06 febrero 2026

Poesías de Isidore Ducasse

  



No acepto el mal. El hombre es perfecto. El alma no cae. El progreso existe. El bien es irreductible. Los anticristos, los ángeles acusadores, las penas eternas, las religiones son el producto de la duda.

Ese fragmento forma parte de la edición crítica de las Poesías I y II de Isidore Ducasse (Montevideo, 1846-París, 1870), que acaba de publicar Cátedra Letras Universales con edición bilingüe de Jordi Xifra, minuciosamente anotada y precedida de una Introducción que aborda como eje central de su estudio la dialéctica conflictiva entre las dos obras de Ducasse, Los Cantos de Maldoror y estas Poesías, que llegan hoy a las librerías.

Aunque las escribió a la vez que los Cantos o muy poco después, nada tienen que ver ni en tema ni en tono ni en lenguaje las Poesías con los Cantos, ni siquiera la firma. Si en estos últimos, que aparecieron en 1869, Ducasse incorporó el seudónimo de Conde de Lautréamont, las Poesías las editó con su verdadero nombre en dos delgados tomos en abril y junio de 1870, pocos meses antes de morir.

Frente al frenesí demoníaco y visionario del ángel de las tinieblas que concibe Los Cantos de Maldoror, las Poesías son una propuesta burguesa, moralista, epigonal y reaccionaria; frente al ímpetu creador de la locura y el arrebato, todo es control y freno en estas Poesías, fragmentos en prosa que Ducasse publicó solo un año después de Los Cantos de Maldoror y sus letales frutos amargos.

Aquellos dos opúsculos no se distribuyeron y hasta medio siglo después no aparece, con una nota previa de André Breton, la edición completa de estas Poesías que trazan una imagen muy distinta de la del autor de los Cantos. Poesías que revelan un radical cambio de rumbo, un arrepentimiento opaco o una enigmática contradicción que Ducasse reconoce ya en la declaración de intenciones preliminar, que resume su nuevo programa poético:

Reemplazo la melancolía  por el coraje, la duda por la certitud, la desesperanza por la esperanza, la maldad por el bien, las quejas por el deber, el escepticismo por la fe, los sofismas por la frialdad de la calma y el orgullo por la modestia.  

Un programa poético que podría resumirse en esta reflexión sobre las relaciones entre poesía y filosofía, que forma parte del segundo fascículo de sus Poesías:

Los juicios sobre la poesía tienen más valor que la poesía. Son la filosofía de la poesía. La filosofía, así comprendida, engloba la poesía. La poesía no podrá pasar de la filosofía. La filosofía podrá pasar de la poesía.

Con serios desequilibrios en su estructura lógica y temática, estas Poesías se mueven entre el manual de lectura crítico con el Romanticismo, la teoría del programa poético o la relectura y reescritura plagiaria de las máximas de la tradición de los grandes moralistas franceses del XVII y el XVIII, de Pascal a Vauvernagues o La Rochefoucauld. 

Pero si Maldoror era una bajada visionaria a los infiernos de la locura y del mal, estos “prosaicos fragmentos” -así los llama el propio poeta-, esta escritura/reescritura, aforística y sentenciosa, supone un retroceso poético innegable, una caída en la intensidad expresiva respecto de aquellos Cantos de expresión desatada que hicieron de Lautréamont un profeta del superrealismo.

Nada que ver aquella potente expresión heredera del Romanticismo y precursora de las vanguardias con este Ducasse antimoderno e ingenioso que escribe en las Poesías no poemas ni textos líricos, como anuncia su título, sino máximas y reflexiones como estas:

La melancolía y la tristeza son ya el comienzo de la duda; la duda es el comienzo de la desesperanza; la desesperanza es el comienzo cruel de los diferentes grados de la maldad.

La poesía no es la tempestad, como tampoco el ciclón. Es un río majestuoso y fértil.

Algunos caracteres, excesivamente inteligentes […} se han arrojado, descabelladamente, a los brazos del mal.
  
La poesía debe tener por meta la verdad práctica. [….] Un poeta debe ser más útil que ningún otro ciudadano de su tribu. Su obra es el código, de los diplomáticos, de los legisladores, de los instructores de la juventud. 

Poned una pluma de oca en la mano de un moralista que sea un escritor de primer orden. Será superior a los poetas.