Un refugio en la espesura, de Itziar López Guil
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Yo busco una palabra que acune a los ahogados del Estrecho, que haga un nido de amor y que se enrosque, y pida más cariño en la conciencia.
Y donde no hay comida, traiga pan. Y donde caen las bombas sea escudo. Y donde solo hay grito haga silencio.
Es uno de los poemas con los que Itziar López Guil ha compuesto Un refugio en la espesura, que publica Bartleby Editores en su colección de poesía.
Sus dos citas iniciales, una de Pepe Mújica y otra de Noam Chomsky, parecían anunciar que los referentes temáticos y tonales de este libro están menos en la creación poética que en el activismo político. Y sin embargo, el lector que se adentra en sus páginas comprueba cómo se van imponiendo en estos textos, de medida prosa rítmica y fluido verso libre, la potencia verbal y la ambición expresiva, la intensidad emocional y el ímpetu visionario, compatibles -aquí sí- con la voluntad testimonial y la combatividad política. Cualidades que toman forma para expresar la resistencia frente a la injusticia o el crimen de una voz alzada contra la iniquidad, como en este Aprendiendo silencio:
Una ciudad arracimada contra el mar, muerto sobre muerto y aún más bombas. Debajo se han deshecho los besos, las manos que jugaron, los ojos que el escombro ha vuelto grava.
Ninguna voz recita el alfabeto.
La escuela es hoy alfombra de hormigón
y un fulgor de misiles va borrando
cada letra.
Enmarcados por un poema prologal y otro epilogal y organizados alfabéticamente según sus títulos, estos poemas avanzan hacia un refugio en el ámbito de la intimidad personal y familiar, entran en el canción de verano y edad, madura territorio de la memoria personal para hablar de la muerte del padre -cuya presencia inunda también el libro con las veinte imágenes que lo ilustran-, del amor y el deseo, de manera que el equilibrio entre exigencias estilística y mirada reivindicativa, se extiende también al terreno de una mirada que va del exterior a la introspección y a la memoria, de lo público a lo íntimo sin renunciar a la denuncia o a la protesta:
CANCIÓN DE VERANO
Espalda de un tiempo que no vuelve, melodías que nunca escuché en serio.
Porque la vida no podía ser tan fácil.
Así de fácil era.
Y así también, entre el asombro y la incertidumbre, entre la luz y la penumbra, la tristeza y la esperanza, estos poemas hablan del maltrato y de los sueños, del despertar y los lunes, de la playa y el bosque y trazan un itinerario personal que la autora dedica a sus tres compañeros de trinchera. “Y también a mí misma. Por resistir.”
Como en Edad madura:
Pasa mi cuerpo los escaparates con luz de agosto, nariz en guerra, labio, untuoso y combativo.
Hordas de palomas rezuma la estación desde su calle, circulan los tranvías con un rugido de salitre, huyendo el celo del rail que los doblega en su deseo.
Un hedor de odio y fe hiere el azogue del mundo.
No pienso hacer del tiempo otra batalla.

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