Paseos con Robert Walser
Robert Walser (1878-1956) llevaba ya unos años recluido en el sanatorio y residencia de ancianos de Herisau, en la Suiza oriental, cuando Carl Seelig (1894-1962) lo visitó por primera vez el 26 de julio de 1936, porque “sentía la necesidad de hacer algo por la publicación de sus obras y por él mismo.” Aquel día caminaron juntos desde Herisau hasta San Galo, una actividad que convirtieron en ritual durante dos décadas y en la que desde aquel primer día se mostró sorprendentemente comunicativo un Walser a quien “mantenerse al margen de los círculos literarios le había causado graves perjuicios financieros, pero el divismo en boga en tantos lugares sencillamente le asqueaba. No hacía sino degradar al escritor a la condición de limpiabotas. Sí, él sentía que su momento había pasado. Pero era algo que le dejaba frío. Cuando se va camino de los sesenta, hay que saber pensar en otra forma de vida.”
Se iniciaron así unas relaciones que Seelig, que lo había conocido a través de Hermann Hesse, dejaría recogidas en sus Paseos con Robert Walser, que acaba de publicar Siruela, con traducción del alemán de Carlos Fortea y un epílogo en el que Elio Frölich subraya que “lo que el propio Walser confió a Carl Seelig durante sus paseos forma parte de su obra. Debemos estar agradecidos por ello, no solo a él, Robert Walser, sino también a aquel que recogió sus últimos pensamientos de un modo tan cuidadoso, distinguido y amistoso.”
Esta es una de las primeras anotaciones de Seelig, del 27 de junio de 1937:
De las nieblas de St. Gallen, en coche de postas a Rehetobel. Desde allí, a pie, a Heiden y a la villa de Thal, el pueblo natal de mis antepasados por línea materna, que yace como en una cuna verde. Después de comer, a través de las vides de Buchberg, al albergue Zum Steinernen Tisch, desde elque se disfruta de una amplia vista de la región del lago de Constanza. Después, en medio de una fuerte tormenta, por el bucólico pueblecito de Buchen, cruzando las montañas, hasta Rorschach. Regresamos en tren.
—¿Sabe usted cuál es mi desgracia? ¡Preste atención! Todas esas gentes encantadoras que creen poder mandarme y criticarme son adeptos fanáticos de Hermann Hesse. No confían en mí. Para ellos no hay más que dos opciones: «O escribes como Hesse o eres y serás un fracasado». De esa forma extrema me juzgan. No tienen ninguna confianza en mi trabajo. Y por esa razón he ido a parar al sanatorio. Siempre me ha faltado la aureola de la santidad. Solo con ella se puede triunfar en la literatura. Cualquier nimbo de heroísmo, de paciencia y cosas por el estilo, y ya se tiene a mano la escalera hacia el éxito… A mí se me mira de forma inmisericorde, tal como soy. Por eso nadie me toma en serio.
Aquella relación, que se reflejaría en estas anotaciones sobre los paseos y las conversaciones compartidas durante veinte años (la última es de la Navidad de 1955), sería decisiva para el conocimiento y la difusión de la obra de Walser, que se retiró de la escritura y del mundo a los cincuenta años para ingresar voluntariamente primero en el manicomio de Waldau y luego, desde 1933, diagnosticado de esquizofrenia, en Herisau, donde empezó a visitarlo Seelig para acompañarlo en sus largas caminatas de dromómano, resumidas en las siete fotografías de Walser que ilustran el volumen. Se las hizo el propio Seelig desde enero de 1937 hasta el invierno de 1954.
Walser ya había dejado de escribir, porque “el oficio del poeta solo puede florecer en libertad”, porque “el único suelo en el que el poeta puede producir es el de la libertad. Mientras no se cumpla esa premisa, me niego volver a escribir jamás” y porque veía la literatura como “un viaje de derrota en derrota”. Y Seelig se ganó su confianza y se convirtió desde 1944 en su tutor legal y en albacea de su legado literario, encontrado en una caja de zapatos en Herisau.
Susan Sontag decía de Walser que era un escritor fundamental, dotado de las virtudes del arte más maduro y civilizado. Había empezado a escribir en la adolescencia, a la vez que decidía retirarse del mundo. De hecho, Walser se planteó la escritura como una vía de escape de la realidad, como una forma de echarse a un lado. Ya en su primer texto imaginó su suicidio y se proyectó en la figura de un hijo pródigo que reclamaba atención.
A partir de ese momento se va delimitando el universo literario de Walser en torno al deseo de no ser nadie, de no llegar a ninguna parte, de perderse, como en sus paseos, entre los objetos sin propósito definido, de borrar el yo y destruir la propia identidad. Porque en Walser la realidad, como la escritura, está en un proceso de desintegración constante, de disolución en lo mínimo: “¿Qué más necesitamos que una pradera, un bosque y unas cuantas cosas apacibles para estar contentos?”, le dice un día a Seelig.
Extraño, inquietante, ausente del mundo, desvinculado de los hombres y de sí mismo, su biografía es tan opaca que -como señaló Sebald- forma parte más de la clandestinidad y de la leyenda que de la historia:
“¿Sabe por qué nunca llegué a la cumbre como escritor? -le confiesa a Seelig-. Se lo voy a decir: porque tenía muy poco instinto social. Actúe casi de espaldas a la sociedad.”
Robert Walser fue el más elusivo y solitario de los escritores solitarios, huyó de todo vínculo con el mundo, de toda posesión que lo atara a algún sitio de la vida o la literatura. Paseó mucho, compulsivamente, siempre en huida, pero se esforzó en no dejar más huellas que las de sus pisadas en la nieve poco antes de morir y las más persistentes, las de su literatura.
Y estas últimas no se borraron porque Carl Seeling, que lo acogió en su casa y preparó su biografía, recopiló sus textos, los mostró en antologías, conservó su legado y recogió las conversaciones durante sus caminatas y vagabundeos, en los que Walser habla de la escritura y la libertad, de su pobreza y sus variados y fugaces trabajos, de su vida errante antes del internamiento, de escritores y obras, de su mundo personal y sus ideas sobre la literatura.
Por eso son tan significativos estos Paseos de Seelig, que se publicaron en su versión original hace casi setenta años, en 1957, y que son un texto imprescindible para los lectores de Walser. Sin Seelig, que murió en accidente de tráfico en Zúrich en 1962, el recuerdo de Walser se hubiera deshecho como la nieve de aquel 25 de diciembre de 1956 en que unos niños encontraron su cadáver semienterrado. Tenía 78 años y había salido a pasear solo por los alrededores de Herisau, donde había pasado los últimos veintitrés años de su vida.
Así lo recuerda Seelig:
Durante el atardecer del 25 de diciembre de 1956, yo estaba a oscuras, mirando desde mi casa las casas de mis vecinos, en las que relucían las primeras velas de los árboles de Navidad. Junto a mí estaba tumbado a mi perro dálmata Ajax, enfermo, al que no quería dejar solo esa noche. Debido a su penoso estado, había aplazado el siguiente paseo con Robert Walser de Navidad a Año Nuevo… De pronto, sonó el teléfono. El médico jefe me dio la noticia de que, poco después del mediodía, Robert había sido encontrado muerto en un campo nevado…, el mismo en el que en las Navidades de 1954 y el Viernes Santo de 1955 habíamos pasado horas inolvidables.
Esa noche no quise ver más árboles de Navidad. Su luz me dolía demasiado.
Y en “El último paseo (Navidad de 1956)”, el texto que remata estos Paseos, Carl Seelig rememora en su imaginación aquella caminata final en solitario de Robert Walser el día de su muerte:
De pronto, los latidos del corazón del caminante empiezan a renquear. Se marea. Sin duda es un síntoma de la arteriosclerosis senil de la que el médico le habló en una ocasión, advirtiéndole que se tomara los paseos con calma. Repentinamente, recuerda los espasmos en las piernas que le han asediado en anteriores paseos. ¿Vendrá ahora uno de ellos? ¡Qué molestas son esas cosas, qué neciamente importunas! Ahora... ¿qué es esto? Cae abruptamente de espaldas, se lleva la mano derecha al corazón, y se queda quieto. Con la quietud de los muertos. El brazo izquierdo yace extendido junto al cuerpo, que se enfría con rapidez. La mano izquierda está un poco agarrotada, como si quisiera aplastar con la palma el áspero y breve dolor que ha asaltado al caminante como una pantera al acecho. Un poco más arriba está el sombrero. La cabeza, ligeramente inclinada a un costado, ofrece ahora al mudo paseante una imagen de total placidez navideña. Tiene la boca abierta; es como si el puro y frío aire del invierno aún penetrara en él.
Así lo encuentran, poco después, dos chiquillos que han bajado patinando en sus trineos de madera desde la granja Burghalden, de la familia Manser, a poco más de ciento cincuenta metros, para ver quién está tumbado en la nieve. Una mujer que ha subido desde el valle con su perro Appenzeller para hacer una visita navideña a su madre y su padre ha contado que era curioso lo inquieto que Bläss estaba hoy. Había intentado, entre ladridos, soltarse de la correa para correr al prado, en el que había algo extraño, inusual. ¿Qué puede ser? ¡Id a ver, chicos!
El muerto que yace en la pradera nevada es un poeta al que extasiaba el invierno, con su ligera y alegre, danza, de copos…, Un verdadero poeta, que anheló como un niño, un mundo de paz, de pureza y de amor. En el bolsillo de su pecho hay tres cartas y una postal, dirigidas a él. Allí está escrito tu nombre: Robert Walser.

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