24 marzo 2026

Lezama Lima. Años de formación

 



«No tengo biografía ninguna», declaró en entrevista. «Vivo en lo que queda al pasar por un espejo», dice en una carta. Ambas frases, y muchas otras que podríamos sumarles, apuntan al tipo de escritor que levanta su obra como un túmulo reverencial y evita distraernos con las mil anécdotas burbujeantes en el caldo del personaje. Esa aparente renuncia a lo biográfico distingue a quien gustaba de considerarse un clásico futuro, cuyos lectores estarían esperándolo en la eternidad, allí donde se borra la memoria del cuerpo para que sobreviva un espíritu fundido con la letra.

Con ese párrafo comienza Ernesto Hernández Busto la magnífica Introducción del primero de los tres tomos de su monumental biografía de José Lezama Lima que ha empezado a publicar Pre-Textos coincidiendo con los cincuenta años de la muerte de Lezama y con los sesenta años de la publicación de Paradiso.

Espléndidamente construida y anotada, sostenida en más de dos décadas de trabajo y lectura, de documentación y entrevistas, esta ambiciosa empresa aborda con minucioso rigor documental y analítico la biografía y la obra de Lezama.

Años de formación se subtitula este primer volumen, situado cronológicamente entre 1910 y 1939 y geográficamente entre el campamento militar habanero de Columbia y Upsalón, al que seguirán las otras dos entregas, Años de fundación y Años de revolución.

Así resume el autor la estructura de esta magnífica biografía:

Este libro, voluntariamente excesivo en ocasiones, está estructurado en tres grandes partes que aspiran a explicarse por sí mismas. La primera, titulada Años de formación, se concentra en el periodo 1910-1939, y está precedida por un análisis genealógico de los cruces entre la cultura cubana y la española desde la Guerra de Independencia de 1868 hasta la fundación de nuestra segunda República. Es una sección voluntariamente prolija: sin una comprensión del siglo xix cubano es imposible entender la obra y la figura de Lezama. Me detengo, también, en las estancias cubanas de tres escritores españoles que fueron importantes para él: Federico García Lorca, Juan Ramón Jiménez y María Zambrano.

Años de formación organiza sus casi cuatrocientas páginas de amplio formato en seis extensos capítulos: los dos preliminares “Fábulas de la sangre” (1868-1905) y "La cuerda del padre" (1905-1919) se remontan a la “invención de Cuba” y los orígenes de la nación cubana, a la genealogía familiar de los Lima / Olaya y el exilio en Jacksonville  y a los años infantiles del autor de Paradiso, fundamentales para entender la novela.

En esos dos primeros capítulos Hernández Busto rastrea y descifra algunas de las claves esenciales del mundo literario de Lezama Lima que iluminan poemas como la Rapsodia para el mulo o los primeros capítulos de Paradiso: desde esa genealogía familiar y los recuerdos del campamento Columbia en La Habana, donde transcurrieron sus primeros años, hasta la muerte del padre, geógrafo e ingeniero militar, coronel de artillería, a los 33 años, en Pensacola (Florida), de gripe española, que aparece evocada en el capítulo VI de Paradiso

Fue una infancia marcada por el asma, el insomnio y los terrores nocturnos que aliviaba la joven nodriza española Baldomera -la inolvidable Baldovina de Paradiso- con remedios ancestrales y con inhalaciones narcotizantes y alucinatorias de polvos Abisinia Exibar. Y es el asma, el insomnio y el miedo alucinado de José Cemí en Paradiso, un monumento literario que funde ficción y autobiografía no sólo en la figura del protagonista, sino también en figuras del entorno familiar como la vieja Mela (de nombre real Mercedes Padilla), y criolla separatista, bisabuela materna de Lezama, que la describe en el capítulo IV de la novela; su padre, José María Lezama Rodda (José Eugenio Cemí), o su madre, Rosa Lima, Rialta Olaya en la novela.

Porque, moviéndose siempre equilibradamente entre los datos de la realidad y su transposición literaria, especialmente en la infancia mitificada en Paradiso, el biógrafo aporta claves interpretativas que iluminan la escritura de Lezama. 

Y en eso radica el mayor interés de esta ambiciosa biografía, que explora también en su tercer capítulo, “El mundo placentario” (1919-1929) asuntos como la los consecuencias materiales y emocionales de la muerte temprana del padre, la incomodidad del conflictivo y luctuoso ambiente familiar, el refugio en las primeras lecturas de Lezama, la figura crucial del seductor y escandaloso tío Alberto, un personaje excepcional y festivo, y sus conversaciones, que Cemí celebrará como «el inicio de la poesía» o el traslado a la casa de Trocadero, un descenso social desde la zona elegante y señorial del Paseo del Prado.

"Narciso en Upsalón" (1929-1934) es el título del cuarto capítulo, centrado en los años del Lezama estudiante de Derecho en la Universidad de La Habana (Upsalón desde el capítulo IX de Paradiso), en sus recuerdos universitarios y en su escaso rendimiento académico, en su participación en los disturbios antimachadistas de los años treinta que aparecen en la novela, en sus primeros poemas, reunidos en el cuaderno Inicio y escape, y en esa primera cima poética admirable que es el órfico, esotérico y gongorino Muerte de Narciso, que se publicó en 1937. 

En la raíz de ese largo poema está la relación entre homosexualismo y poesía y el orfismo hermético en que se sitúa Lezama para afrontar esa vinculación y su “inclinación griega”, de la que dan noticia las páginas dedicadas a rastrear sus relaciones, especialmente la que mantuvo con Salvador Gaztelu, y el conocimiento de García Lorca durante sus tres meses de estancia en La Habana en 1930.

El quinto capítulo -“Un Estado posible (1934-1939) arranca con la prematura muerte de su amigo pintor Arístides Fernández, al que Lezama dedica su primer ensayo en la revista Grafos, una referencia en la vida cultural cubana de los años treinta. Las primeras publicaciones, sus primeros tanteos con el cuento, el encuentro con María Zambrano, la llegada de Virgilio Piñera a La Habana, los tres números de Verbum, la revista generacional fundada por Lezama, en los que dejó reflejada una enorme admiración hacia Juan Ramón Jiménez que reflejó en el Coloquio con el poeta que publicó por esos años, son algunas de las secuencias de ese capítulo que se cierra con la aparición en agosto de 1939 del primer número de la revista bimestral Espuela de Plata, fundada también por él.

El sexto capítulo -“Hotel Vedado" (1936-1939)- debe su título al nombre del hotel en que se instalaron Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí cuando llegaron a La Habana en diciembre de 1936. Juan Ramón es el eje de ese capítulo final con su ciclo de conferencias en diversas instituciones, su Coloquio con Lezama, su visita por sorpresa a la casa de Lezama en Trocadero o su impulso al grupo de Orígenes (Gastón Baquero, Cintio Vitier, Fina García Marruz o Eliseo Diego), tan alejado paradójicamente de los postulados juanramonianos.

Ilustrado generosamente con abundantes ilustraciones recogidas en un cuadernillo central, este primer tomo tiene como telón de fondo las agitaciones sociales y los avatares políticos y militares de la Cuba del XIX y del primer tercio del XX, que culminaron en la Segunda República cubana de 1939. Un contexto sociopolítico expuesto exhaustivamente, porque es decisivo en el entorno familiar de Lezama y por su importancia en estos años formativos que dan su primera muestra creativa en el hermético Muerte de Narciso y en el camino hacia la fundamental revista Orígenes

Se cierra ese capítulo final del primer volumen de la biografía de Lezama Lima cuando este renuncia a la beca de estudios que le ha conseguido Juan Ramón en la Universidad floridana de Gainesville y prefiere quedarse con su madre en la casa habanera de Trocadero.

Asoma ahí ya de manera definitiva el Lezama inmóvil, contradictorio y paradójico que Hernández Busto retrata en su estupenda Introducción:

Lezama está lleno de paradojas. Su catolicismo roza muchas veces la herejía; su profundo conservadurismo no le impidió celebrar una revolución; su curiosidad y cosmopolitismo contrastan con la figura del «peregrino inmóvil» que apenas viajó fuera de la isla; su estilo hermético convive con el gran conversador, capaz de seducir a los más disímiles interlocutores, y con el generoso magister del Curso Délfico.
[...] 
Esa particular grandeza, como ya notó Cortázar en su momento, tampoco está a salvo de la caricatura. El estilo de Lezama es todo menos elegante (carece de equilibrio o simetría, abusa de parataxis y anacolutos, tiene una puntuación errática, se pierde a menudo en digresiones, es demasiado reiterativo a veces), mientras que su figura, la del obeso poeta hermético que saca de su chistera de mandarín intelectual suce-psivas misiones trascendentales (dar sentido histórico a una nación, descifrar la originalidad americana, construir un sistema poético del mundo) puede ser (y lo fue) blanco de burlas fáciles. Varias generaciones han parodiado su habla reducida a jerigonza asmática, hecho mofa de su gordura y su gula, cuestionado su torpe relación con otras lenguas y las pifias de su erudición. Buena parte del anecdotario disponible insiste en lo ridículo del personaje, ajeno y a la vez inseparable de su entorno. Burlarse siempre es más fácil que pensar. Cuando en La Habana de 1970 un grupo de escritores irreverentes puso de moda los epitafios en verso de grandes autores vivos, el suyo («Jamás viajó ni a Nueva York ni a Roma, / José Lezama Lima, vida vana, / entre nosotros, en su vieja Habana, / se dedicó a escribir, mató el idioma») fue un ejemplo perfecto de mala lectura: convertía en defecto su gran virtud.

Así resume Hernández Busto el contenido que tratará en los dos tomos restantes, que se publicarán a lo largo de este mismo año:

La segunda parte, Años de fundación, abarca desde el verano de 1939 hasta diciembre de 1958, y sigue el rastro del protagonista a través de las sucesivas publicaciones que fundó esos años (Espuela de Plata, Nadie Parecía) para desembocar en Orígenes (1944-1956), esa que Octavio Paz llamó alguna vez «la mejor revista del idioma». Una nueva estética coincide aquí con el momento «constitucional» de la República cubana, sacudida luego por numerosos vaivenes políticos. Son los años en que Lezama desarrolló su carrera de poeta y animador cultural, llegando a convertirse, no sin polémica, en una figura de referencia.
La tercera parte del libro, Años de revolución, se dedica a analizar la relación entre Lezama y la Revolución cubana de 1959 a partir no sólo de hechos probados, sino también de los textos con que el escritor establece su peculiar «política». Es la época del semanario Lunes de Revolución, de la reunión de Fidel Castro con los intelectuales en la Biblioteca Nacional, del Congreso de Educación y Cultura, y también el periodo en que Lezama pasó de poeta hermético a novelista de reconocimiento mundial. La crónica de sus acercamientos y tensiones con la Revolución es también la de una política cultural que entusiasmó a buena parte del mundo intelectual en los años 60 del siglo pasado. Se citan aquí, por último, documentos y testimonios, algunos inéditos, para explicar cómo Lezama transitó del entusiasmo inicial al ostracismo y la vigilancia por parte de la policía política tras el «Caso Padilla», un parteaguas definitivo en la relación de la Revolución con los intelectuales, dentro y fuera de Cuba.

Quiero cerrar la reseña con este revelador párrafo de la Introducción:

Uno de los inevitables apetitos de cualquier biógrafo que se ocupa de un escritor fallecido es el deseo secreto de que este regrese a la vida. Que vuelva para explicarnos algunas claves de nuestro propio mundo. Que venga a consolar un duelo que creemos consolable, a ocupar una tierra arrasada y baldía. Queremos devolverlos a la vida, devolverles tanta vida como podamos. Muchos escritores, y Lezama entre ellos, habitan un orbe semisecreto de cuyas intenciones y fuentes sólo conocemos lo que ellos mismos deciden revelarnos. Hay más, claro, y toda biografía pretende siempre hurgar en ese más: que el biógrafo explique no sólo lo que como lectores nos falta por descubrir, sino también las claves del genio excepcional. Son demasiadas expectativas, y más tratándose de una cultura en la que el género biográfico resulta bastante raro.