24 enero 2026

Paul Celan y los trenes




 

PAUL CELAN Y LOS TRENES

Cuando oscurece escribe.

Apoya en la mejilla una mano delgada, 

entorna la mirada y recuerda los trenes,

las frías estaciones contra el amanecer,

su cuchillo de luna.


Y oye pasar los trenes por esas estaciones

de viento y pesadilla, llenas de charcos negros,

de carbonilla y nieve y de niños sentados 

sobre un suelo con barro y andrajos de colores.


Escribe desde un puerto. Sólo cuando anochece,

cerca del Ponto Euxino, donde Ovidio purgaba

con la hiel del destierro sus días disipados.


Centroeuropa era una raquítica amapola,

una niña muy pálida con los ojos abiertos,

con los ojos marinos y opacos de los muertos.


Espera a que oscurezca. 

Oye silbar los trenes 

y recuerda otros ojos mirando estupefactos 

entre dos tablas tristes por las que entró la noche

con un soplo de escarcha en aquel barracón.


El fantasma del frío va recorriendo Europa.

Un humo que confunde la noche y la venganza

ha quedado flotando en el ciego holocausto

de los violines rotos sobre un campo de ortigas.


Cuando oscurece escribe

y adivina un futuro no mejor que el pasado.


Es un superviviente y arrastra la profunda 

desolación del ghetto, la tristeza de un cielo

plomizamente agrio y alguna hebra de sol

por las turbias regiones heladas de la muerte.


Una patria de piedra, una patria nocturna, 

una patria de nada y una rosa de nadie

ahora que ya la lengua, esa última patria,

es la más humillante: la lengua del verdugo.


Crece el escalofrío.

Ya ha decidido irse. Ha elegido el momento.

Será cuando oscurezca, como ahora, cuando escribe

sobre la luz más dura del invierno en Tubinga.


Como ahora, cuando escribe, después de oscurecido, 

sólo para orientarse entre tanta tiniebla.


(De Las provincias del frío. Algaida. Sevilla, 2006)