06 marzo 2026

Flaubert. La educación sentimental

  





El 15 de septiembre de 1840, hacia las seis de la mañana, el Ciudad de Montereau, presto a zarpar, exhalaba grandes torbellinos de humo en el muelle de Saint Bernard. Llegaba gente jadeando; toneles, maromas y cestos de ropa blanca dificultaban la circulación; los marineros no respondían a nadie; chocaban unos con otros los pasajeros; subían los paquetes entre los dos tambores, y el bullicio se disipaba en el zumbido del vapor, que, escapándose entre las planchas de palastro, envolvía todo en una nube blancuzca, mientras a proa la campana sonaba sin cesar.
Por fin partió el navío; y las dos riberas, pobladas de almacenes, de astilleros y de fábricas, se extendieron como dos anchas cintas desenrollándose. Un joven de dieciocho años, de largos cabellos, con un álbum bajo el brazo, permanecía, inmóvil, junto al timón. A través de la niebla, contemplaba campanarios, edificios cuyos nombres desconocía; luego, en una última mirada, se despidió de la isla de Saint-Louis, de la Cité, de Nôtre-Dame; y, al desvanecerse prontamente París, exhaló un profundo suspiro.
Frédéric Moreau, recién graduado de bachiller, regresaba a Nogent-sur-Seine, donde debía vegetar durante dos meses antes de comenzar sus estudios de Derecho. Con el dinero muy contado le había enviado su madre a El Havre, para ver a un tío del que ella esperaba hiciera de Frédéric su heredero. De allí había vuelto Frédéric en la víspera; y para compensarse de la pesadumbre de no poder permanecer en la capital, había elegido para el regreso a su provincia el camino más largo.


Así comienza La educación sentimental, una de las novelas imprescindibles no solo de Gustave Flaubert, que alcanzó aquí su mayor altura literaria, sino de la literatura europea.

Publicada en 1869, como Guerra y paz, de Tolstói, La educación sentimental es una novela de protagonista, pero también una obra coral como aquella. Y no es tanto una novela de formación como una novela de desengaño, como Las ilusiones perdidas, de Balzac. 

Las ilusiones perdidas en este caso de Frédéric Moreau, en cuya peripecia vital Flaubert resume no tanto el ascenso de un joven ambicioso como el progresivo fracaso general de todos sus proyectos: amorosos, políticos y sociales. Una novela de la disolución como lo es en otro sentido Madame Bovary.

Víctima de sus indecisiones y de su incapacidad para la acción, Frédéric ve frustrarse su pasión por Madame Arnoux y con el telón de fondo del convulso París revolucionario de 1848, ve fracasar también sus ideales políticos y los de toda su generación, degradados por el oportunismo, la impostura y la mediocridad del ambiente. 

Como “una epopeya de la mediocridad” la definió André Gide. Y Émile Zola dijo de La educación sentimental que “es la única novela verdaderamente histórica que conozco, la única verídica, exacta, completa, en la que la resurrección de las horas muertas es absoluta, sin el menor trucaje literario.”

Concebida en su juventud, en la que redactó una primera versión muy distinta que acabó desechando, la reescribió durante cinco años, en su madurez creativa: 

 “Estoy empeñado desde hace un mes -escribía Flaubert en una carta del 6 de octubre de 1864- en una novela de costumbres que se desarrollará en París. Quiero hacer la historia moral o más exactamente sentimental de los hombres de mi generación. Es una novela de amor, de pasión, pero de pasión como puede haber ahora, es decir inactiva. El tema tal como lo he concebido es, creo, profundamente verdadero, pero me pareció en sí mismo probablemente poco divertido. Faltan un poco los hechos, el drama, y la acción se desarrolla en un periodo de tiempo demasiado largo. En fin, estoy muy cansado y lleno de preocupaciones.”

 Escrita con una admirable fluidez narrativa y con una asombrosa precisión estilística, con una mirada amarga y desengañada y con una frialdad irónica y distante, La educación sentimental es un análisis implacable de la revolución del 48 y de la sociedad parisina de su época desde la peculiar óptica reaccionaria de Flaubert, pero también una desengañada elegía personal por el tiempo perdido de la juventud y sus renuncias frente a la realidad.

Esta es la novela más autobiográfica de su autor. Porque la vida de Flaubert atraviesa toda la novela, pródiga en detalles autobiográficos que devastaron la vida sentimental del autor, especialmente su amor frustrado por una mujer casada, más de diez años mayor que él y transmutada en la novela en la figura de Marie Arnoux, de una pasividad tan inhibidora como la pasión inactiva de Fréderic. 

Pero además de la historia de unos amores frustrados, La educación sentimental es una crónica generacional de los acontecimientos revolucionarios de febrero del 48 en París, que provocaron la caída de la monarquía y la llegada de la II República y de los que Flaubert fue espectador privilegiado. Una crónica muy crítica con los burgueses y con los socialistas, a los que indignó por igual con su parodia del romanticismo político y social.

Eso hace de la novela no solo una obra de arte, sino un documento histórico de primera mano, una recreación artística del primer enfrentamiento abierto entre la burguesía y el proletariado. Y como refleja su correspondencia, Flaubert buscó en la novela no solo la perfección estilística, sino una pintura social trazada desde el equilibrio entre los personajes y su marco ambiental, entre los primeros planos y su fondo histórico, para el que se documentó de manera abrumadora.

Porque el choque entre el protagonista y el mundo que le rodea es, desde el Quijote, el eje vertebrador de la novela moderna. Una relación conflictiva que se resuelve con la imposición traumática del principio de realidad y la aceptación del fracaso, la integración o la rebeldía y la marginación por parte del protagonista. Entre nosotros, las novelas de Baroja o Tiempo de silencio no hacen más que incidir en la conciencia y el desarrollo de ese tema desde otras perspectivas estéticas e ideológicas.

Alianza Editorial recupera La educación sentimental con la espléndida traducción de Miguel Salabert, en una edición anotada que abre un prólogo en el que Salabert señala que “La educación sentimental era a la vez la crónica de un fracaso y de una generación, de una generación fracasada. Esa generación, la de Flaubert, no quería reconocerse en ese reflejo, ni estaba dispuesta a asumir la desolación ni las consecuencias desmoralizadoras de una obra de la que nadie sale bien librado, impregnada como lo está del profundo pesimismo del autor. Por último, era de una originalidad desconcertante, de una novedad que no nos es posible calibrar hoy, dada la inmensa influencia que esta obra ha ejercido en la novelística posterior.”