19 febrero 2026

Esquilo, poeta de la guerra

 


En las tragedias de Esquilo (ca. 525-456 a. C.), en las poquísimas conservadas, nos encontramos con imágenes que hablan del lado más oscuro de la guerra, de sus víctimas mortales, pero también de las que sobreviven a la contienda para encontrarse con un destino peor que la muerte. Por eso aparecen el ruiseñor, la golondrina, los halcones y las palomas: el lamento, el trauma y el exilio. Esquilo fue a la vez poeta y soldado, y, por tanto, tuvo un conocimiento directo de la guerra. Una evidencia que él mismo dejó en el epitafio que supuestamente compuso para sí mismo, donde no mencionaba su vida de dramaturgo, sino su valor en la lucha contra los persas.
A Esquilo, hijo de Euforión, ateniense, lo cubre esta tumba,
a él que murió en Gela fértil en trigo.
El bosque de Maratón podría hablar de su celebrada fuerza,
y el medo de larga cabellera, que bien la conoce.
Y, sin embargo, pese a ser este un dato bien conocido, no ha sido tenido en cuenta en toda su complejidad y extensión a la hora de analizar la obra del poeta. Abundan, en cambio, los estudios de Esquilo como un filósofo o teólogo preocupado esencialmente por la Justicia (Díkē) de Zeus, además de, como es lógico, aquellos centrados en su figura como «creador» de la tragedia. No obstante, el Esquilo combatiente, superviviente de grandes batallas, es el mismo Esquilo autor trágico que tanto admiramos, y su condición de soldado tuvo que afectar necesariamente a su producción dramática, como trataré de demostrar.

En esos párrafos resume Marta González González el planteamiento de su magnífico Esquilo, poeta de la guerra, que llega hoy a las librerías  publicada por El libro de bolsillo de Alianza Editorial.

‘Miedo y compasión de un combatiente en Salamina’ es el abarcador subtítulo de este ensayo que, apoyado en la amplia y actualizada bibliografía que se detalla en las páginas finales, propone una lectura de la tragedia de Esquilo como reflejo de la voz de los vencidos, especialmente de las mujeres  que fueron víctimas de la violencia sexual, el exilio o el duelo. 

Un estudio profundo y riguroso que analiza la configuración genérica del la tragedia y coloca la guerra en su centro. Así lo justifica la autora: “La tragedia griega ha sido estudiada desde muchos puntos de vista, que no deberían ser, en principio, excluyentes. Incluso dejando de lado los enfoques estrictamente literarios y lingüísticos, encontramos líneas de investigación muy productivas como las que analizan la tragedia en su relación con la política, el mito, la religión, o los problemas sociales de exclusión, inclusión y construcción de la identidad. Se trata de aproximaciones siempre complejas, y el hecho de citarlas a modo de lista no quiere decir que ninguno de estos análisis pueda hacerse, en ningún caso, descuidando los demás. En cuanto a la perspectiva de género y a los estudios sobre la mujer en la Antigüedad clásica en general, y en la tragedia ática en particular, los estudios se han multiplicado en los últimos años, aunque creo que en muchos casos es necesario matizar las conclusiones a las que se ha llegado, especialmente en los estudios de corte estructuralista.
El análisis que aquí propongo, que trata de pensar a Esquilo como un poeta de la guerra, incorpora en mayor o menor medida muchas de estas perspectivas, pero parte sobre todo de una serie de estudios en los que la guerra se ha situado en el centro de la atención.”

Entre Los Persas -la única que no tiene un  fondo mitológico, sino histórico, la Batalla de Salamina, y es la más antigua por fecha de composición- y Prometeo encadenado, se conservan siete de las más de ochenta tragedias que compuso Esquilo, el primero de los tres grandes trágicos griegos. Representadas por primera vez en la primera mitad del siglo V a. C., son siete tragedias atravesadas por las consecuencias de la guerra: el dolor y el conflicto, la culpa, la soberbia y la cólera, la ceguera y la locura, la compasión y la venganza.

Las obras de aquel viejo soldado de Maratón y Salamina que fue Esquilo, testigo de la derrota de Jerjes y los persas, anticipan y resumen muchas de las claves de la tragedia griega: el cruce de vida y muerte, de frustración y esperanza, de libertad y destino, contrastes analizados desde la perspectiva de los vencidos. Porque Esquilo -explica Marta Gonzalez- “optó por contar el mal, por presentar ante los ojos del público lo que conocía de primera mano, la inhumanidad de la guerra, ofreciendo también la perspectiva de los vencidos y, en concreto, de las mujeres.”

Mujeres como Casandra, la princesa troyana violada por Ayax y ofrecida como botín de guerra a Agamenón en la tragedia homónima; las jóvenes tebanas aterrorizadas por los vencedores en Los Siete contra Tebas o las cincuenta hijas de Dánao que huyen del acoso de los príncipes egipcios en Las Suplicantes reflejan que “las mujeres como botín de guerra son personajes recurrentes de la tragedia griega. Desplazadas de sus lugares de origen, de sus familias, que han sido aniquiladas en las guerras, y separadas también las unas de las otras, como lamentan las troyanas al saber que irán todas a la Hélade, pero no juntas, sino asignadas cada una a diferentes dueños entre los jefes aqueos. Todos estos temas son parte central de las tragedias de Esquilo y, sin embargo, la historia de la literatura calla a este respecto.”

Porque las mujeres, reducidas a la condición de botín de guerra son personajes repetidos una y otra vez en la tragedia griega. Cazadas como animales y reducidas a la condición de esclavas, separadas de sus familias exterminadas, arrancadas de sus lugares de arraigo, rebajadas a la condición de cuerpos a disposición de los vencedores, son las peores víctimas de la guerra.

Pero además de ese asunto central del papel de las mujeres como víctimas de las guerras, este ensayo ofrece un espléndido panorama de la tragedia griega y un profundo análisis de la obra conservada de Esquilo. 

Un análisis que aborda temas centrales como el conflicto entre la identidad y el orientalismo, la solidaridad con el sufrimiento del vencido, el miedo y la violencia dramatizados, el lamento por la juventud persa que cayó en Salamina, la identidad y la alteridad en la guerra fratricida entre Eteocles y Polinices, hijos de Edipo, en Los Siete contra Tebas; la confrontación entre Oriente y Occidente, entre el salvaje despotismo oriental y la protectora democracia ateniense para las Danaides que huyen en Las Suplicantes; el papel de Casandra, esclava de Agamenón, a la que el coro presenta como una fiera recién capturada; el lamento del ruiseñor y el mito de Procne como paradigma de las mujeres víctimas de las guerras humanas y divinas y sus estrategias de violencia, persuasión y astucia en La Orestíada -la única trilogía de Esquilo que nos ha llegado íntegra: Agamenón, Las Coéforas y Las Euménides, que se representaron en el 458 a. C., cuando Esquilo rondaba los setenta años- y en Prometeo encadenado.

Ejes temáticos que refuerzan el enfoque de Esquilo, poeta de la guerra, en el que “aunque partamos del análisis filológico y literario de las tragedias de Esquilo, el objetivo será no perder de vista que fueron obra de un poeta que conoció de cerca las guerras y, por eso mismo, dejó en ellas reflejo abundante de su experiencia militar y de su mirada compasiva hacia las víctimas.”

Y aunque, como en todos los clásicos ninguna lectura, ningún enfoque agota por completo la obra de Esquilo, “mi intención -concluye la autora- ha sido leer a Esquilo teniendo en mente que se trataba de un enorme poeta que fue, al mismo tiempo, un soldado combatiente en batallas como la de Salamina.”