En el taller del relojero Alejandro Céspedes
Dijo Francis Ponge que el mundo, desde que existe, nunca funcionó tan mal y que el espíritu humano nunca ha estado peor desde que el hombre ya no lo considera más que su cortijo para ejercer el poder. A Ponge se le ocurre que el artista tendría que convertirse en un mecánico, abrir un taller y reparar el mundo tal como le llega, por fragmentos, pero que no por ello se debería considerar un mago, sino sencillamente un relojero.
¡Un poeta -que solo escribe fragmentos- intentando reparar el mundo como un mago-relojero para hacer que el big bang de la existencia sea un poco más preciso! Un reloj hecho con piezas de maldad, incertidumbre, caducidad y desánimo. No me digan que no es para quedarse muchísimo más tranquilos. ¿En qué podría fallar un mecánico-poeta que trata de conseguir que el mundo funcione como un reloj?
Bienvenidos al taller.
Con esa irónica ‘Nota previa’ abre Alejandro Céspedes su espléndido Taller de relojería, que publica Averso. Como se dice en ese texto preliminar, la imagen del poeta como relojero que recompone el mecanismo descompuesto del mundo procede de un texto de Francis Ponge, El murmullo, que aborda la condición y el destino del artista en estos términos: “Nunca, desde que el mundo es mundo (pienso en el mundo sensible, tal como se nos ofrece cada día), nunca, sea cual fuere la mitología de moda, nunca el mundo, aunque solo fuese por un segundo, ha suspendido su funcionamiento misterioso. Nunca sin embargo en el espíritu del hombre -y sin duda precisamente desde que el hombre ya no considera el mundo sino como su campo de acción, el lugar o la ocasión de su poder-, nunca el mundo en el espíritu del hombre ha funcionado tan poco, tan mal. La función del artista es así muy clara: debe abrir un taller y reparar el mundo tal como le llega, por fragmentos. Y que no por ello se considere un mago. Solamente un relojero».
Con ese punto de partida, Alejandro Céspedes emprende un ejercicio poético que recorre en dos partes -El relojero del mundo y El relojero del ser- un amplio itinerario de poemas extensos e intensos que, con Cioran siempre al fondo como luz fría y guía del desaliento, aceptan el reto de explorar la posibilidad de recomponer la mecánica fracturada del mundo y el ser con el método de la paciencia artesanal reflexiva, con la reconstitución del recuerdo que nos deconstruye y nos reconstruye, con la precisión de la palabra poética y con la exigencia ética de no mentirse a sí mismo ni al lector al encarar la realidad desarticulada que es el motor existencial del libro, porque
Dentro de cada instante, hay un desastre,
pensando cómo abrirse hacia el futuro.
Y porque “la vida es casi siempre prematura”, estos poemas vibrantes y perturbadores surgen de una zona insobornable y sombría de la conciencia y la memoria, del tiempo y del sueño, del despojo y la herida, de la naturaleza muerta y el sinsentido, acometen la empresa imposible de reparar los desperfectos de ese mecanismo averiado que llamamos mundo o vida, la imposible tarea de restaurar con paciencia improductiva los fragmentos imposibles del deterioro para que acaben articulando poéticamente en este libro admirable la imagen descompuesta del hueco y el vacío.
Estos son sus desalentados versos finales:
Hoy es una grieta, un eco,
un cuerpo que solo existe
en los verbos que lo nombran.
Y ya no puede entenderse ni puede domesticarse.
Su cuerpo es como esa niebla
que únicamente se aprecia
cuando se ve desde fuera.
Será un hueco relleno de fragmentos
que olvidará que olvidó
y ya no sabrá quién es
ni quiénes somos nosotros.
Un reloj de pared averiado
da las doce campanadas.
Pobre animal indeciso...
No hay nada que reparar.
Ni el relojero de Ponge
-aunque en verdad fuese un mago-
podrá hacer ningún milagro.

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