01 febrero 2010

El incendiario

En una cuidadísima edición, La Lucerna acaba de publicar El Incendiario, de Miguel Veyrat, la versión revisada de su Elogio del Incendiario.

La de Miguel Veyrat es una voz sustantiva y oculta, insertada en una lectura rigurosa de la tradición. Para ser más exactos, de una de las múltiples tradiciones: la que hermana al poeta con Prometeo y a la poesía como revelación del fuego originario.

En cada uno de sus versos vibra esa búsqueda del fuego y del sentido del mundo y de la vida propia con el temblor de una palabra encendida que cree en ella misma para iluminar la realidad:

No hay límite
Para el fuego
Solo dentro
De la brasa
Puede actuar
La distancia
Del corazón
A la llama

Roce de compases
Palabras

Elogio del incendiario marcó una inflexión en su obra, a la que luego se sumarían La voz de los poetas o Babel bajo la luna como otros ejemplos de ese fuego arrebatado a los dioses.

Y en gran medida esa es también la aventura humana y estética de su poesía: la narración inefable de un viaje hermético hacia el conocimiento, invocado en la liturgia de la palabra y en el significado oculto del opus nigrum, el itinerario espiritual de una mística laica que se eleva a la altura de un pájaro de fuego para mostrarle al lector al menos la juanramoniana forma de su huida.

Hermana Realidad
Quédate para siempre
Entre nosotros no en los sueños
No en los sueños ni tampoco
En los espejos.

No sé si la realidad, esa Realidad con mayúsculas que invoca Miguel Veyrat, se quedará con nosotros, pero su palabra se queda para siempre vibrando en el interior de sus lectores.


Reseña íntegra en la revista Encuentros de lecturas y lectores