28 abril 2009

Paulino y la joven muerte




Se publicó hace cinco años en la colección Grandes Letras en Letras Grandes, de Ediciones Témpora, pero apenas se distribuyó, porque una disparatada peripecia editorial la relegó al limbo. En ese indeseable terreno de nadie que queda entre lo publicado en teoría y lo inédito en la práctica permanecieron otras novelas de Gómez Rufo, Juan Eslava o Joaquín Leguina y una antología de Félix Grande, La canción de la tierra, que habían aparecido en la misma colección.

Es Paulino y la joven muerte, la contribución novelística de Miguel Veyrat a la memoria histórica de la guerra civil y las matanzas masivas de civiles.

La leo ahora, cuando está a punto de aparecer la traducción francesa, de la que me llegaba el otro día el avance de la portada y la contraportada. Paulino y la joven muerte es un ajuste de cuentas con el pasado, el relato que escribe Andrés Rosseta, un periodista segoviano, sobre la memoria de un limpiabotas jubilado.

Paulino fue testigo de unos crímenes que registró su mirada infantil en los páramos sorianos por los que Machado vio cruzar errante la sombra de Caín. Y de eso, del cainismo endémico, habla la memoria de Paulino a través del periodista.

Hasta ese momento aquellas imágenes de fusilamientos y fosas comunes habían permanecido congeladas en una zona muda e inexplorada de la memoria y, después de tanto tiempo, emergen a borbotones.

Como la memoria de Paulino, también esta novela emerge para conjurar los demonios agazapados del pasado.