16 febrero 2026

Coloquio de invierno, de Luis Landero

 



8 de enero de 2021. Ya anocheció, pero aún es pronto para recogerse. Los siete comensales —fatigados por el aburrimiento, perdida la vista tras las ventanas, en el resplandor pálido de los remolinos de nieve— rodean una mesa con los remanentes de la cena: platos rebañados con manchas de yema, regojos, pellejos de embutido, cortezas de queso, mondas de mandarina, restos de helado y vino. Al fondo, sentados a una mesa, un hombre y una mujer juegan a las cartas.
Ya se han presentado, ya han hablado todo cuanto suele hablarse entre desconocidos en casos así, según lo pide la buena educación y la mera costumbre, y ahora, acabada la cena, sin saber qué hacer ni qué decir, se quedan como alelados, viendo nevar, sintiendo el lento, el anodino, el fastidioso y desesperante transcurrir del tiempo.

Así comienza Coloquio de invierno, la espléndida colección de historias narradas por los personajes de esta novela que acaba de publicar Luis Landero en Tusquets.

Una novela que tiene como punto de partida una situación imprevista y sobrevenida: el temporal de nieve ocasionado por la famosa borrasca Filomena, que deja aislados en un hotel rural a siete personajes de diversa condición social y cultural: Adela, librera; Ginés, ferroviario jubilado; Martín, profesor de diversas materias; Nuria, profesora de Filosofía y compañera de Adela; Santos, médico; Tomás, periodista, y  Víctor, comandante de Caballería. 

Siete personajes -a los que se unirán los hosteleros Jimena y Eladio- de distintas edades y mentalidades que empiezan a conversar y a contar sucesivamente, durante cuatro días de aislamiento, un mosaico de historias que hacen de la fuerza creadora y evocadora de la palabra el motor de sus relatos y convierten este Coloquio de invierno en un canto a la oralidad, como ha señalado el propio Landero. Una oralidad hoy en crisis como consecuencia de los móviles y de internet. Los personajes lo reconocen cuando se ven sometidos a ese confinamiento forzoso y compartido:

Se evocan tiempos antiguos —siglos y siglos—, cuando no había internet, ni radio, ni televisión, y quizá ni periódicos, ni apenas libros en las casas, y eso sin contar que eran muy pocos los que sabían leer, tiempos aquellos en que la gente se entretenía hablando, qué iban a hacer si no.

De ese modo los siete personajes acuerdan convertirse en narradores, porque -como explica Tomás, periodista y escritor- “yo creo que todos tenemos algo que contar, y que en el fondo todos tenemos alma de narradores. A todos nos gusta contar y que nos cuenten. ¿Por qué ponemos la radio o la televisión, o leemos o vamos al cine? Para que nos cuenten cosas, reales o inventadas, qué más da. Y si nos pasa algo, estamos deseando contarlo, y si juramos guardar un secreto, a menudo no podemos dejar de contárselo a alguien.”

Y añade que “cuando se habla de contar una historia no entran solo las elaboradas, con los ingredientes al uso de personajes, suspense, conflicto, trama..., sino también las impresiones y vivencias, las pequeñas cosas que nos pasan a todos en la vida, que no son propiamente historias ni tienen en apariencia gracia ni suspense, y como que no merece la pena contarlas, pero que sin embargo están ahí, en la memoria y en el corazón, de un modo obsesivo, esperando a ser contadas, a pesar de que parecen no dejarse contar, de incorpóreas que son, o de anodinas que aparentan ser.
—Pero claro que se pueden contar —concluye Tomás, y pone un deje enfático en su voz—. Y yo diría incluso que se deben contar. O al menos intentarlo. Hay que confiar en las palabras: ellas saben contar mejor que nadie.
—De eso se trataría aquí —resume Nuria—, de contar por contar, cada cual lo que sepa, o lo que le parezca. Y no solo historias (disculpad que barra para casa, porque yo soy profesora de Filosofía), también ideas y comentarios, lo que cada uno piense en su momento, porque del mismo modo que todos somos un poco narradores, también somos un poco filósofos.”

Se genera a partir de ese consenso lo que técnicamente se llama un relato enmarcado, que provoca un rosario de cuentos narrados por los personajes, una sucesión de historias según el conocido esquema de Las mil y una noches, el Conde Lucanor, los Cuentos de Canterbury, el Decamerón o, ya en la literatura contemporánea, Las ciudades invisibles, en donde Italo Calvino utilizó ejemplarmente ese modelo estructural.

Por eso Coloquio de invierno se abre con una introducción que fija el marco en el que se irá desarrollando la secuencia sucesiva de los relatos y que termina con este párrafo:

Cada cual se reacomoda en su asiento, hay corrimientos de sillas y tintines de loza y de vidrio, toses, expectación ante el silencio escénico que ya llega. Eladio ha apagado las luces del techo y encendido unas lámparas bajas que sumen al corro en un íntimo cerco de penumbra. Todos miran a Santos, que rinde la barbilla en el pecho antes de empezar a contar.

Esa técnica constructiva de la narración marco que engloba otras historias dentro de un argumento principal está también en las novelas intercaladas en el Quijote de 1605, un modelo seguramente más próximo al mundo literario de Landero, cuyos lectores saben de sobra lo bien que se mueve su técnica narrativa en el dominio de la narración oral, que es también la tonalidad en la que está escrito el Quijote.

Dominio de la narración oral y también -sus lectores lo saben- del diálogo, porque en el relato de cada personaje en las sobremesas sin cobertura del hotel rural desde el viernes 8 de enero al lunes 11 importan el qué y el cómo, no solo las historias sino la forma de contarlas.

Y cada una de esas historias se va enriqueciendo con las intervenciones del resto de interlocutores/narradores, que interfieren y comentan como oyentes las historias de los otros narradores. 

Y así los siete relatos (Historia de un instante, Licor de menta, Glosas, Time’s Up, El hombre que perdió un mechero y encontró un perro, Verano del 69 e Impunidad) no se van desarrollando ordenados secuencialmente de manera lineal, sino que se van intercalando y cruzándose entre sí, engarzados unos con otros hasta construir un entramado de historias y de voces con las que se articula este Coloquio de invierno, porque -como afirma Nuria, otro de los personajes-, “de un modo o de otro, solos o en compañía, no sabemos vivir sin contar lo vivido.”

Historias que tienen siempre un fondo de verdad confesional o de reflexión moral sobre la fragilidad y el sentido de la existencia, sus caminos inciertos y sombríos o el detalle aparentemente trivial que puede alterar el rumbo de una vida, como en el caso de Eloy, el electricista que vive en la calle; sobre la capacidad creadora de la palabra, el poder imaginativo del amor y el odio, el idealismo y la lujuria, la libertad y la memoria, la imaginación y la fantasía, la seducción y el deseo, la incierta frontera entre el sueño y la realidad.

O sobre la experiencia autobiográfica del propio Landero como guitarrista flamenco y lector de Platón en el Sitges de 1969, transmutado en su transparente anagrama Leandro, de inevitables resonancias cervantinas, como las que hay en la quijotesca pareja artística que forman Fausto Monroy y don Claudio Bermúdez en una historia de triángulo amoroso y celos en torno a Valeria.

Humor benevolente, ironía distante y mirada compasiva hacia los personajes son también rasgos de estirpe cervantina que recorren toda la obra de Landero y que están muy presentes en el desarrollo de estas siete historias y en el marco general de la novela, que se cierra con este párrafo, algo melancólico, como muchas de las páginas de Coloquio de invierno:

Puestos en pie, mezclándose entre ellos, hablando todos con todos, recogen el equipaje y se dirigen a la puerta, sin prisas, prolongando las despedidas, dejando tras de sí un rumor de palabras cada vez más borroso.