Él sabía que iba a morir, y yo seguía convencida de que viviría hasta muy viejo. Estaba tan enfermo, desde hacía tantos años, que nadie, ni siquiera los más íntimos, podía creer que el tiempo se le acabaría tan pronto. Sobre todo yo, que vivía allí día tras día y que le había visto jugar a la vida y a la muerte y superarlo todo. Y quizá teníamos algo en común: yo tengo que chocar contra algo para darme cuenta de que ha llegado el momento en que es imposible seguir.
A partir del día en que la enfermedad se agravó en su pobre cuerpo exangüe, yo ya no pegué ojo. Cuando después me dijeron que no me había acostado en siete semanas, respondí que no lo sabía. Era verdad: no me había dado cuenta. Para mí, era lo natural. Él sufría, y yo sólo tenía una idea: hacer cuanto me pedía y cuanto podía mitigar un poco su sufrimiento.
Tampoco él dormía ya. Si no era sacudido por ataques de tos o se estaba ahogando, trabajaba, movido por la obsesión de poder entregar a tiempo a la Nouvelle Revue Française las pruebas corregidas de La prisionera. Tocaba el timbre sin parar, ya fuera para pedir una bolsa de agua caliente, un jersey, un libro, un cuaderno, un papel que pegar. Yo iba, venía. Más tarde hubo las llamadas telefónicas al doctor Bize y al profesor Robert Proust (en calidad de hermano, y no de médico como el doctor Bize). Yo bajaba, volvía a subir. Preparaba leche caliente, el café. Quería una compota, y aquello no podía esperar. Pedía una cerveza helada; yo mandaba a Odilon. Pero ¿qué representaba esto? ¿Qué era mi cansancio al lado de su sufrimiento? Me hubiera arrancado las uñas antes que no satisfacer uno de sus deseos.
Las últimas semanas forman una especie de largo túnel, más que nunca sin días ni noches: una larga oscuridad apenas atenuada por la luz verde de la pequeña lámpara, pero en la que los detalles del final afloran con una nitidez que no olvidaré mientras viva.
Céleste Albaret.
Monsieur Proust.
Traducción de Elisa Martín Ortega y Esther Tusquets.
Capitán Swing. Madrid, 2013.