19 octubre 2012

Va por Parra, con una cervecita

Con esa dedicatoria me envía Antonio Cabrera la necrológica de José Luis Parra que publicaba en El País.

El 15 de octubre, en una mañana primaveral de otoño, falleció el poeta José Luis Parra, madrileño de nacimiento y valenciano de respiración y de escenario vital. No deja de estar lleno de significado el hecho de que primavera y otoño se encontraran en su despedida.
Parra puso en su poesía, con suprema intensidad y eficacia, la conciencia del acabamiento, cuyos signos él detectaba omnipresentes, subrayados por el empuje entrópico del tiempo. No obstante, junto a esa lucidez colocó también, con absoluta sinceridad, con reverencia lírica, la constatación del resurgir, la flor entre los escombros.
José Luis Parra empezó a publicar tardíamente, a partir de los cincuenta cumplidos. A lo largo de los dieciocho años transcurridos desde entonces dio a la imprenta ocho libros de poemas (los tres primeros publicados por Edicions de la Guerra y los cinco restantes por Pre-Textos, el último de los cuales, Inclinándome, hace apenas tres semanas que está en la librerías) y dos antologías, ambas en la editorial Renacimiento, Caldo de piedra (2001) y la recientísima Cimas y abismos (2012).

En todos sus libros, de voz inconfundible, mostró la precisión y la energía del mejor saber poético, el que resiste a la desubicación generacional
En todos sus libros, de voz inconfundible, sus versos mostraron la precisión y la energía del mejor saber poético, el que puede resistir a la desubicación generacional.
El ejercicio de la poesía no sólo supuso para él –poeta de enorme cultura literaria pero transportada sin afectación- una actividad estética ejercida con maestría, en virtud de la cual entregó una escritura que es modelo particularísimo de elegancia en la dicción y de sabiduría compositiva; al mismo tiempo, para Parra la poesía representó una instancia de absolución vital, una ocasión para conjurar ritualmente, en el acto de expresarlo con las mejores palabras posibles, el estrago provocado por los días y los años.
Con el fin de hablar tanto de la ruina derivada del tiempo como de lo hermoso superviviente, llevó hasta sus poemas escenarios urbanos de extrarradio, bares baratos, terrazas vulgares, humildes patios interiores, ventanas a fachadas tristes, amaneceres sombríos que acaban en mañanas refulgentes, luz súbita, luz madura… Son los suyos poemas con un volumen de emoción y comunicación envidiables; poesía que remueve y daña en el mejor de los sentidos.
Yo voy a recordar a mi amigo José Luis con una cerveza de rubia claridad en las manos. Él la cantó como nadie, con hondo y natural agradecimiento. Que encuentre una eterna terraza soleada donde tomársela.