Tierras solares, de Rubén Darío
Escribo a la orilla del mar, sobre una terraza a donde llega el ruido de la espuma. A pesar de la estación, está alegre y claro el día, y el cielo limpio, de limpidez mineral, y el aire acariciador. Esta es la dulce Málaga, llamada la Bella, de donde son las famosas pasas, las famosas mujeres y el vino preferido para la consagración. Es justamente una parte de la «tierra de María Santísima», con dos partes de la tierra de Mahoma. Mas el color local se va perdiendo, a medida que avanza la universal civilización destructora de poesía y hacedora de negocios. Hay, en verdad, mucho de lo típico, en los barrios singulares, como el Perchel, la Trinidad y la escalonada Alcazaba; mas la ciudad no os ofrecerá mucho que satisfaga a vuestra imaginación, sobre todo si imagináis a la francesa, y no buscáis sino pandereta, navaja, mantón y calañés.
Así comenzaba una de las crónicas viajeras que Rubén Darío escribió como corresponsal del diario La Nación de Buenos Aires durante un viaje de casi tres meses que hizo desde París para pasar el invierno de 1903 en Andalucía en busca de un clima mejor para su salud.
Son las crónicas de un viaje que le llevó el 1 de diciembre a Barcelona, para recorrer -después de una parada en Madrid en la que visitó a Juan Ramón Jiménez, al que volvería a ver a la vuelta- Málaga (“predilecta del divino Helios”), donde pasará las navidades, Granada (“el viejo paraíso moro”), Sevilla (“la ciudad de don Juan y la ciudad de don Pedro”), “la ilustre y secular Córdoba”, Gibraltar (“el más vasto altar, el más colosal monumento de la conquista y de la guerra”) y Tánger (“sobre el celeste fondo, la ciudad blanca, muy blanca, tatuada de minaretes verdes.)”
Las empezó a publicar La Nación en enero de 1904 como entregas de una serie que llevaba como título genérico Tierras solares, que sería también el del volumen que las recogería en forma de libro a finales de ese mismo año.
Era el primer libro que Rubén publicaba en España y en él incorporaría, para darle más volumen por sugerencia del editor Martínez Sierra, otras crónicas viajeras, escritas en otro viaje que hizo dos meses después, en mayo, por Bélgica, Alemania, Austria-Hungría e Italia y agrupadas -salvo los capítulos dedicados a Venecia y Florencia, que se sumaron por su carácter solar a los del primer viaje- en una segunda sección titulada De tierras solares a tierras de brumas, tras cerrar la primera parte con esta 'Italoterapia', la parte final del capítulo dedicado a Florencia:
El mejor sistema de curación para la fatiga de los inmensos capitales, para el hastío del tumulto, para la pereza cerebral, para la desolante neurastenia que os hace ver tan solo el lado débil y oscuro de vuestra vida: este sol, estas gentes, estos recuerdos, esta poesía, estas piedras viejas.
Dos veces, señalábamos antes, a la ida y a la vuelta del viaje andaluz, visitó Rubén a Juan Ramón, al que dedicó un artículo -'La tristeza andaluza. Un poeta'- fechado en Málaga en febrero de 1904, en el que, tras definirlo como “el más sutil y exquisito de todos los portaliras españoles”, hace una inteligente lectura del recién publicado Arias tristes, que remata con estas líneas:
Así, Andalucía, entre todos tus tocadores de guitarra y de pandereta, entre todos los que hacen literatura alegre con tu color y tu exuberancia, te ha nacido un sonador de viola, de arpa, que sabe cantar, noble y deliciosamente, a la sordina, la recóndita nostalgia, la melancolía que llevas en el fondo de tu pecho. En tu copioso y fuertemente perfumado jardín lleno de claveles, ha abierto sus pétalos armoniosos una rosa de plata pálida espolvoreada de azul. Y yo tengo fe en la vida y en el porvenir. Quizá pronto, la nueva aurora pondrá un poco de su color de rosa en esa flor de poesía nostálgica. Y al ruiseñor que canta por la noche al hechizo de la luna, sucederá una alondra matutina que se embriague de sol.
Francisco Estévez y Juan Pascual Gay acaban de publicar la primera edición crítica de Tierras solares en Ediciones Evohé, en busca de la limpieza y la fijación del texto. Una edición realizada con admirable solvencia y ejemplar rigor filológico y atendiendo a las modificaciones significativas entre las entregas periodísticas y su forma definitiva en el libro.
Han desplegado además un poderoso aparato crítico de más de mil cien notas a pie de página que no sólo aclaran muchas de las referencias contenidas en el texto, sino que lo contextualizan en el conjunto de la obra rubeniana y en el panorama global de la literatura de su tiempo.
Porque -como señalan los editores- “el volumen permite leer Tierras solares como un verdadero laboratorio estético: un espacio donde confluyen la profesionalización del periodismo moderno, la experiencia del viaje, la sedimentación de la tradición, la exploración de nuevas formas de escritura ante las angustias de época y los vertiginosos cambios. Lejos de constituir una obra menor, estas Tierras solares se presentan ahora como una pieza clave de la prosa de Darío, en la que la mirada del viajero, la sensibilidad del poeta y la conciencia crítica del escritor confluyen en una cartografía luminosa del Mediterráneo y de la modernidad europea.”

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