“Un bailaor de flamenco ante la revolución" titula María Isabel Cintas el espléndido prólogo que abre la edición de
El maestro Juan Martínez que estaba allí, el libro de Manuel Chaves Nogales que acaba de aparecer en la colección de bolsillo de
Alianza editorial.
En ese prólogo, María Isabel Cintas, editora de la obra completa de Chaves Nogales en una edición ejemplar en la Diputación de Sevilla, recuerda que “el reportaje en entregas sobre las andanzas de Juan Martínez en la Rusia soviética tuvo mucho éxito y fue seguido con desigual aquiescencia por los lectores, aunque siempre con especial interés. Para algunos alertaba sobre «la maldad de los comunistas». Para otros fue clarificador, entretenido, pedagógico.” Y añade que “aunque hoy todos los críticos manifiestan haber conocido y leído este y todos los libros de Chaves desde tiempo inmemorial, el caso es que tras su publicación en entregas y el inmediato éxito consiguiente en libro de Editorial Estampa fue sepultado por el olvido.”
Calificado por el propio Chaves como “folletín-reportaje”, se fue publicando en la revista Estampa entre el 17 de marzo y el 15 de septiembre de 1934, en veintisiete entregas que serían luego los veintisiete capítulos de la edición en forma de libro. En un apéndice, este volumen de Alianza editorial ofrece una amplia muestra de las ilustraciones que acompañaron aquella edición original por entregas, en un contexto español de fuerte ebullición prerrevolucionaria (es el año de la revolución de Asturias) que conviene tener en cuenta para situar bien el sentido del libro, muy crítico con los excesos revolucionarios de los bolcheviques.
Como sucedería al año siguiente con su memorable Juan Belmonte matador de toros, Chaves Nogales partió de una larga serie de conversaciones en París sobre las experiencias y los recuerdos de Juan Martínez en medio de la revolución bolchevique.
Y, como haría con Belmonte, acabaría elevando al personaje desde la mera condición de testigo involuntario de unos hechos de transcendencia histórica a la categoría de protagonista de un reportaje novelado sobre los primeros tiempos de la revolución soviética y sobre la guerra civil entre zaristas y bolcheviques.
Juan Martínez, bailaor de Burgos que seguía trabajando en un cabaret parisino en los años treinta, ofrece así a través de Chaves Nogales el relato de su experiencia de la revolución y la guerra en Rusia. Había salido de París en 1914 con su pareja, Sole, para trabajar en Constantinopla y huyendo de la Gran Guerra y buscando la tranquilidad, llegó a la Rusia aún zarista en 1916.
Perseguido por “el espectro de la guerra”, se mete en la boca del lobo. Allí le sorprenderán la revolución -“A mí la toma del poder por los bolcheviques, los famosos diez días que conmovieron al mundo, me cogieron en Moscú vestido de corto, bailando en el tablado de un cabaret y bebiendo champaña a todo pasto”- y la consiguiente guerra civil: “La guerra civil daba un mismo tono a los dos ejércitos en lucha, y al final unos y otros eran igualmente ladrones y asesinos; los rojos asesinaban y robaban a los burgueses, y los blancos asesinaban a los obreros y robaban a los judíos.”
Como “una verdadera novela de aventuras, vivida por unos personajes de carne y hueso” anunciaba su publicación la revista Estampa. La Rusia Blanca y la Rusia Roja, el Palacio de Invierno de Petrogrado asaltado en marzo de 1917 y las calles de Moscú bajo el fuego de los bolcheviques, Kiev y Odesa son los escenarios de esa peripecia personal trepidante que se describe con enorme vivacidad de detalles.
Una peripecia descrita con distancia de espectador y habitada por espías alemanes y duques rusos, por criminales leninistas y asesinos de las checas, por cosacos en avanzadilla y artistas proletarios, por la presencia creciente del hambre, la crueldad y la barbarie, el miedo y la muerte:
“No creo que haya habido nunca una mortandad tan espantosa como la que hubo en Odesa aquel verano del año 21. El hambre y el tifus hacían diariamente millares de víctimas, a las que ni siquiera se podía dar sepultura. En los hospitales era tal el número de enfermos, que metían a dos en cada cama; cuando se morían hacían con ellos piras, colocándolos por tandas de dos en dos para quemarlos.”
Tras una breve introducción, Chaves Nogales se oculta tras la voz de su personaje. Lo anuncia con esta frase: “Y dice Martínez, ya por su cuenta:” Esa voz narrativa cedida al bailaor ya no desaparecerá hasta que el autor reaparezca en los párrafos finales para comentar ‘Lo que no cuenta Juan Martínez’.
Y al contar lo que vio, con la distancia temporal y emocional del superviviente, Juan Martínez deja el testimonio de sus peripecias durante seis años, de situaciones acuciantes y escenarios de pesadilla, de bandas de rumanos desvalijadores de cadáveres, de delaciones, hoces afiladas y crueldad animal de los rojos y los blancos: “Asesinos rojos o asesinos blancos, ¿qué más daba? Todos asesinos.”
Y de turbas de chusma exaltada, como la que se encuentra en una estación de paso cuando viaja en tren a Kiev:
En todas las estaciones el espectáculo era el mismo: manadas de tíos miserables que vociferaban y algún que otro judío enfundado en su largo abrigo negro dirigiendo aquella imponente batahona o presenciándola impasible. Aquella gentuza, en cuanto nos veía, empezaba a gritar contra nosotros desaforadamente. No parecía sino que éramos el espectro de la burguesía. En una estación estaba yo llenando de agua nuestra tetera, sin hacer caso de los gritos, cuando se me acercó un hastial, que de un manotazo me tiró el cacharro, y me dijo:
-¡Largo de aquí, cochino burgués!
-¡Largo, si no quieres que te arrastremos! -corearon diez o doce gandules que le seguían.
Me revolví furioso al verme atropellado tan injustamente.
-Pero ¿por qué?
-¡Porque eres un burgués asqueroso, y te vamos a colgar ahora mismo!
-Yo soy tan proletario como ustedes.
Me contestó una salva de carcajadas. Yo, realmente, con mi cuello almidonado y el gabancito corto que llevaba, debía de tener entre aquellos bárbaros, que lucían las ropas en jirones, un aire bastante ridículo.
-¡Yo soy tan proletario como ustedes! ¡O más! -grité exasperado.
-¡Mentira!
-¡Mentira!
-O demuestra ahora mismo que se gana la vida trabajando como un obrero o le arrastramos.
-¿Queréis que os pruebe que soy un proletario? -pregunté jactancioso.
-¡Como no lo pruebes no sales de nuestras uñas, canalla!
Hubo un momento de silencio. Les miré a los ojos retándoles y les grité con rabia:
-¡Mirad, idiotas!
Y les mostraba, metiéndoselas por las narices, las palmas de mis manos deformadas por dos callos enormes, cuya contemplación causó un gran estupor a aquellas gentes.
Eran los callos que a todos los bailarines flamencos nos salen en las manos de tocar las castañuelas.
Ellos me salvaron.
No la ideología, sino el mero instinto de supervivencia guiaron el comportamiento de un Juan Martínez que ni sabía ruso ni entendía lo que estaba pasando. Y con ese instinto primario tuvo que hacer frente a aquellos acontecimientos reflejados en una crónica novelada que contiene párrafos como este:
La máquina del terror rojo funcionaba a toda presión. A los verdugos la Checa les pagaba por cada ejecución una cantidad considerable en rublos y la ropa del reo. Había mucho tajo, y todo el mundo podía ser verdugo.
Las ejecuciones se hacían a las doce de la noche. A esa hora los soldados de la Checa o los verdugos voluntarios se presentaban en los sótanos de la Elisabetkaya o la Catherinskaya, donde estaban las prisiones, y llamaban por sus nombres a los detenidos que tenían en las listas la terrible tachadura roja del camarada Mischa. Al oír sus nombres los infelices prisioneros, que sabían lo que les aguardaba, se despedían de sus camaradas de infortunio, y, con el ansia de dejar algún rastro de sus vidas antes de desaparecer para siempre, ponían en las paredes del calabozo sus nombres entre una cruz y una fecha. Cuando los bolcheviques fueron expulsados de Kiev se pudo descubrir el trágico destino de muchos desaparecidos gracias a aquellas firmas trémulas, hechas a veces con las uñas, en las paredes de los calabozos.
Las ejecuciones se verificaban, sin ningún aparato, en los patios interiores del caserón de la Checa o en los sótanos. Para que no se oyesen los estampidos de los fusilamientos y los ayes de los reos, los chequistas, antes de comenzar su faena, ponían en marcha los motores de sus camiones, que petardeaban en la noche con el escape suelto mientras duraba aquella espantosa carnicería.
Y tras esa bajada a los infiernos de la revolución y la guerra, tras un breve paso por España, Juan Martínez regresa a París, “donde se sabe apreciar el arte, y los artistas, mal que bien, podemos ir tirando. Aquí en París estoy ganándome la vida honradamente con mis castañuelas.”
“Resurrección” se titula el último capítulo del libro. En su sección final -‘Lo que no cuenta Juan Martínez’- la voz de Chaves Nogales reaparece para hablar de los “espantosos relatos de guerras y revoluciones que el maestro Juan Martínez hace en estas páginas con escrupulosa fidelidad histórica y prodigiosa exactitud de detalle.”