11 marzo 2026

Cuentos completos de Gógol

 


Cuando Dostoievski escribió “Todos venimos del capote de Gógol” desconocía el alcance de su reconocimiento sobre la importancia de ese cuento en la narrativa posterior. 

Ignoraba, naturalmente, la transcendencia futura de ese y de los otros relatos de Gógol agrupados habitualmente bajo el rótulo Historias de San Petersburgo. En El retrato, por ejemplo, se adelanta al Dorian Gray de Wilde; La nariz presagia el mundo de Kafka, al igual que en Akaki Akakievich, el protagonista de El capote, está latiendo ya la semilla del Bartleby de Melville y de Gregorio Samsa. Y su espíritu, como señaló Harold Bloom en El canon del cuento, está “presente de forma sutil en gran parte de Nabokov”.

Bastaría todo eso para dejar establecida la importancia de Gógol en la historia de la literatura, pero además de ese carácter de adelantado que le convierte en un profeta de la modernidad, había en esas narraciones -como en La Avenida Nevski y el Diario de un loco- una fuerza literaria que las sigue manteniendo en pie como la parte más viva de toda su obra.

Y así, en La Avenida Nevski toda la potencia descriptiva se concreta en un documental costumbrista de enorme vivacidad plástica, en una muestra de ironía en la pintura de un paisaje humano cambiante según el momento del día o de la noche. Ese es el panorama que sirve como telón de fondo al relato de dos peripecias menos intensas que las descripciones que las enmarcan.

Y en el Diario de un loco la representación en primera persona de la psicosis delirante de un esquizofrénico megalómano que se cree el rey de España se anticipa a las descripciones clínicas de los tratados de psiquiatría.

Gógol las escribió entre 1835 y 1842 y aunque no las concibió como un conjunto cerrado, sino que las publicó de forma aislada, la común ambientación en San Petersburgo ha permitido agruparlas habitualmente en un conjunto coherente.
 
Estos cinco relatos, pensados en principio como textos menores en el contexto de una obra narrativa más amplia y ambiciosa, son la zona narrativa que mantiene la vigencia de Gógol y hacen de él casi un narrador contemporáneo. Los cinco representan lo más característico de la escritura de Gógol y su capacidad para combinar sátira social y compasión, fantasía y realismo.

Esos textos son la parte central del espléndido volumen que reúne los Cuentos completos de Gógol en la edición que Páginas de Espuma incorpora a su imprescindible colección de Cuentos Completos, que ha recogido el canon del relato breve desde Poe a Bradbury pasando por Balzac, Flaubert, Henry James, Bábel, Schwob, Kafka, Joyce o Thomas Wolfe.

Admirablemente editados, como de costumbre, y organizados con un criterio cronológico, con traducciones de Vladímir Aly, María García Barris, Fernando Otero Macías, Marta Sánchez-Nieves Fernández y Joaquín Torquemada Sánchez e ilustraciones de Arturo Garrido, los treinta y seis relatos reunidos en este volumen compendian en sus casi mil páginas la totalidad de la narrativa breve de un autor decisivo no solo en la historia de la literatura rusa, sino en la configuración del relato breve con obras tan significativas como las citadas más arriba o con Tarás Bulba, el más extenso de sus relatos, una narración que evoca la figura heroica de los cosacos del siglo XVI con el enfoque nacionalista y romántico propio de sus primeros libros.

Esta edición de los Cuentos completos de Gógol se estructura en cuatro secciones: las Veladas en el caserío cerca de Dikanka (1831-1832); Mirgorod (1835), de la que forma parte, además de Tarás Bulba, el más extenso de todos sus cuentos, Terratenientes  del viejo mundo, que para Bloom es su mejor relato junto con La nariz; los Relatos, que incluyen todo el ciclo de las historias de San Petersburgo, y los Fragmentos, que agrupan los textos dispersos y los que dejó inconclusos a su muerte.

En una literatura tan inclinada al enfoque realista como la narrativa rusa del siglo XIX, Gógol es una isla, el mejor exponente del cuento fantástico, una síntesis de buen humor y crítica, de ironía y capacidad descriptiva, de sueño y realidad. Una mezcla que en textos como La nariz o El capote hace que lo extraño irrumpa en el relato para generar una situación absurda que es el punto de partida de una construcción simbólica que va más allá de sus límites aparentes para proponer una alegoría de las relaciones humanas. Porque en estos relatos, por encima de sus circunstancias espaciales y temporales, históricas o sociales, Gógol no deja de hablar nunca de la condición humana.

Por algo es un clásico.