Desde un bosque extranjero. Una poética
“El escritor es un extranjero. Es el extranjero por excelencia.”
(Edmon Jabès)
Trazar una poética es, inevitablemente, escribir un elogio de la incertidumbre desde un bosque extranjero, desde ese impreciso territorio de perplejidad en el que habita la poesía.
Desde un bosque extranjero y nocturno, lleno de acechos y hogueras, de peligros y destellos, desde un territorio levantado sobre la emoción y el lenguaje con técnica y llanto, como tituló Carlos Edmundo de Ory un libro memorable.
El paisaje de fondo de ese territorio extranjero y nocturno es un paisaje elegiaco, porque el poema es una manera de recuperar el pasado. Se canta lo que se pierde, decía Machado. Incluso una poesía tan celebratoria como la mística tiene que resignarse a la evocación posterior al gozo de una experiencia acabada de la que sólo queda una rosa como la de Keats o ese resto de ala de mariposa que le quedó en los dedos a Juan Ramón.
Lo nocturno y lo extranjero. Esos son el tiempo y el terreno del poema. Y allí donde fracasa el pensamiento lógico empieza el territorio interrogativo de la palabra que va más allá de la palabra, de la poesía que se construye con un puñado de dudas, como ha escrito alguna vez Antonio Colinas.
Por eso algunos estamos tan cerca de María Zambrano y su razón poética y vemos en el impulso órfico un componente esencial de la poesía como forma de conocimiento, como un aullido en la noche o como un largo lamento.
Explicaba Félix Grande que, como en el universo, en el poema coinciden magia, ciencia y forma. Forma, pues, que se levanta desde el estado consciente de la razón o la ciencia o desde el estupor alucinado de la magia verbal de las revelaciones.
Y es que el lenguaje del poema no es sólo forma, es la misma materia poética encauzada en ritmo y transformada en imágenes, en ímpetu visionario, en instrumento de conocimiento, en fuerza reveladora que sobrepasa la intención inicial o el conocimiento del poeta antes de escribirlo. El poeta se convierte así en un cazador de voces, por decirlo con palabras de Rilke, en artífice de una experiencia en los límites de la lengua, del conocimiento y de la realidad.
Ese buceo en lo oscuro convoca formas iniciales confusas que van delimitando sus perfiles en el contorno acabado del poema, en una poesía que es descubrimiento de una realidad que estaba ahí previamente, esperando que nos la revelaran las palabras.
Una experiencia en la que surge de nosotros algo que ni sospechábamos que estuviera allí, como decía Milosz en un verso memorable. En algo parecido pensaba Lorca cuando decía que se vuelve de la inspiración como se vuelve de un país extranjero.
La mirada y la palabra son las dos alas con las que remonta su vuelo el pájaro de la poesía, como advirtió Cernuda. La poesía es por tanto una variante de la meditación, pero también un método, una forma de conocimiento a través de la iluminación de la lengua encauzada en imágenes y ritmo, como caza nocturna en un bosque extranjero.
Frente al lenguaje convencional, frente a las palabras de la tribu de las que hablaba Mallarmé, surge la capacidad creadora de la palabra poética, la potencia seminal del logos espermáticos de los estoicos, la palabra fundadora que invoca otra realidad desde la tiniebla del interior del bosque nocturno.
Desde un bosque de símbolos e imágenes que exploran la zona de frontera donde se encuentran los límites oscuros de lo racional y lo irracional, de lo visible y lo invisible, de lo consciente y lo inconsciente, llega la palabra que funda la realidad, la palabra descubridora de esa verdad que aguarda en las cosas, como nos hizo ver Rilke.
Poesía de la mirada, decía más arriba. Y quiero recordar ahora un aforismo de Wallace Stevens (La lengua es un ojo) que quizá sea el que mejor resuma lo que pienso hoy sobre la actividad poética y el poema. Es decir, el poema es, como experiencia lingüística, una forma de ver la realidad, una forma de estar en el mundo. La poesía es convertirse en mirada, como anotaba en uno de sus cuadernos Tomás Segovia.
Pero un poema es también una propuesta rítmica, una estructura musical. Uno de los motores que, con la imagen, rigen el proceso de creación del poema, su razón seminal, la fuerza germinativa de su pensamiento rítmico, de su fecundadora capacidad de búsqueda, porque como reivindicó el Hölderlin más lúcido lo que permanece lo fundan los poetas.
(En Plaza de la palabra. Editora Regional de Extremadura. Mérida, 2011)


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