La amistad de Beckett
La gran belleza de Samuel Beckett lo exponía a las miradas, pero también le daba una suerte de invisibilidad. La gente, por la calle, sin conocerlo, se fijaba a menudo en él, pero aquellos con los que solía cruzarse y que sabían su nombre no le prestaban aparentemente mucha atención. La costumbre de la fama, su cortesía, su sencillez, no eran lo único que explicaba esa discreción, la suya y la de los demás hacia él, que resultaba más bien de su belleza, idéntica en él a su capacidad de pasar inadvertido.
Así comienza La amistad de Beckett 1979-1989, de André Bernold, que llega hoy a las librerías publicado por Ediciones del Subsuelo.
En su centenar de páginas intensas, espléndidamente traducidas por Anne-Hélène Suárez Girard, André Bernold traza un retrato cercano de alguien tan aparentemente hermético como Samuel Beckett en sus últimos diez años de vida, desde un primer contacto casual, aunque buscado, un sábado de noviembre de 1979 en el distrito XIV de París hasta la última carta, poco antes de su hospitalización y su muerte en 1989.
Y a subrayar esa proximidad contribuyen las siete fotografías de John Minihan que reflejan un Beckett tan cercano como el que evocan estos dos párrafos, que, coherentes con las imágenes, podrían servir de pies de foto:
La belleza visible de Beckett lo convertía en un ser difícil de ver realmente. Lo ocultaba, a él, que no se protegía. Mostraba de él una sucesión de aspectos discontinuos, discretos, en el sentido de los matemáticos. Ser elíptico, lo era por sí mismo. Su cuerpo, a pesar de lo que decía, le servía para estar sólo de forma intermitente, en las expresiones espaciadas de su rostro, de sus escasas voces, de sus contados gestos, y en la puesta en pausa de todo ello. Esas expresiones eran tan bellas que captaban la atención e impedían observar lo que las separaba, y cómo desaparecían súbitamente, dejándolo allí, cabizbajo. En esos eclipses, no había nada que pudiera verse o saberse. Se trataba de acompañarlo. Allí estaba él, entre dos destellos de luz, en una actitud estática en la que había que confluir con él.
Su maravillosa sencillez venía de ahí, de su no ocuparse de nada, de su naturalidad en no ser nada, de abandonar a menudo su capacidad de concentración y dejarla errar ante sí, en un rincón de la mesa. Bastaba con acomodarse con él allí; sentías entonces que el vacío del momento, y también la alegría, que la alternancia de zonas grises y claras no eran sino dos aspectos de una misma actitud puesta de manifiesto, sobre todo, por el carácter extraño de su belleza. Porque era extraña. Se solía decir que se asemejaba a la del ave, la del águila. Cierta vivacidad al girar, al bajar la cabeza, una manera de pasar sin transición de un estado a otro, todo ello contribuía, al igual que el famoso perfil, a rodear de espacio su apariencia.
La belleza, el silencio y la sencillez son tres claves presentes en esas líneas que resumen la naturaleza de una peculiar relación de amistad y la actitud admirativa con la que está escrito el libro. Una relación de amistad que, más allá de lo personal, Bernold describe en términos que la vinculan con el universo temático y vital de Beckett, con sus textos y sus personajes: el vacío, el silencio, la importancia del lenguaje gestual y la corporalidad:
Pero el ritmo [de los encuentros] era el mismo que el de los acontecimientos en los textos de Beckett.
Las paradas, incluso antes de que nada hubiera comenzado, las pausas en el vacío, marcaban el compás.
La amistad de Bernold con un Beckett famoso y ya Premio Nobel, pero cercano y modesto, porque “no sentía gran interés por sí mismo; de ahí su elegancia”, adquiere así una dimensión literaria que conecta al escritor con su mundo creativo desde el primer encuentro concertado de una hora y de silencio casi continuo hasta otros en los que el tono de voz o la ironía son decisivos cuando Beckett habla de la música o del pesimismo nihilista.
Aquellos encuentros, llenos de silencios naturales, en los que no pasaba nada generaban momentos irrepetibles de complicidad y cercanía. Momentos en los que un Beckett lacónico imponía involuntariamente la fuerza de su presencia, la revelación del vínculo entre el cuerpo y el lenguaje, la importancia del gesto o de la tonalidad y la inflexión de la voz. O recordaba sus partidas de ajedrez con Marcel Duchamp y mantenía intensamente viva la memoria de Joyce, de quien Beckett había sido secretario. O, más raramente y de manera siempre huidiza y distante, aludía a su propia obra.
Eran conversaciones tan peculiares como aquella relación callada y paciente, cortés y contemplativa, pródiga en gestos, miradas y señales corporales, entre la mano y la cabeza:
Por supuesto, no se trataba de conversar. No debatimos, salvo brevemente, cuestiones prácticas o relativas a aporías técnicas. Entonces, ¿hacerse compañía? Estaba bien, pero él tenía menos necesidad de compañía que yo y, en cuestión de amistad, las cosas deben estar equilibradas.
Conversación, por consiguiente, sí teníamos, pero de forma especial. Nos pasábamos el tiempo haciéndonos señas, de lejos o de cerca. ¿Qué entendíamos por eso? Una «seña» era un elemento de la situación —actual o virtual— en la que nos encontrábamos ambos, de tal naturaleza que su emisión por parte de uno de los dos ya contenía un fragmento de lo que el otro enviaría en respuesta. Una seña solamente era una «seña» para nuestro uso si la manera en que «destacaba sobre el fondo» (el fondo que formaba nuestra relación) incluía una indicación sobre cómo reubicarla en otra parte del fondo. Es como una forma de interpretación, y tal vez el principio de toda cortesía. Una forma recíproca, ya que cada movimiento va de algún modo precedido por el siguiente, anticipado en un rasgo del que vendrá a continuación. Se asemejaba a hacer música. Y también se parecía bastante a ciertos pasajes de su teatro.
Un libro en el que André Bernold no sólo evoca su amistad con Beckett, sino que hace además una relectura de sus obras con una admiración como la que reflejan estas líneas:
¡Cómo lo miraba yo cuando se quedaba tan absorto en una idea! Así pues, era él quien había concatenado las frases de L’Innomable [El innombrable]. ¿El mismo? Borrado, desviado, como esmerilado a mi medida. Comprendí que no hay contemporáneos; la grandeza, semejante a las sombras, no se deja abrazar.

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