Los héroes griegos de Kerényi
“El mito es una postulación universal de la existencia griega. Toda la civilización en su conjunto seguía siendo la antigua, la original, sólo que en vías de un gradual desarrollo. El hombre seguía reconociendo la fuente mítica y sagrada de muchísimas formas de vida y se sentía muy cercano a ella. Los griegos se consideraban los sucesores y legítimos herederos de la Edad de los Héroes; los crímenes cometidos en los tiempos primordiales seguían recibiendo su castigo; Heródoto comienza su historia de la gran lucha entre Occidente y Oriente con el rapto de Ío, y las Guerras Médicas no son sino una continuación de la guerra de Troya.”
Con esa cita de Jacob Burckhardt abría Karl Kerényi Los héroes griegos, un clásico de la mitografía que llega a su tercera edición en Atalanta con traducción de Cristina Serra y un prólogo en el que Jaume Pòrtulas señala que “los héroes griegos han sido objeto, como quien dice desde siempre, de una fascinación muy profunda, que no resulta sencillo analizar. Esta fascinación pervive incluso en nuestra época, a pesar de que ésta haya sido testimonio de un retroceso sin precedentes de los referentes clásicos. Aun así, los nombres de Heracles, Aquiles, Perseo, Edipo, Ulises, etc., suscitan resonancias múltiples, a veces muy sutiles, incluso en personas que no han disfrutado de formación clásica alguna. La mayoría de estas personas no reaccionarían con la misma vivacidad, probablemente, ante la mención de los nombres, menos familiares, de los poetas que celebraron a estos héroes; de los escultores y artistas que los inmortalizaron en el bronce, o en el mármol, o en la modesta y portentosa cerámica; o de los filósofos que analizaron y censuraron la moralidad heroica, tantas veces deleznable. Quiérese decir con ello que muchas personas que no sienten un interés especial por la compleja aventura (histórico-política, cultural, religiosa) de la antigua Grecia no son en modo alguno insensibles al hechizo de los protagonistas de la saga heroica, con sus aventuras portentosas y sus sufrimientos a menudo espeluznantes.”
Esas palabras preliminares de Jaume Pòrtulas son una invitación acuciante y un inmejorable pórtico para entrar en el espléndido libro de Kerényi, que señalaba en su Prefacio:
El libro que ahora presento al público vuelve a estar colmado de material, más aún que el anterior, Los dioses de los griegos. De hecho, continúa la narración de aquel griego isleño y erudito de nuestro tiempo, en cuya boca fue puesta la historia de los dioses, y la complementa en todos los puntos en los que confluye con la historia de los héroes. Pero se podría tomar el camino opuesto, empezando con el duro destino de estos semidioses que, en cuanto hombres, a menudo sufrían más, para pasar después a la existencia bulliciosa de los dioses «de vida fácil». Aquí no se trata del mundo de los dioses, sino de un mundo entero que será revelado; unas veces nos parecerá familiar, otras extraño, y presentado quizá por primera vez de este modo. Es un mundo que se extiende entre la desembocadura del Guadalquivir y el Cáucaso, que abarca un espacio de tiempo que empieza en torno al 1500 a.C. y dura al menos dos mil años. Ese mundo transfirió la gloria de los grandes dioses y diosas a las figuras de sus hijos, que fueron venerados como héroes.
De los arquetipos morales que fijan las narraciones mitológicas, de ese mundo mental que va desde la desembocadura del Guadalquivir al Cáucaso desciende la cultura occidental, como revela este estudio ya clásico sobre la profunda huella que han dejado las leyendas heroicas de la Grecia clásica no sólo en la configuración de prototipos literarios o éticos, sino en la formación del pensamiento occidental.
Cuando lo publicó el húngaro Karl Kerényi en 1958 se lo dedicó a los poetas del futuro y era el complemento imprescindible de una mitología griega para adultos cuyo primer volumen estaba dedicado a Los dioses griegos que también ha aparecido en Atalanta.
Como aquella primera entrega, Los héroes griegos se organiza como una narración continua que prescinde del análisis erudito y se construye como una presentación descriptiva puesta en boca de un narrador inventado por Kerényi: un griego isleño de nuestro tiempo que cuenta esos mitos y leyendas heroicas desde dentro, como parte de su propia identidad.
Con esa voluntad narrativa, se asume así un único punto de vista omnisciente que recorre una parte fundamental de nuestro inconsciente colectivo para hablar de unas historias que abarcan desde los relatos de Cadmo y Harmonía a las consecuencias de la Guerra de Troya.
Elemento central de la triple división que propuso Píndaro en su Segunda Olímpica entre los dioses, los héroes y los mortales, en la figura del héroe se funden la literatura, la religión, la antropología y la historia del pensamiento en un enfoque complementario de la mitología de las divinidades, porque –como explica Kerényi- “los dioses reclaman a los héroes y estos forman parte de la mitología. Desde allí pasaron a un tiempo que ya no trata de “historias”, sino de “historia”.
Por eso la memoria de los héroes persiste como la de unos antepasados prestigiosos en las fronteras que separan mitología e historia, para seguir viviendo en una forma especial de casi-existencia cuya solidez y centralidad inmutable comparten con los dioses.
Combinando las fuentes de la tradición escrita y las imágenes de la cerámica y el arte sepulcral, Kerényi organiza la narración en tres libros que responden a una cronología interna. El primero, que arranca de las leyendas tebanas, habla de los Dioscuros tebanos y espartanos, de Perseo y la cabeza de la Gorgona Medusa, de Tántalo y el eterno castigo de los dioses por sus pecados, de Sísifo, hijo de Eolo; de Edipo y Yocasta o de Atalanta, la cazadora; el segundo se dedica a la figura de Heracles, a sus doce trabajos y a sus hazañas y padecimientos posteriores. Y la tercera, por fin, se centra en los héroes atenienses: Teseo frente al Minotauro, Jasón y Medea, Orfeo y Eurídice, Atreo y su dinastía, sus hijos Agamenón y Menelao, y los héroes de la Guerra de Troya: el ingenioso Odiseo y su enemigo, el portentoso Áyax; Palamedes, creador de letras y números, y el invencible Aquiles.
Y en todo ese recorrido queda abierta la posibilidad de un segundo sentido simbólico que, más allá de la mera narración literal y externa, concierne a una zona profunda de nuestra mentalidad individual o colectiva, porque, a través del misterioso poder universalizador de los mitos, podemos reconocernos más en ellos.
La espléndida edición de Atalanta incorpora una serie de veinticuatro láminas en color que reproducen escenas heroicas en cráteras y vasos, una cerámica de vocación narrativa, “modesta y portentosa”, como la denomina Jaume Pòrtulas en el fragmento que citamos más arriba de su excelente prólogo.

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