11 mayo 2013

Tonás de los espejos



Al espejo de mi casa
le voy a poner dos velas, 
para que cuando me mire
el otro no sienta pena.

Dice José Antonio Zambrano en una de sus Tonás de los espejos.


Es el cante serio y solo, sin palmas ni jaleos, la palabra sin adorno de arpegios ni falsetas cromáticas, de quien sabe la importancia que tiene ligar los tercios en la secuencia natural de las sístoles y las diástoles. 

El cante que se cuece a fuego lento en el hierro al rojo vivo que arde en la misma raíz del pedernal y se abisma en la hondura de espejo del tronco primitivo de los cantes. 

Es el cante entonado de quien tiene el oído, la garganta y la mirada templados en la fragua antigua de la que brotan la chispa y el compás.

Aquí no cabe el ángel del que hablaba García Lorca en una memorable conferencia sobre el cante flamenco. Porque estas tonás surgen del territorio oscuro donde respira el duende, de la sangre amontonada en la seriedad de las letras y los remates. 

¿O es que alguien diría que Agujetas el viejo tenía ángel?