Cincuenta y cinco islas remotas
Cincuenta y cinco islas en las que nunca estuve y a las que nunca iré, aclara Judith Schalansky en el subtítulo de este Atlas de islas remotas, que coeditan Capitán Swing y Nórdica Libros, dos sellos hermanos que han unido esfuerzos y talento editorial para publicar la nueva edición, revisada y ampliada, de un libro espectacular con la estupenda traducción de Isabel G. Gamero y Marta López García.
La abre un prólogo escrito para esta nueva edición -“Isolario. Ratones mutantes, canarios silenciados, islas oscuras”-, en el que la autora explica que “el deseo de volver a dedicarme a mi Atlas de islas remotas me invadió en un momento de aislamiento involuntario -un concepto derivado de isola, palabra latina para «isla», que no significa otra cosa que «aislamiento»- que transformó gran parte de las regiones habitadas del mundo en islas con hogares. Incluí en mi colección otras cinco islas cuyas historias nos llevan al centro de la naturaleza híbrida de las islas, aunque puedan ser geográficamente remotas: se encuentran entre lo salvaje y lo cultivado, entre lo abandonado y lo conectado, entre la ilusión y la desilusión.”
En esta segunda edición, junto con ese nuevo prólogo, que se puede leer aquí, se incorporan cinco nuevas islas -Isla de Gough, Sentinel del Norte, Agalega, Nukulaelae y las Islas Midway- a las cincuenta que ya figuraban en la primera edición, que apareció en 2013.
Entre el Ártico y el Antártico, entre el Atlántico y el Pacífico pasando por el Índico, Atlas de islas remotas es un libro que tiene más de proyecto poético que de manual de geografía. Y por eso, entre la promesa y el misterio, entre la exploración y la imaginación que convierte a una isla en metáfora del individuo –porque un hombre es una isla, pese a John Donne-, en imagen de la utopía, en lugar del no lugar, cincuenta y cinco islas remotas que justifican el título del prefacio a la primera edición: "El Paraíso es una isla, el Infierno también".
Porque desde la ártica Soledad, de frío polar y deshabitada, a la antártica e inaccesible Isla de Pedro I, aquí no hay solamente islas paradisíacas y espacios de libertad, sino también islas sombrías y siniestras, recintos para la reclusión y el crimen, lugares de destierro o colonias penitenciarias, ámbitos de la desolación y el escorbuto o destinos de experimentos nucleares.
Mundos en miniatura, continentes reducidos que se describen en este libro que “no muestra –avisa Judith Schalansky- el Jardín de las Delicias; el Paraíso puede parecer idílico, pero no resulta nada interesante.”
Cada una de estas cincuenta y cinco islas remotas, habitadas o desiertas, no sólo quedan representadas por un mapa que las ilustra meticulosamente. A cada una de ellas le dedica Judith Schalansky una apretada página de texto que es una invitación al viaje, al naufragio y al sueño, porque cada uno de esos textos contiene un relato prodigioso o propone un itinerario imaginativo que no figura en el catálogo de las agencias de viaje.
Porque una isla no puede reducirse a sus coordenadas geográficas, a su clima o a su historia. Y la imagen gráfica o textual de una isla no está completa si no se recogen en su descripción las propuestas narrativas que ha suscitado. Por eso, la autora recrea en estas páginas narraciones ajenas, tomadas por derecho de conquista, como las islas eran tomadas por sus descubridores.
Reales y distantes, inalcanzables todas, imposibles de abarcar, porque una isla no es solo un accidente físico o geológico, sino la idea de una isla. Y el atlas no es más ni menos que otra metáfora, una representación imaginaria que crea la ilusión de simular a escala el dominio de lo inabarcable.
A medio camino entre las descripciones ptolemaicas y las de las ciudades invisibles que imaginó Italo Calvino, este libro borra sin dejar huellas los límites que separan la realidad y la ficción a lo largo de un viaje fascinante que termina en la Antártida y que es más imaginario que real y más narrativo que espacial, porque –explica de nuevo la autora- “los mapas pueden o bien despertar ansias por viajar y conocer países nuevos, o bien apaciguar este deseo, especialmente cuando la satisfactoria experiencia estética de recorrer un mapa con ojos y dedos logra reemplazar el viaje real. Pero consultar un atlas supone mucho más que cualquier viaje: todo el que abre sus páginas no se contenta solo con observar lugares exóticos y aislados, sino que desea traer el mundo entero ante sí, de una vez y sin limitaciones.”
Un ejemplo: el comienzo y el final de la descripción de la isla Robinsón Crusoe. Islas de Juan Fernández (Chile):
El diario de Robinsón está en Berlín, “en una estantería olvidada de la Biblioteca Nacional del Legado Cultural Prusiano”, según declara David Cadwell, del Museo Nacional de Edimburgo. [...] Se escuchan susurros en la sección de revistas de la Biblioteca, y por la tarde, cuando las hileras de mesas se van iluminando, pueden verse páginas bailando a través del gran ventanal de la fachada principal. En la sección de manuscritos están haciendo inventario. El 4 de febrero de 2009, una portavoz aclara lo siguiente: "En los pasados días hemos consultado todos los catálogos y no ha habido suerte. El diario de Selkirk no está aquí. Lo podemos asegurar con completa certeza.” La vida de los escritores parece ser más fácil que la de los buscadores de libros perdidos.
Otro, el comienzo del capítulo dedicado a Floreana. Islas Galápagos (Ecuador):
Dramatis Personae: Dore Strauch, una profesora de instituto que sueña con una vida más emocionante que su matrimonio con el director del centro que le dobla la edad, y el doctor Friedrich Ritter, un dentista berlinés de frente arrugada y las pupilas brillantes que desea cartografiar el cerebro humano y que siente que la civilización no tiene nada nuevo que ofrecerle. En 1929 ambos abandonan a sus respectivos cónyuges para escapar a Floreana, un lugar sin estado, donde solo gobierna la ley de la necesidad. // El escenario de la trama: una isla solitaria que nunca llegó a ser colonizada. Aquí, en el cráter verdoso de un volcán extinto, Friedrich y Dore establecieron su hogar: la granja Frido, una cabaña de chapa y acero inoxidable, y empezaron a cultivar esta tierra prometida, sin pensar en el pasado ni en el futuro.
Es una nueva ocasión de disfrutar de un espléndido libro ilustrado. Un libro que contiene mapas que no son los de la Isla del tesoro de Stevenson, pero a cambio ofrece un tesoro en cada una de sus cincuenta y cinco islas. Sus maravillosas páginas reivindican la cartografía como género literario en el que las islas remotas favorecen los espejismos y dibujan la topografía de los sueños o de las pesadillas.

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