un reportaje novelado sobre los primeros tiempos de la revolución soviética y sobre la guerra civil entre zaristas y bolcheviques. 

Juan Martínez, bailaor de Burgos que seguía trabajando en un cabaret parisino en los años treinta, ofrece así a través de Chaves Nogales el relato de su experiencia de la revolución y la guerra en Rusia. Había salido de París en 1914 con su pareja, Sole, para trabajar en Constantinopla y huyendo de la Gran Guerra y buscando la tranquilidad, llegó a la Rusia aún zarista en 1916. 

Perseguido por “el espectro de la guerra”, se mete en la boca del lobo. Allí le sorprenderán la revolución -“A mí la toma del poder por los bolcheviques, los famosos diez días que conmovieron al mundo, me cogieron en Moscú vestido de corto, bailando en el tablado de un cabaret y bebiendo champaña a todo pasto”- y la consiguiente guerra civil: “La guerra civil daba un mismo tono a los dos ejércitos en lucha, y al final unos y otros eran igualmente ladrones y asesinos; los rojos asesinaban y robaban a los burgueses, y los blancos asesinaban a los obreros y robaban a los judíos.”

Como “una verdadera novela de aventuras, vivida por unos personajes de carne y hueso” anunciaba su publicación la revista Estampa. La Rusia Blanca y la Rusia Roja, el Palacio de Invierno de Petrogrado asaltado en marzo de 1917 y las calles de Moscú bajo el fuego de los bolcheviques, Kiev y Odesa son los escenarios de esa peripecia personal trepidante que se describe con enorme vivacidad de detalles. 

Una peripecia descrita con distancia de espectador y habitada por espías alemanes y duques rusos, por criminales leninistas y asesinos de las checas, por cosacos en avanzadilla y artistas proletarios, por la presencia creciente del hambre, la crueldad y la barbarie, el miedo y la muerte:

“No creo que haya habido nunca una mortandad tan espantosa como la que hubo en Odesa aquel verano del año 21. El hambre y el tifus hacían diariamente millares de víctimas, a las que ni siquiera se podía dar sepultura. En los hospitales era tal el número de enfermos, que metían a dos en cada cama; cuando se morían hacían con ellos piras, colocándolos por tandas de dos en dos para quemarlos.”

Tras una breve introducción, Chaves Nogales se oculta tras la voz de su personaje. Lo anuncia con esta frase: “Y dice Martínez, ya por su cuenta:” Esa voz narrativa cedida al bailaor ya no desaparecerá hasta que el autor reaparezca en los párrafos finales para comentar ‘Lo que no cuenta Juan Martínez’.

Y al contar lo que vio, con la distancia temporal y emocional del superviviente, Juan Martínez deja el testimonio de sus peripecias durante seis años, de situaciones acuciantes y escenarios de pesadilla, de bandas de rumanos desvalijadores de cadáveres, de delaciones, hoces afiladas y crueldad animal de los rojos y los blancos: “Asesinos rojos o asesinos blancos, ¿qué más daba? Todos asesinos.”

Y de turbas de chusma exaltada, como la que se encuentra en una estación de paso cuando viaja en tren a Kiev:

En todas las estaciones el espectáculo era el mismo: manadas de tíos miserables que vociferaban y algún que otro judío enfundado en su largo abrigo negro dirigiendo aquella imponente batahona o presenciándola impasible. Aquella gentuza, en cuanto nos veía, empezaba a gritar contra nosotros desaforadamente. No parecía sino que éramos el espectro de la burguesía. En una estación estaba yo llenando de agua nuestra tetera, sin hacer caso de los gritos, cuando se me acercó un hastial, que de un manotazo me tiró el cacharro, y me dijo:
-¡Largo de aquí, cochino burgués!
-¡Largo, si no quieres que te arrastremos! -corearon diez o doce gandules que le seguían.
Me revolví furioso al verme atropellado tan injustamente.
-Pero ¿por qué?
-¡Porque eres un burgués asqueroso, y te vamos a colgar ahora mismo!
-Yo soy tan proletario como ustedes.
Me contestó una salva de carcajadas. Yo, realmente, con mi cuello almidonado y el gabancito corto que llevaba, debía de tener entre aquellos bárbaros, que lucían las ropas en jirones, un aire bastante ridículo.
-¡Yo soy tan proletario como ustedes! ¡O más! -grité exasperado.
-¡Mentira!
-¡Mentira!
-O demuestra ahora mismo que se gana la vida trabajando como un obrero o le arrastramos.
-¿Queréis que os pruebe que soy un proletario? -pregunté jactancioso.
-¡Como no lo pruebes no sales de nuestras uñas, canalla!
Hubo un momento de silencio. Les miré a los ojos retándoles y les grité con rabia:
-¡Mirad, idiotas!
Y les mostraba, metiéndoselas por las narices, las palmas de mis manos deformadas por dos callos enormes, cuya contemplación causó un gran estupor a aquellas gentes.
Eran los callos que a todos los bailarines flamencos nos salen en las manos de tocar las castañuelas.
Ellos me salvaron.

No la ideología, sino el mero instinto de supervivencia guiaron el comportamiento de un Juan Martínez que ni sabía ruso ni entendía lo que estaba pasando. Y con ese instinto primario tuvo que hacer frente a aquellos acontecimientos reflejados en una crónica novelada que contiene párrafos como este:

La máquina del terror rojo funcionaba a toda presión. A los verdugos la Checa les pagaba por cada ejecución una cantidad considerable en rublos y la ropa del reo. Había mucho tajo, y todo el mundo podía ser verdugo.
Las ejecuciones se hacían a las doce de la noche. A esa hora los soldados de la Checa o los verdugos voluntarios se presentaban en los sótanos de la Elisabetkaya o la Catherinskaya, donde estaban las prisiones, y llamaban por sus nombres a los detenidos que tenían en las listas la terrible tachadura roja del camarada Mischa. Al oír sus nombres los infelices prisioneros, que sabían lo que les aguardaba, se despedían de sus camaradas de infortunio, y, con el ansia de dejar algún rastro de sus vidas antes de desaparecer para siempre, ponían en las paredes del calabozo sus nombres entre una cruz y una fecha. Cuando los bolcheviques fueron expulsados de Kiev se pudo descubrir el trágico destino de muchos desaparecidos gracias a aquellas firmas trémulas, hechas a veces con las uñas, en las paredes de los calabozos.
Las ejecuciones se verificaban, sin ningún aparato, en los patios interiores del caserón de la Checa o en los sótanos. Para que no se oyesen los estampidos de los fusilamientos y los ayes de los reos, los chequistas, antes de comenzar su faena, ponían en marcha los motores de sus camiones, que petardeaban en la noche con el escape suelto mientras duraba aquella espantosa carnicería.

Y tras esa bajada a los infiernos de la revolución y la guerra, tras un breve paso por España, Juan Martínez regresa a París, “donde se sabe apreciar el arte, y los artistas, mal que bien, podemos ir tirando. Aquí en París estoy ganándome la vida honradamente con mis castañuelas.”

“Resurrección” se titula el último capítulo del libro. En su sección final -‘Lo que no cuenta Juan Martínez’- la voz de Chaves Nogales reaparece para hablar de los “espantosos relatos de guerras y revoluciones que el maestro Juan Martínez hace en estas páginas con escrupulosa fidelidad histórica y prodigiosa exactitud de detalle.”



23 marzo 2025

José Antonio Sáez. Mar de las ágatas

 


22 marzo 2025

Fechner. Nanna o el alma de las plantas

 


21 marzo 2025

El más amado de todos los sepulcros




“El más amado de todos los sepulcros.”

Así define Alfredo Rodríguez el Sepulcro en Tarquinia de Antonio Colinas en el estupendo prólogo (“Una revelación de plenitud”) que ha escrito para la reedición exenta del poema en Ediciones del 4 de agosto.

Este es su memorable comienzo:

se abrieron las cancelas de la noche,
salieron los caballos a la noche,
campo de hielos, de astros, de violines,
la noche sumergió pechos y rosas,
noche de madurez envuelta en nieve 
después del sueño lento del otoño,
después del largo sorbo del otoño,
después del huracán de las estrellas,
del otoño con árboles de oro,
con torres incendiadas y columnas, 
con los muros cubiertos de rosales tardíos

Fechado en Monterosso al Mare en la primavera de 1972, es un largo poema de casi quinientos versos que dio título a uno de los libros más luminosos e intensos de Antonio Colinas, que se publicó hace ahora medio siglo, en 1975.

Sepulcro en Tarquinia es la culminación de su primera etapa poética, marcada por un culturalismo vivido y una intensa sentimentalidad neorromántica, por un lirismo telúrico y una admirable pureza formal, en definitiva, por una concepción de la poesía como suma de intensidad emocional, de hondo conocimiento y depurada elaboración verbal.

Esta es su estrofa final:

debes saberlo ahora que recuerdas:
jamás llegará nadie a este lugar,  
aquí nos trae el mar los peces muertos
y no hay más vida que la de las olas
estallando en la noche de las grutas,
soñarás una barca cada noche,
soñarás unos labios cada noche, 
en vano escucharás junto a las rocas,
jamás llegará nadie a este lugar,
recorrerás las salas del convento,
escrutarás la faz de la Diana,
los gatos mirarán la fría aurora, 
habrá un fresco con grumos de salitre
en la cripta, sin techo del castillo,
el huracán arrancará geranios,
jamás llegará nadie a este lugar,
jamás llegará nadie a este lugar 
y las gaviotas me darán tristeza

“Hay una plenitud de vida y color en Sepulcro en Tarquinia. Una maravillosa sinfonía, con sus ritmos, llega al oído de nuestro espíritu como lectores” escribe Alfredo Rodríguez en un prólogo que combina el certero análisis crítico del poema con el aura de emoción personal asociada a su lectura y a su vivencia intensa del poema. Así termina su prólogo: “Mantengamos encendido el fuego que Sepulcro en Tarquinia nos ha legado. Que arda en su nombre una lámpara perpetua.”

Cierra esta cuidada edición un Epílogo, “50|30 aniversario”, en el que el editor, Enrique Cabezón, acaba expresando su deseo de “que esta edición sirva para compartir, releer y reivindicar una obra que, cinco décadas después, sigue latiendo en el corazón de los buenos lectores de poesía con la misma fuerza que el primer día.”