02 febrero 2026

Ensayos completos de Borges

 


Imaginemos, en una biblioteca oriental, una lámina pintada hace muchos siglos. Acaso es árabe y nos dicen que en ella están figuradas todas las fábulas de las Mil y una noches; acaso es china y sabemos que ilustra una novela con centenares o millares de personajes. En el tumulto de sus formas, alguna —un árbol que semeja un cono invertido, unas mezquitas de color bermejo sobre un muro de hierro— nos llama la atención y de ésa pasamos a otras. Declina el día, se fatiga la luz y a medida que nos internamos en el grabado, comprendemos que no hay cosa en la tierra que no esté ahí. Lo que fue, lo que es y lo que será, la historia del pasado y la del futuro, las cosas que he tenido y las que tendré, todo ello nos espera en algún lugar de ese laberinto tranquilo... He fantaseado una obra mágica, una lámina que también fuera un microscosmos; el poema de Dante es esa lámina de ámbito universal.

Así comienza el Prólogo de Borges a sus Nueve ensayos dantescos, su último libro ensayístico. que publicó en 1982.

Si el rigor constructivo y la potencia inventiva, el cruce de metafísica y narrativa, de erudición y misterio, pensamiento e imaginación, ficción y especulación filosófica son las constantes de muchos cuentos de Borges, que los construyó con una prosa de inimitable perfección y limpieza, de una asombrosa transparencia y profundidad que lo sitúa en una de las cimas más altas del idioma, esas virtudes atraviesan también los nueve libros de ensayos que, entre el inicial Inquisiciones (1925) y el final Nueve ensayos dantescos (1982), se reúnen en el volumen Ensayos completos que publica Alfaguara.

Nueve colecciones de ensayos, entre ellos los memorables Discusión (1932) o Historia de la eternidad (1936) y los imprescindibles Otras inquisiciones (1952) y Siete noches (1980), en los que la precisión verbal y la profundidad de pensamiento se conjugan para hacer de ellos textos fundamentales. Textos imprescindibles para entender la obra poética y narrativa de Borges, como “Una vindicación del falso Basílides”, “La postulación de la realidad”, “La duración del infierno”, “Las versiones homéricas”, “La perpetua carrera de Aquiles y la tortuga”, “La doctrina de los ciclos”, “El tiempo circular”, “El acercamiento a Almotásim”, “El sueño de Coleridge”, “Magias parciales del Quijote”, “Kafka y sus precursores” o “El último viaje de Ulises”.

Entre la semblanza de Torres Villarroel que abría Inquisiciones, su primera colección de ensayos, y “La sonrisa de Beatriz”, que cierra su final Nueve ensayos dantescos, decenas de textos que en su envoltorio ensayístico contienen no sólo abundantes materiales narrativos, sino muchas de las claves que explican el resto de su obra, tanto los cuentos como la poesía. 

Porque en la literatura de Borges se difuminan las fronteras entre el ensayo y la ficción. Y así como “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” o “Pierre Menard, autor del Quijote” son relatos que penetran en el territorio del ensayo, en muchos de estos ensayos se produce el viaje inverso que hace que el texto ensayístico invada el ámbito de la imaginación y se instale en el ejercicio continuo de un trasvase bidireccional que caracteriza la prosa borgiana de ficción o de ensayo. Un ejemplo especialmente significativo de esa indefinición de géneros es “El acercamiento a Almotásim”, que apareció primero en Historia de la eternidad y acabó incorporándose a Ficciones.

Ensayos que trazan, más que el perfil de un pensador original, la imagen del lector desmedido que fue Borges, porque de esa experiencia de lector infatigable y curioso se alimentan la mayor parte de estos ensayos en los que se funden ejemplarmente erudición y creación para abordar los temas esenciales de la literatura borgiana y su inconfundible mundo, que está presente también en su obra narrativa y en su poesía: la meditación sobre el tiempo y la escritura, el laberinto y el infinito, la identidad y la memoria, el estilo y las enciclopedias, los enigmas y las paradojas, el universo y los espejos, la lectura y la tradición literaria inglesa, oriental o hispánica.

Así comienza “El encuentro en un sueño”, el penúltimo de sus Nueve ensayos dantescos:

Superados los círculos del Infierno y las arduas terrazas del Purgatorio, Dante, en el Paraíso terrenal, ve por fin a Beatriz; Ozanam conjetura que la escena (ciertamente una de las más asombrosas que la literatura ha alcanzado) es el núcleo primitivo de la Comedia. Mi propósito es referirla, resumir lo que dicen los escoliastas y presentar alguna observación, quizá nueva, de índole psicológica. 

La mañana del trece de abril del año 1300, en el día penúltimo de su viaje, Dante, cumplidos sus trabajos, entra en el Paraíso terrenal, que corona la cumbre del Purgatorio. Ha visto el fuego temporal y el eterno, ha atravesado un muro de fuego, su albedrío es libre y es recto. Virgilio lo ha mitrado y coronado sobre sí mismo (per ch'io te sovra te corono e mitrio). Por los senderos del antiguo jardín llega a un río más puro que ningún otro, aunque los árboles no dejan que lo ilumine ni la luna ni el sol. Corre por el aire una música y en la otra margen se adelanta una procesión misteriosa. Veinticuatro ancianos vestidos de ropas blancas y cuatro animales con seis alas alrededor, tachonadas de ojos abiertos, preceden un carro triunfal, tirado por un grifo; a la derecha bailan tres mujeres, de las que una es tan roja que apenas la veríamos en el fuego; a la izquierda, cuatro, de púrpura, de las que una tiene tres ojos. El carro se detiene y una mujer velada aparece; su traje es del color de una llama viva. No por la vista, sino por el estupor de su espíritu y por el temor de su sangre, Dante comprende que es Beatriz. En el umbral de la Gloria siente el amor que tantas veces lo había traspasado en Florencia. Busca el amparo de Virgilio, como un niño azorado, pero Virgilio ya no está junto a él.

Ma Virgilio n'avea lasciati scemi
di sè, Virgilio dolcissimo patre,
Virgilio a cui per mia salute die' mi.