Antología poética de María Sanz
En 2007 reunía María Sanz (Sevilla, 1956) sus primeros veinticinco años de poesía en Luna de Capricornio (Aguaclara) una antología que se cerraba con los textos de Voz mediante.
Y donde acababa aquella antología, en 2007, empieza Todavía amanece, la nueva muestra de su obra poética que acaba de publicar Averso con prólogo de Enrique Gracia Trinidad.
Entre la solemne dicción clásica del alejandrino o el endecasílabo y la ligereza sutil y flexible del arte menor, la poesía de María Sanz se alimenta de la biografía personal y de la experiencia sentimental e intelectual de su autora, que hace compatibles la sabia elaboración formal y una honda mirada reflexiva y confesional.
Esas bases de su poética estaban ya asentando su primer libro, Tierra difícil, que abría una intensa trayectoria que, con los matices propios de una evolución de décadas, muestra una admirable coherencia interior.
Una trayectoria que mantiene el necesario equilibrio entre unidad y cambio que si por un lado justifica la aparición de cada libro debe también confluir en la coherencia de una voz tan reconocible como la de María Sanz, tan afincada en la memoria y en la emoción contemplativa, en la sensorialidad de la palabra y en una actitud receptiva en la que se implican todos los sentidos para ahondar en una realidad que se capta sensorialmente antes de ser pensada y escrita en su dimensión temporal y existencial.
Amor, tiempo y soledad son los tres vértices del triángulo de una poesía que encuentra su último sentido en el cauce sereno de su verso profundo. Y en torno a esos tres ejes, otros tres movimientos: la percepción, la contemplación y la reacción en forma de poema, que se convierte así en el lugar de encuentro entre lo exterior y lo interior y en alta expresión poética de la subjetividad que ejerce su caza de altanería, elevada y precisa.
Como en este texto de Retablo de cenizas:
Un tiempo de placer no se regala
sin cuerpo que lo agote, sin salida
posterior para el éxtasis más hondo.
Así mi corazón, que nunca supo
dilatar emociones, vive a oscuras,
se nutre de paciencia y desconsuelo
mientras va averiguando nuevos ritos
por el único hecho de entregarse.
Un tiempo de placer no significa
más que el consentimiento de la llaga
abierta sin piedad en el costado,
cuyo delirio llega a mansedumbre
por amor, siendo víctima fragante
hasta sentirse altar bajo otro cuerpo.
Así mi corazón, igual que el sándalo,
perfuma siempre el hacha que lo hiere.
Naturaleza y vida, música y melancolía, memoria y sueño se dan cita en estos textos para fundirse luego en la emoción y en la palabra que brotan de una fuente oscura de aguas diáfanas. Salida de un pozo de misterio, la palabra poética de María Sanz surge de la intuición, del hospedaje de nieblas becquerianas para tomar cuerpo en el poema, en el lugar hondo y secreto de donde surge la luz más transparente.
Porque la poesía de María Sanz contempla los paisajes del alma, se ensimisma en las galerías del recuerdo y se transfigura en una soledad más alta que el dolor, más honda que la sombra que delimita el perfil del vacío.
Sus versos se han templado en la fragua ardiente de los sueños perdidos, en los espejismos que nacen con rumor de manantiales. Y sus poemas, intensos, delicados, contenidos, levantan una tregua de antorchas frente al miedo, oponen su torre de palabras a un desierto de arena, esa antigua metáfora del tiempo.
Dieciséis libros, entre Lance sonoro y De vuelta a casa, integran esta equilibrada antología en la que se han seleccionado cinco textos de cada libro. Diversos en tonalidades, en ritmos y en acentos, los ochenta textos de esta magnífica antología son la fe de vida que ratifica un proceso de crecimiento constante. Un proceso de búsqueda que persigue la perfección poética y consigue algo tan inusual como una voz propia, tan clara y tan verdadera como la de María Sanz.
Con este poema, que cerraba De vuelta a casa, se remata esta espléndida antología:
Todo lo que perdiste volvió otra vez a casa
en uno de esos días que apenas dejan huella,
sin avisar, buscando la humedad de tus ojos
y el sol desvanecido en oscuros rincones.
Serán cosas del tiempo, pensabas mientras ibas
reconociendo a ciegas la cal de las paredes,
el perfil de un reloj que en alto destilaba
hora a hora el silencio, la espera previsible.
Porque habías perdido tanto como ganaste
al salir de tu celda olvidando la muerte,
al prender los inviernos con el rostro soñado,
enlazando derrotas entre paces y adioses.
Cosas de la memoria, decías mientras dabas
la palabra al espejo, oyéndote de frente,
agrietada la voz, desarmada tu vida,
explícito retrato de pura soledad.
Todo lo que perdiste regresaba contigo
en una de esas noches con apenas estrellas,
a la casa más tuya de todas, deshaciendo
el pequeño equipaje que tampoco traías.
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