07 septiembre 2013

Árboles




Un árbol es más que una manifestación de la variedad vegetal de la vida. Su perfil, el porte de su tronco, la sombra de su vegetación o el colorido de sus flores son también una excusa para la evocación y al ensueño, una invitación a la huida imaginativa a otros tiempos y otros lugares.

Algunos ejemplos rápidos y significativos, que el paseante puede encontrar en los parques y jardines de Cáceres: el naranjo amargo y su sedante recuerdo de umbríos patios hispanoárabes, el ciprés funerario de los horizontes toscanos en la pintura italiana del siglo XVI, el olor a jardín renacentista de los setos de arrayán, la explosión azul de las primaveras meridionales en el jacarandá, la refinada elegancia del magnolio, el tilo centroeuropeo y su evocación de bulevares y avenidas, la delicadeza oriental del aligustre, la fecundidad melífera de la acacia o el recuerdo bíblico del árbol de Judas, tortuoso y frágil como el amor que también le da su nombre, la dureza de roble australiano del árbol del fuego, las caravanas del Líbano y su comercio de cedros cuyo ventalle evocó San Juan de la Cruz en una noche oscura.

 (Santos Domínguez. Nueve variaciones sobre fondo azul. 
En Patrimonio natural. Ciudades Patrimonio de la Humanidad. 
Ed. Alvarellos, Santiago de Compostela, 2010)