19 marzo 2026

Permanencia, de Vicente Picó Galache





 Milagro e infinitud, contemplación y memoria, ascensión y sombras, tiempo y miedo, gratitud y regresos, agua y luz, ensoñación y amor…

Son algunas de las palabras que figuran en los títulos de los poemas que forman parte de Permanencia, el libro que Vicente Picó Galache publica en Olé Libros con prólogo de Juan Pablo Zapater.

Esa constelación de palabras resume la mirada, el tono y el clima poético de un libro celebratorio en el que, aunque no faltan las sombras y el miedo, se leen estrofas como estas, de La vida que por vivir me falta:

Siento una dulce quietud,
la del viejo campanario
o la del mar que retira
sus preciosas olas fatigadas
para volver a nacer,
como nace este repentino anhelo
de una brisa de Amor.

Soy feliz,
y con asombro descubro
todo el tiempo que me queda:
la vida que por vivir me falta.

Un libro que lleva como pórtico de las tres partes en las que se organiza este poema de resonancia juanramoniana, una exaltación agradecida de la palabra creadora:

EL MILAGRO

Llega por fin la palabra. 
Mírala, no la toques. 
Viene para estar contigo 
con su vestimenta de oro 
y su cuerpo blanco de nieve; 
las vocales luminosas 
se enamoran de la hoja.

A veces huye de tus manos, 
pero al final siempre regresa 
como un azor agradecido 
a los brazos del cetrero 
portando un regalo en su boca, 
y junto a ti permanece 
fiel como perro a su amo 
mientras tu corazón acepte 
compartir de nuevo este anhelo.

La Ensoñación final, que cierra el libro con la celebración vitalista de un día que comienza, es un inmejorable modo de resumir su respiración poética, el proceso de resurrección que reflejan sus poemas y el tamaño vitalista de su esperanza, por decirlo en términos borgianos:

Por fin acepto esa mano 
que alguien confiado me tiende 
para afrontar el tránsito 
de un corazón a la deriva.

Asiré esta nueva esperanza:
hay que amar lo que perdura.
La tarea que resta es vivir, 
besar la raíz de la tierra 
como un feliz animal 
que tras un pronunciado letargo 
arranca de su cuerpo las esquirlas 
de los huesos fracturados.

Un extraño me acompaña 
y me enseña nuevas calles. 
La ciudad duerme en mis ojos: 
un radiante día comienza.

Y entre esos dos límites meditados del libro, un puñado de poemas que dibujan el autorretrato interior del autor, trazan el mapa sentimental en que discurren sus días y sus noches y recorren el itinerario personal de ascenso hacia la afirmación de la vida desde el aprendizaje de la muerte que cierra su poema El sueño. O en la estrofa final de Efemérides:

¡Vive este día esplendoroso!,
un nuevo espacio de luz, 
ponle el nombre que tú quieras, 
el de una virgen venerable, 
por ejemplo: Esperanza.

O en este Adiós a la noche, el penúltimo texto del libro: 

Nadie sabrá de este regreso. 
Un hombre despojado de su fiera 
vuelve a la luz del día 
ofreciendo su cara nevada. 
El mundo ahora es otro.

Un libro afirmativo que reclama su propia Permanencia entre el amor revelado y la hora de la pérdida en que se desvanece, entre la conciencia del tiempo y la asunción del horizonte inevitable de la muerte, entre la soledad y la mirada compasiva o solidaria con los demás, entre el pasado y el presente, entre la reivindicación de la felicidad y el ejercicio constante del asombro, entre la búsqueda de la luz y la función balsámica del recuerdo o del sueño, entre el tránsito del transcurso y la infinitud del mar, entre el Memorial de la noche con que se inicia la primera parte del libro y el amanecer esperanzado de ese “radiante día” que lo cierra.