18 febrero 2026

Stephen Greenblatt. El giro

 



“De cómo un manuscrito olvidado contribuyó a crear el mundo moderno” es el subtítulo de El giro, el espléndido ensayo que elaboró Stephen Greenblatt sobre el único manuscrito en el que se conservaba De rerum natura, el poema filosófico en hexámetros que Lucrecio había compuesto en el siglo I a.C.

Lo localizó en enero de 1417 en la abadía benedictina alemana de Fulda el humanista y bibliófilo italiano Poggio Bracciolini, que lo mandó copiar y regresó a Italia con aquella copia que pondría en circulación. Así empezaría a difundirse el contenido de un libro que estuvo a punto de perderse y que con sus planteamientos materialistas de filosofía natural constituyó uno de los fundamentos esenciales del humanismo y acabaría propiciando el giro ideológico y cultural que dio lugar al Renacimiento. 

Como explica Greenblatt, desde un siglo antes había entre los humanistas, desde que Petrarca recuperó Ab urbe condita, la descomunal obra de Tito Livio sobre la Historia de Roma, un furor creciente por descubrir manuscritos olvidados de la Antigüedad: 

 “Los italianos llevaban casi un siglo obsesionados con la caza de libros, desde que el poeta y erudito Francesco Petrarca ganara para sí la gloria en la década de 1330 reconstruyendo la monumental Historia de Roma desde su fundación de Tito Livio y encontrando varias obras maestras de Cicerón, Propercio y otros autores. Los logros de Petrarca habían inducido a otros a dedicarse a la búsqueda de obras perdidas de autores clásicos que con frecuencia habían permanecido sin ser leídas durante varios siglos. Los textos recuperados eran copiados, editados, comentados y celosamente comprados y vendidos, cubriendo de gloria a los que los hallaban y sentando las bases de lo que vendría a denominarse el «estudio de las humanidades».
Los «humanistas», como fueron llamados los que se dedicaban a ese estudio, sabían por el minucioso “análisis de los textos de la Roma clásica que habían sobrevivido, que seguían faltando muchos libros otrora famosos o cuando menos partes de ellos.”

Con su admirable capacidad narrativa, acreditada en El espejo de un hombre, su ensayo biográfico sobre Shakespeare, o en el que dedicó recientemente a Marlowe en El Renacimiento oscuro, Greenblatt no sólo reconstruye en El giro la historia de aquel descubrimiento transcendental. Sus páginas ofrecen además una evocación muy plástica del mundo antiguo en el que Lucrecio escribió De rerum natura, de los monasterios medievales en los que se conservaron los manuscritos o de la corte florentina de los Medici desde donde se impulsó el Humanismo:

“El descubrimiento de Poggio hizo así las veces de canal fundamental a través del cual el viejo poema de Lucrecio, que llevaba más de mil años durmiendo el sueño de los justos, volvió a ponerse en circulación. En la fría Biblioteca Laurentiana, diseñada en gris y blanco por Miguel Ángel para los Medici, se conserva la transcripción realizada por Niccoli a partir de la copia hecha por el escriba alemán del manuscrito del siglo IX que contenía el poema de Lucrecio, el Codex Laurentianus 35.30. Siendo como es una de las fuentes esenciales del mundo moderno, se trata de un libro de dimensiones modestas, encuadernado en un cuero rojo muy gastado con incrustaciones de metal, y una cadena atada a la parte inferior de la cubierta posterior. Apenas se distingue físicamente de muchos otros manuscritos de la colección, aparte de ir provisto de unos guantes de látex cada vez que se lo llevan a un lector.”

Con una mezcla de rigor histórico, capacidad evocadora y pulso narrativo que le permite recrear a lo largo del libro la historia de la recuperación y la recepción posterior de la obra de Lucrecio, así evoca Greenblatt el comienzo de aquella peripecia que acabó con aquel rescate decisivo para la fundación del mundo moderno de una obra que se daba por perdida en el siglo XV:

En el invierno de 1417, Poggio Bracciolini cruzó a lomos de su caballo los boscosos montes y valles del sur de Alemania rumbo a su remoto destino, un monasterio del que se decía que ocultaba antiguos manuscritos tras sus muros. Como seguramente comprobaron los aldeanos que lo veían pasar desde las puertas de sus cabañas, era un extraño en tierras lejanas. 

Así comienza el relato de la historia bibliográfica que cuenta El giro, un ensayo sostenido en una apabullante erudición, compuesto sobre una rigurosa base documental y desarrollado con una voluntad narrativa que por momentos lo acerca al tono y al ritmo de una novela de aventuras:
 
Uno de los manuscritos era un texto bastante largo escrito en torno al año 50 a. e. v. por un poeta y filósofo llamado Tito Lucrecio Caro. El título del texto, De rerum natura —«Sobre la naturaleza de las cosas»— era curiosamente parecido al título de la celebrada enciclopedia de Rabano Mauro, De rerum naturis. Pero mientras que la obra del monje era aburrida y convencional, la obra de Lucrecio era peligrosamente radical.”

Con la obra recuperada y difundida rápidamente en Italia, el poema de Lucrecio inspiró a artistas como Botticelli en un cuadro como La primavera (“Viene la Primavera acompañada de Venus y por delante marcha el alado heraldo de Venus; mientras, siguiendo los pasos de Céfiro, la madre Flora alfombra todo el camino con sus maravillosos colores y perfumes”, había escrito Lucrecio), influyó en pensadores como Giordano Bruno (“hay numerosos indicios de que el De rerum natura trastornó y transformó todo el universo de Bruno”); modeló el pensamiento de Galileo, Hobbes, Freud, Darwin y Einstein y ejerció una influencia fácilmente reconocible en los Ensayos de Montaigne y -a través de él- en el teatro de Shakespeare.

Porque -explica Greenblatt en el prólogo- “la cultura surgida de la Antigüedad que mejor resume la aceptación lucreciana de la belleza y el placer y que la impulsó como una búsqueda humana legítima y valiosa fue la del Renacimiento. Y esa búsqueda no se limitó a las artes. Determinó el atuendo y la etiqueta de los cortesanos, la lengua de la liturgia, y el diseño y la decoración de los objetos de la vida cotidiana. Impregnó los estudios científicos y tecnológicos de Leonardo da Vinci, los animados diálogos de Galileo sobre astronomía, los ambiciosos proyectos de investigación de Francis Bacon y la teología de Richard Hooker. Fue, de hecho, un movimiento reflejo, de modo que muchas obras aparentemente alejadas de cualquier ambición de orden estético —los análisis de estrategia política de Maquiavelo, la descripción de la Guyana por Walter Raleigh o el estudio enciclopédico de la enfermedad mental por Robert Burton— fueron pergeñadas de modo que produjeran el placer más intenso. Pero las artes del Renacimiento —la pintura, la escultura, la música, la arquitectura y la literatura— fueron las manifestaciones supremas de esa búsqueda de la belleza.”

En el origen de la escritura de El giro, que acaba de reeditar Crítica con traducción de Juan Rabasseda-Gascón y Teófilo de Lozoya, está el interés de Greenblatt por el poema didáctico de Lucrecio. Hay en esa atracción intelectual una cuestión personal que resumen estas líneas, en las que Greenblatt recuerda su descubrimiento de esa obra. Un descubrimiento tan intenso y tan revelador para él como el del propio Poggio Bracciolini en la abadía alemana donde lo rescató:

Puedo atestiguar que, aunque fuera en una traducción en prosa, Sobre la naturaleza de las cosas supo tocar en mí una fibra muy honda. Su influencia se debía hasta cierto punto a las circunstancias personales: el arte penetra siempre en la persona a través de las fisuras existentes en su vida psíquica. El núcleo del poema de Lucrecio es una profunda meditación terapéutica acerca del miedo a la muerte, y ese miedo es algo que dominó por completo mi infancia.”