El sentido de la vista, de John Berger
En el año del centenario de John Berger (Londres, 1926-Antony, Francia, 2017), Alianza recupera en edición ilustrada en su colección de ensayo El sentido de la vista, una recopilación antológica de cuarenta y tres textos, (poemas, artículos y ensayos breves, de carácter autobiográfico o de crítica de arte) que, con traducción de Pilar Vázquez, resumen el mundo literario de Berger a través de sus temas esenciales, como subraya en la introducción del volumen Lloyd Spencer, responsable de la selección de textos y de la edición: “Este es su quinto volumen de la colección de ensayos y es el que abarca el período más extenso, el de mayor variedad en los tipos de escritura y en los asuntos que trata. Inscrito en las preocupaciones de su obra más reciente, permite que uno tenga una percepción de la evolución de sus escritos. Representativo del John Berger ensayista, arroja luz sobre los impulsos que subyacen a gran parte de su obra en otros medios expresivos y en otros géneros. El amor y la pasión, la muerte, el poder, el trabajo, la experiencia del tiempo y la naturaleza de nuestra historia actual: no solo los numerosos temas que se encuentran en este libro son importantes como focos que iluminan la obra de John Berger, sino que también constituyen urgentes preocupaciones contemporáneas. Seleccionar y ordenar el material fue relativamente sencillo. Presentarlo no lo es tanto.”
“Con John Berger -añade Spencer- ver es realmente lo primero. Y a pesar de la carrera literaria que ha desarrollado, y de los niveles de complejidad y abstracción presentes en su obra escrita, hay un sentido en el que ver, percibir e imaginar han conservado su primacía como forma de comprender el mundo.” Porque “explorar las relaciones entre el significado visual y el verbal, entre las palabras y las imágenes, ha sido una preocupación recurrente en la obra de John Berger”, que compaginó la práctica literaria con el ejercicio de la pintura y el dibujo y escribió a menudo y de manera profesional como crítico de arte, con lo cual -como señala Spencer- “la escritura se convirtió en su principal vehículo, su propio medio de comunicación, pero en cierto sentido su realidad fundamental y sus intereses más constantes eran visuales.”
Esa relación entre la literatura y la pintura, entre la imagen y la palabra, que es el eje central de la escritura de Berger -no sólo de su obra ensayística, también de su narrativa-, tuvo su mejor exponente en Modos de ver, resultado de un guion para una serie televisiva que se emitió en la BBC en 1972 e influyó mucho en los cambios sobre la teoría de la recepción del arte, pero dejó también otras muestras admirables de su reflexión sobre la pintura en ensayos como Fama y soledad de Picasso, El último retrato de Goya o Sobre el dibujo.
En cuanto a los escritos seleccionados en esta antología, articulados en ocho partes, “se organizaron ellos solos -explica Spencer- de forma bastante clara en un sencillo orden bajo un puñado de encabezamientos: el viaje y la emigración, los sueños, el amor y la pasión, la muerte, el arte como actividad y artefacto, y la relación entre el trabajo con el lenguaje y la labor física que produce y reproduce el mundo.”
Con esa secuencia temática, los cuarenta y tres textos de El sentido de la vista exploran la red de relaciones entre el arte y la memoria, la palabra y el tiempo, la cultura y la política. La mirada del pintor y la voz del poeta, el narrador y el ensayista se funden en estos textos de variada temática, unificados por una misma mirada que intenta descifrar el sentido último de la existencia y aspira a hacer comprensibles las claves de nuestro mundo a partir de temas como el viaje, el exilio y la emigración, la literatura, las obras de arte o la muerte.
Son textos breves e intensos en los que Berger escribe esencialmente sobre el lugar y el tiempo de la pintura y los pintores: sobre El jinete polaco o la Betsabé de Rembrandt y las mujeres en la pintura de Bonnard, sobre la densidad de la mirada de Vermeer y las majas de Goya, sobre “el infinito anhelo de realidad” de Van Gogh y los dos autorretratos de Durero, sobre el alfabeto del amor y lo infinito en Modigliani y el misterio de un desnudo de Franz Hals, sobre la bailarina de Degas y los ojos de Monet o sobre la revolución artística del cubismo, el movimiento que “cambió la naturaleza de la relación entre la imagen pintada y la realidad” y al que dedica el ensayo más largo y minucioso del libro.
Es el arte de la mirada el que se ve concernido en todos esos ensayos: la mirada que se fija en la pintura y la mirada que se proyecta sobre el mundo y elige una perspectiva crítica y creativa para elaborar la interpretación de su sentido.
Porque igual que para el artista dibujar es descubrir, como escribió en Dibujo del natural, también la escritura es un método de conocimiento para Berger, un escritor excepcional que pinta con palabras el mundo y dibuja con el sentido de la vista el sentido de la vida.
Como en estos dos párrafos que cierran su ensayo de 1983 sobre Leopardi:
Quiero volver ahora a la paradoja: ¿por qué siguen dando ánimos las negras páginas de Leopardi? Cuando decía que la vida de Leopardi era la de un espectador pasivo, dejaba deliberadamente de lado un hecho notable: la producción solitaria y heroica de sus escritos. Si estos escritos inspiran pese a toda su desolación es porque, a su manera, participan en la producción del mundo. Y a estas alturas debería estar claro que este término ha de abarcar no solo el sentido clásico de la producción que le asigna la economía, sino también el estado de la existencia, nunca finalizada y siempre en vías de producción: la producción del mundo como realidad. Es de lo más significativo que en las Operette Morali Leopardi especule continuamente sobre la creación del universo y las fuerzas, nunca del todo omnipotentes, que lo sustentan.
¿Que lo sustentan o que lo socavan? Sus preocupaciones no eran retrospectivas, sino reales. La producción de la realidad nunca ha quedado finalizada, su resultado nunca ha sido decisivo. Siempre hay algo en juego. La realidad siempre está necesitada. Incluso de nosotros, por malditos y marginados que seamos. Por eso, lo que Leopardi llamaba «Intensidad» y lo que Schopenhauer denominaba «La Voluntad» -tal como el hombre las experimenta- forman parte del continuo acto de creación, de la producción interminable de significado frente a la «nulidad de las cosas». Y por eso también el pesimismo de Leopardi se trasciende a sí mismo.

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